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    Más ruido que nueces

    “Aída” de Verdi en el Auditorio Adela Reta

    Está muy bien que Montevideo recupere una cartelera de ópera que supo tener en otros tiempos y que había perdido. Pero también es bueno advertir que existe hoy en nuestro medio un riesgo que antes no existía: la difusión masiva en directo desde hace ya algunos años de ópera desde el Metropolitan de Nueva York (en el Teatro Solís) y desde el Royal Opera House de Londres (en el Movie) acercan al público a producciones de gran nivel en todos los rubros. Y aunque la concurrencia a esas transmisiones en directo no es todavía lo masiva que sería deseable, se va creando igual una masa crítica de público que aprende a apreciar la calidad y a detectar las falencias.

    Lo anterior viene a cuento con motivo de la puesta de Aída de Giuseppe Verdi en el Auditorio Adela Reta, donde es notorio el esfuerzo de trabajo y de inversión realizado, aunque el resultado acompañe ese esfuerzo solo parcialmente. Dentro de los logros se destaca la escenografía a la vez sobria y majestuosa, y el vestuario general, con predominio del blanco y verde para los egipcios y marrones, rojos y anaranjados para los etíopes, ambos trabajos del brasileño William Rausch. En la misma línea, el diseño de iluminación de Martin Blanchet contribuye de manera inteligente al realce de los colores de escenografía y vestuario y de los diferentes climas dramáticos de la obra.

    El gran debe de esta versión radica en la dirección de escena del brasileño Henrique Passini. Los desplazamientos de los figurantes fueron siempre acartonados y trabajosos; quizás una reducción del plantel habría permitido una circulación más aireada y natural. Pero lo grave no fue eso sino la carencia de expresividad corporal y de actuación en los solistas. La ópera es teatro cantado y cada vez más en el mundo se pone el acento en la actuación; cómo pararse, cómo moverse, cómo gesticular, cómo en definitiva transmitir una emoción a los espectadores. Y eso no solo va en el manejo de la voz sino también —y diría que a la par— en el manejo del cuerpo y de los movimientos. En la versión del domingo 3 a la que concurrió Búsqueda solo pudimos ver personajes más trabajados en este aspecto, a la Amneris de la mezzo argentina Anabella Carnevali, al Sumo Sacerdote Ramfis del bajo argentino Christian Peregrino y al Amonasro del barítono uruguayo Fernando Barabino, cuya entrada en escena fue un bienvenido contraste con la rigidez que lo rodeaba. La Aída de la soprano brasileña Eliseth Gómes es escénicamente correcta, en tanto en su carácter de esclava no le corresponden desplantes de histrionismo que no van con su condición social. Pero nos habría conformado algo más de entrega y de menos distancia dramática en las escenas con su amado Radamés.

    El tenor argentino Juan Carlos Vasallo en Radamés estuvo siempre tieso. Su actitud y sus desplazamientos no fueron nunca los de un valiente y arrojado general del ejército. Solo en la escena final en la tumba con Aída pareció aflojarse y dar con la tecla dramática del momento. Creo que la magnífica música de Verdi en este desenlace ambientó espiritualmente a él y a Aída, dando ambos lo mejor de sí en la velada.

    Tampoco fue esta una versión con grandes voces. Sobre todo en varios pasajes del primer acto, la orquesta tapó a la mayoría y no por impericia de su director, sino porque los caudales no eran muy generosos. Quien planeó cómodamente por encima de la orquesta en todo momento fue el magnífico bajo Christian Peregrino (Ramfis). Algo tensa al principio, la mezzo Anabella Carnevali (Amneris) fue afirmándose cada vez más a partir del segundo acto, alcanzando momentos de gran despliegue en la zona media y grave. Eliseth Gómes (Aída) tiene un timbre aterciopelado, con agudos magníficos, graves muchas veces inaudibles y en pasajes del primer acto un vibrato quizás excesivo. Juan Carlos Vasallo (Radamés) es también una voz chica, de timbre poco atractivo y con problemas en la zona grave. La veteranía y el oficio hicieron que una vez más Fernando Barabino (Amonasro) salvara la prueba, manejando con inteligencia un caudal escaso.

    Martín Inthamoussú hace un excelente despliegue corporal en su baile unipersonal del segundo acto. No puede decirse lo mismo de la coreografía del ballet que le sigue, falto de creatividad, de gracia y de sincronización.

    Una vez más Stefan Lano al frente de la orquesta y Esteban Louise como director del Coro salen airosos con un trabajo sin fisuras de ambos colectivos.

    Habrá que tener en cuenta para el futuro si se quiere recuperar una tradición operística como la que supimos tener, en qué aspectos de la producción poner los acentos o dicho de forma más prosaica, dónde es mejor poner más plata.

    De todas maneras es globalmente un espectáculo que merece verse. Para los rezagados, la obra se repetirá el 8, 9 y 10. El día 9 con el reparto que aquí se comenta, y los días 8 y 10 con María José Siri como Aída, José Azócar como Radamés, Elena Cassian como Amneris y Leonardo López Linares como Amonasro.

    Rodolfo Ponce de León

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