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    Modelando la plastilina

    La Sinfónica de Londres en el Auditorio

    El lunes 20 en la Sala Eduardo Fabini se realizó lo que sin duda será uno de los conciertos del año por el prestigio de los artistas visitantes y la calidad de la performance. El Centro Cultural de Música trajo en esta fecha a la Orquesta Sinfónica de Londres con su director estable, Sir Simon Rattle (Liverpool, Reino Unido, 1955).

    La orquesta, fundada en 1904, es una de las grandes del mundo y como tal muestra perfección en todos sus sectores. Es un organismo vivo y si la comparamos con un ser humano, es como ese estudiante que terminó su formación musical y se ha transformado en un virtuoso de su instrumento. Los asombros se van turnando: la sonoridad limpia y sin estridencias de los metales y de la percusión, los pianísimos de las cuerdas y la homogeneidad de los tutti.

    La velada empezó con la Sinfonía da requiem, la obra puramente orquestal más grande de Benjamin Britten (1913-1976), escrita en 1940.  Junto a la ópera Peter Grimes del mismo autor, ambos trabajos siguen siendo populares y continúan frecuentando las salas de concierto. La obra es accesible y atractiva al oído. Su eventual modernismo para la época de creación está mitigado por una concepción estructural clásica y un control permanente del discurso que evita audacias incorporadas por el compositor a opus posteriores. Con todo, y esto es opinable, la sensación que deja la escucha es de una obra hecha más desde la cabeza que desde el corazón. El control emocional, tan británico, parece asomar tempranamente aquí y estará presente de manera más evidente en muchas otras obras del inglés.

    En la antítesis de esa circunspección está Gustav Mahler (1860-1911). De origen austríaco, familia pobre y padres judíos, tuvo 14 hermanos de los que nueve murieron siendo niños, circunstancia que marcó su carácter. Durante su vida no fue muy apreciado como compositor. En cambio sí tuvo una fulgurante carrera de director, mostrándose como un trabajador incansable, intransigente, maniático y detallista, un auténtico dictador.

    Su Sinfonía Nº 5, compuesta entre 1901 y 1902, en la casa campestre de Maiernigg, Austria, donde se encerraba durante el verano a descansar y componer, no es una obra fácil. Mahler vivió siempre en la ambivalencia de pertenecer a una tradición musical, que por otro lado desafiaba y a veces agraviaba. La Quinta muestra esa ambivalencia entre dos mundos, el trágico y el alegre, el conflicto y el disfrute. Los dos movimientos de la primera parte muestran la tragedia de la muerte con su gran marcha fúnebre y los gritos de protesta del segundo movimiento. Un frenético scherzo introduce rasgos de mejor humor y hasta de cierta dulzura. En los dos movimientos finales el famoso adagietto es un remanso de serenidad y de amor, seguramente inspirados por la aparición en la vida del compositor de Alma Schindler, que se transformaría enseguida en su esposa. Esa presencia femenina determinante seguro también preside la exuberante alegría del último movimiento.

    Sir Simon Rattle ganó su prestigio en los 80 y 90 como director de la Sinfónica de Birmingham. En 1999 fue elegido como director estable de la Filarmónica de Berlín en una memorable decisión por mayoría de votos de los músicos de la orquesta, que desechó la postulación de Daniel Barenboim. Allí estuvo Rattle hasta 2016 y en 2017 pasó a ser director estable de la Sinfónica de Londres. Domina un repertorio ecléctico y de un vistazo a su discografía puede decirse que no debe haber otro conductor con un espectro tan amplio y abarcador de épocas y estilos. Lo que hizo al frente de la orquesta fue magistral y memorable. Impresionantes los diminuendos y rallentandos del final del primer movimiento de Britten y la construcción del clímax en el último; notables en Mahler el sostén de las frases lentas y cantadas, los rubatos, la expresividad que extrae de las cuerdas en el adagietto. Conjuga aspectos que muchas veces lucen separados y en él están juntos: es un director de enorme delicadeza, gran expresividad y permanente sobriedad. Verlo conducir por momentos sin batuta, con la sola elocuencia de sus manos (y seguramente de su mirada) y escuchar la respuesta plástica de su orquesta, es constatar que ese conjunto es de una maleabilidad poco común y que quien está a su frente sabe moldear esa plastilina con las armas de un escultor consumado.