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    Museos casi abandonados

    El arte que brilla por su ausencia

    Un hombre duerme a pata suelta. Literalmente, sus “patas” están desencajadas, su humanidad repartida en el mullido sillón. Boca arriba, con los brazos abiertos, una linda y envidiable siesta. La imagen no debería llamar la atención salvo que la gente se para a mirarlo, a través del gran ventanal que da a la calle San José. El sillón está cerca de la ventana, el resto de la sala se ve en penumbras. Destacan apenas unos extraños rostros sin cuerpo sobre cuatro pedestales. No debería extrañar ver gente que duerme, incluso en una exposición de arte. En esas circunstancias suelen verse cosas más raras. El Museo Blanes, entre fotos de Malvinas y su sala histórica, languidece bajo el calor y la lluvia de este febrero carnavalero. Un turista francés pretende ver arte uruguayo. No entiende mucho esa mezcla de siglo XIX, con rostros de ex combatientes y un afiche en la puerta que anuncia una muestra de japoneses en un shopping. Para colmo, nadie habla francés. Escasamente inglés. Tampoco se ven muchos funcionarios interesados en informar.

    En otro museo, la sala central parece desmantelada. Un cartel que anuncia un ascensor. El edificio tiene un solo piso y reclama a gritos otras inversiones. Pero se pone un ascensor. Es conveniente, políticamente correcto. No da rédito invertir en un imprescindible museo de arte nacional. Dos o tres empleados y un silencio atroz, de vacío, nadie entra ni siquiera por error. Afuera, otro empleado fuma y mira el cielo tormentoso. Lamentable para un país con notables artistas y un tránsito importante de turistas que van derecho a los patéticos museos estatales montevideanos. La sensación es que en verano no tenemos nada para ofrecer, que los museos están entregados. El MNAV del Parque Rodó es un cambalache, entre fotografías de dudosa calidad que sobreviven al alocado torbellino de Fotograma 2013, ocho cuadros históricos y una muestra de compromiso con las últimas adquisiciones. Sobrevive una excelente pero modesta muestra de arte latinoamericano. Justo es decirlo. Demasiado poco para el principal espacio de arte moderno uruguayo. Se exhibe por temporada, se duerme una increíble siesta veraniega.

    “La próxima exposición es el 16 de febrero” dice el cartel colgado de la reja de El Subte en la Plaza del Entrevero. Dentro, se ve un poco de movimiento. Alguien descuelga lentamente la muestra del año pasado. Un grupo de buenos creadores que estos turistas no conocerán. No costaba nada dejarla un poco más, difundirla adecuadamente, proporcionar información de interés para el público veraniego. En época de cruceros, el centro está plagado de extranjeros que recorren con sus mapitas los puntos de interés. El Subte fuera de circulación.

    Algún despistado pasa por la calle San José y se encuentra con el señor durmiendo. Increíble, pero totalmente cierto. Al transeúnte le divierte y se detiene a mirarlo disimuladamente. El periodista llega en el momento justo. Intenta ver una muestra inaugurada el 16 de enero, construida sobre las imágenes de rostros humanos, cuatro máscaras sostenidas por una maquinaria robótica de la que cuelgan algunas conexiones evidentemente desenchufadas. La sala Punto de Encuentro de la Dirección Nacional de Cultura (San José 1116) está en penumbras, en silencio y con un tipo durmiendo entre máscaras. Los robotitos no hablan, aunque deberían según el texto que desasna la muestra paradójicamente encarada desde la incomunicación. Se titula “Quad/Instalación robótica” y su autor es Pablo Benítez Tiscornia (Montevideo, 1985), joven y talentoso actor e investigador de robótica que cruza líneas desde lo teatral hacia otras disciplinas. Es raro que alguien ande por esos rumbos en la escena y arte uruguayos. Pero está bien, es un campo interesante y de extraños y novedosos resultados. Las cyber cabezas están desenchufadas, inmóviles, oscuras, completamente incomunicadas. “No sé nada, no tengo idea, yo llegué, prendí las luces y alguien las apagó” contestó de mala gana el portero, un señor perdido detrás del mostrador de entrada. Tal vez fue el sujeto que duerme. O la apagan para no despertarlo. “La sala está cerrada” dijo secamente un supuesto encargado del lugar que habla fuerte para un grupo de escuchas en el fondo de la sala. “Por una cuestión de personal” fue todo lo que dijo. Avisen al artista, por favor.

    La anécdota puede ser banal e intrascendente en un país donde los desatinos y la falta de respeto en el campo cultural están a la orden del día. A pesar de esfuerzos aislados que demuestran que los artistas valiosos convocan. Pasó con Rafael Barradas en el MNAV y Fernando Botero en el Blanes. Pero una recorrida rápida en estos días exige un planteo radical del papel del museo de arte en la sociedad. Al menos, un debate serio. El arte nacional es la mejor marca de identidad que podemos ofrecer. No lo entienden las autoridades. No lo entiende el sistema crítico montado sobre acomodos y vanidades. No lo entienden algunos artistas. Si lo entendieran, no permitirían que los museos se lluevan, que la seguridad sea tan mala, que los edificios tan viejos, que la programación de algunas salas sea tan descuidada o mediocre, que existan escasos funcionarios o con muy poca preparación, que vegetan o no tienen idea de lo que hacen, que atienden tan mal al visitante. Sin preocuparse si delante de sus narices hay alguien durmiendo. Los museos y salas públicas parecen abandonados. A pesar del esfuerzo de sus directores y amigos, de artistas y allegados que quieren bien al arte. Alguien tiene que darse cuenta de que no solo de fútbol y política puede vivir un país en serio. Y que ya nadie duerme la siesta. Al menos, no debería hacerlo en una institución cultural.

    Carlos A. Muñoz