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    Morir en Seattle

    “The Killing”, la serie que nació y murió dos veces

    Colaborador en la sección de Cultura

    Sucedió así. En 2007, la televisión pública de Dinamarca, DR TV estrenó “Forbrydelsen” (Crimen o delito en danés), un crudo drama policial en el que dos detectives, Sarah Lund (Sofie Gråbøl, premiada con el Bafta por este papel) y Jan Meyer (Søren Malling) investigan el atroz asesinato de una joven estudiante después de haber sido brutalmente violada y torturada. Cada episodio, de una hora, corresponde a un día en la investigación. La primera temporada en un principio constaba de 10 capítulos, con líneas de acción que se cerrarían en la segunda temporada. El éxito de la serie fue inmenso e inmediato y la demanda y la ansiedad del público por seguir con la historia fue persistente y voraz, por lo que la producción decidió aprovechar el momento y grabó de apuro el resto del libreto, haciendo que la serie tuviera una temporada extensa de 20 capítulos (las siguientes dos temporadas, que relatan casos distintos, se despliegan a lo largo de 10 episodios). La resonancia de “Forbrydelsen” la condujo a la BBC, que adquirió los derechos para su transmisión en Reino Unido. Rápidamente desbancó a “Mad Men” de la lista de favoritas, volviéndose un fenómeno cultural que llegó al Palacio de Buckingham (Camila Parker es una fan declarada) e influyó incluso en la moda: la pequeña fábrica de Islas Feroe que hacía los pulóveres tejidos a mano con figuras geométricas que usa la detective Lund recibió una extravagante cantidad de pedidos y, de repente, en las páginas dedicadas a moda y estilo florecieron los tejidos de punto grueso. Efectos similares se produjeron en Alemania, Austria y España. Solo era cuestión de tiempo para que “Forbrydelsen” pasara a la pantalla estadounidense.

    Y eso fue lo que ocurrió. AMC, una de las figuras estelares de esta nueva edad de oro de la ficción televisiva, la cadena responsable de “Mad Men”, “The Walking Dead” y “Breaking Bad”, se hizo con los derechos para transmitir una versión propia, desarrollada por la guionista Veena Sud (productora ejecutiva y guionista de “Cold Case”). Y así fue como Sarah Lund pasó a llamarse Sarah Linden y tener el rostro de Mireille Enos y así fue que Stephen Holder, en la piel de Joel Kinnaman, fue el Jan Meyer estadounidense. La acción se trasladó a Seattle (la similitud climática con Dinamarca permitió que la nueva versión de la detective pudiera lucir su particular apetencia por los pulóveres de lana). Así “Forbrydelsen” tuvo un nuevo título: The Killing. Y así llegó a la televisión un drama criminal intenso y perversamente adictivo, que primero fue bendecido por la crítica y reverenciado por el público, luego masacrado y desechado por una buena parte de sus seguidores (que se sintieron traicionados por ciertos giros argumentales), y posteriormente cancelado (no una sino dos veces) hasta que terminó siendo rescatado por Netflix, el servicio de visualización vía streaming, que el 1º de agosto puso online la cuarta y última temporada.

    Con la frase “¿Quién mató a Rosie Larsen?” se presentó en 2011 la primera temporada, ligándose explícitamente a otra serie de culto en la década de 1990, “Twin Peaks”, de David Lynch y Mark Frost. A partir de este punto, tres líneas argumentales se abren paso. Por un lado, la parte de los detectives, y un trabajo que se vuelve desesperada y monstruosamente difícil conforme pasan las horas. La parte más cruel y más dramática: la de la familia de la víctima, enfrentándose a la nueva realidad de haber perdido a su hija. Los tramos dedicados a los Larsen, donde cada cual hace lo que puede con su desesperación y su dolor alcanzan momentos angustiantes. La otra línea incluye a los posibles sospechosos. Y, lo fascinante de esto, y también una de las maldiciones de The Killing, es que el espectador no sabe —y en verdad: imposible imaginar algo así— quién mató a Rosie Larsen hasta muy pocos minutos antes de que termine el último capítulo de la segunda temporada. Y esto fue precisamente lo que alejó a una buena parte del público. “Nunca dijimos que se fuera a saber el asesino en el capítulo 13”, explicó Sud, responsable de la adaptación. “Nos basamos en la serie danesa en la que la investigación duró 20 capítulos, así que hay momentos y elementos que me quise guardar”.

    Cuando llegó la segunda temporada, The Killing ya había perdido una cantidad de audiencia considerable. Y a pesar de que para muchos la segunda entrega es superior a la primera (en intensidad, en profundidad, en drama y en misterio), y a pesar de haber tenido cierto repunte de público (sin llegar nunca a su mejor nivel) y de las críticas que la colocaban entre lo más excelso del reino televisivo, AMC anunció que no habría más The Killing.

    Y entonces Netflix, responsable de haber resucitado a “Arrested Development” siete años después de haber sido cancelada por Fox, se presentó para asumir parte de los costos de producción (a cambio de la posibilidad de poner online la serie 90 días después de terminada) y AMC lanzó la tercera temporada.

    La historia transcurre un año después, cuando Holder inicia la investigación de una serie de asesinatos que se conectan con un antiguo caso en el que trabajó Linden, mientras un condenado a muerte que parece ser inocente también está dispuesto a cumplir la pena (Peter Sarsgaard, en un papel inquietante). Aquí se guisa un caldo en el que caben la violencia de género, prostitución infantil, videos sexuales y las asfixiantes horas en un centro de reclusión, entre otros elementos que provienen de la temporada anterior. Y a medida que Linden y Holder van descubriendo capas, volviendo sobre sus pasos, observando nuevamente algo con mayor atención, entre el caos y la oscuridad, también sus vidas se ven afectadas.

    Linden, con sus ojos vidriosos, una mirada que se hace imposible definir si está triste o cansada o enojada o si está pasando por esos tres estados al mismo tiempo (su aspecto es el de una persona que lleva demasiado tiempo sin dormir al menos seis horas seguidas), tiene una implacable habilidad para alejar a toda persona que intente acercarse un poco a sus sentimientos. No es una madre ejemplar, casi no tiene amigos y no se le da muy seguido eso de sonreír. Fuera de lo laboral, no es de hablar más que lo estrictamente necesario: no inicia una conversación a menos que se trate de un interrogatorio. Es altamente eficiente y tiene una relación enfermiza y compulsiva con su trabajo. Lejos está de las mujeres policías que se han visto antes en televisión. Sencillamente no hay otra igual (con la excepción de Lund, claro).

    Holder, vegetariano, fuma como un desquiciado, es un hombre que se ha caído varias veces y que carga con un pasado de adicciones. Terco, carismático, volátil, tiene la fidelidad de un bull terrier. De constitución atlética, a veces uno tiene la sensación de que, cuando se enoja, es capaz de cambiar de tamaño; tiene un gusto particular por utilizar palabras de otros idiomas, usar camperas y canguros con capucha.

    Tras 12 capítulos en los que se acumularon misterios, momentos de tensión y escenas conmovedoras, AMC decidió darle el punto final. La razón: el último capítulo solo fue visto por 1,5 millones. Pocos meses después reapareció Netflix para hacerse cargo, esta vez, de todo.

    La cuarta temporada cierra el ciclo, consta de seis episodios de una hora y no se transmitió por AMC. En el cierre trabajó Sud, además de varios de los guionistas y directores que han participado a lo largo del ciclo, entre ellos Jonathan Demme, que dirigió el capítulo final e incluso resignifica los créditos de apertura.

    No: no es perfecta y puede que por momentos genere la sensación de acercarse al policial convencional. La historia transcurre en parte en una academia militar de varones, y el caso a investigar es una masacre familiar, al tiempo que Linden y Holder deben resolver asuntos personales que se vuelven cada vez más urgentes. El tiempo avanza y el pasado no se puede borrar; como una entidad inextinguible, sigue allí. Y quizás sea eso lo más fascinante y a la vez perturbador de The Killing. Que a lo largo de las cuatro temporadas, más allá de los cambios, los tropiezos, las subtramas que quedaron por el camino, más allá de eso y más, al igual que la llovizna casi perpetua de Seattle (los personajes están tan acostumbrados que ni siquiera usan paraguas), la maldad es algo de lo que nadie ha estado completamente a salvo. Linden y Holder han visto cómo quienes han actuado con maldad no siempre piensan que están haciendo el mal. De hecho, en ciertos casos, los chicos malos suelen pensar que ellos son los buenos, que los malos son los otros.

    Vida Cultural
    2014-08-07T00:00:00

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