He venido a mi cabañita atlántica para cerrarla con vistas a un largo invierno. Debo estudiar mucho, también. A dos kilómetros, en un pueblo cercano, se festejaba un tumultuoso carnaval.
He venido a mi cabañita atlántica para cerrarla con vistas a un largo invierno. Debo estudiar mucho, también. A dos kilómetros, en un pueblo cercano, se festejaba un tumultuoso carnaval.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEstuve en la duda metafísica de si esa noche acudir al corso a recibir baldazos y bombas de agua o quedarme en casa leyendo o mirando el fuego.
Este carnaval otoñal y tardío no amenaza ser un tsunami de alcohol, estruendo, pipís, vómitos, botellas pululantes, mugre variada, preservativos usados, cánticos de barra brava, tamboriles desafinados y sustancias tóxicas ilegales.
Ayer fui al pueblo a comprar berberechos. Tras una temporada de vacío y diluvio, vuelve a ser un balneario playero. En el súper hay largas colas: los muchachos que están delante llenan bolsas de pizza congelada, licores y latas desconocidas. La caja va marcando 1.700 pesos.
Un cliente muestra un tubito a su amigo. Se lee en su eslogan que esa crema genera calor. “¿Calor?”. Solo conozco cremas que alivian quemaduras del sol. Pronto descubro la marca: “Amor”.
Los tubos están expuestos junto a los preservativos y los bombones. La cajera dice: “¿Lo van a llevar?” El cliente responde: “Si querés lo compro para regalártelo”. La chica dice con dignidad: “No, gracias”.
Al salir, me topo con unos adolescentes. Uno ríe: “Yo siempre sé cómo ir al baile pero nunca sé cómo volver”.
En la principal, me sorprende el alto porcentaje de varones. Personalmente estoy acostumbrada al mujererío. Las salas de profesores están completas de jóvenes madres, abuelas o divorciadas. Si voy a una conferencia la audiencia es femenina. El ballet de Bocca convoca a una multitud de féminas embelesadas. Los cafés como el Central o el Oro del Rhin, siempre reúnen amigas charlando. En Cinemateca, en el teatro, predominan las señoras. ¡Mis alumnos son casi todas mujeres!
Me voy acercando al mar. Llego a las rocas: suele ser el sitio predilecto de las personas que, como yo, ocultan en las caletas sus rollos, sus celulitis y desean contemplar la belleza de las prehistóricas rocas en vez de los novísimos cuerpos.
Cuando retorno a mi casa por la orilla, un grupo de hombres jóvenes camina y conversa a mis espaldas. Escucho: sin duda estos chicos son universitarios, cultos e inteligentes.
Uno dice: “¿Cuál es el plan?”. Otro le contesta, en contrapunto: “¿Qué plan?”. El primero insiste: “El proyecto”. El otro: “Ninguno”: El que necesita seguridad exclama: “Bueno, entonces el pensamiento”. Respuesta: “No hay pensamiento”. Contrarrespuesta: “Claro que hay, todo el mundo imagina un futuro”. El otro: “Yo no. El único tiempo es el hoy”. Pero su amigo remata: “Vos sí que tenés un proyecto y es hacer plata”.
Me pasan y veo sus espaldas. Son siete u ocho.
Y recuerdo los versos de García Lorca en “Poeta en Nueva York”: “Manadas de hombres que no pueden pasar del tres, manadas de hombres que no pueden pasar del seis”.
Tal vez me haya convertido en señora reaccionaria.
O tal vez no: quizás los reaccionarios sean ellos pese a sus jóvenes y fornidas espaldas.