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Uno de los mayores males de Estados Unidos según el franco-argentino Paul Groussac eran los negros. A Groussac no le gustaban los negros. Tampoco le gustaban los indios, a quienes consideraba el gran lastre de América Latina y el elemento que hipotecaba el porvenir del subcontinente.
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Antes de llegar a Estados Unidos, durante su largo peregrinaje hispanoamericano, Groussac había escrito: “El negro vive en perpetua hilaridad con un atractivo de bobería irresistible. Debajo de su tupida borra de betún, sus ojos de marfil viejo y su jeta simiesca, se ríe provisionalmente, antes de causar risa”. El indio, por el contrario, era la imagen viva de la degeneración “creciente e invencible”. Había sin embargo entre los dos tipos humanos una importante diferencia: “El indio (…) representa la prueba malograda de un buen original, el negro es su caricatura”.
De cualquier manera, Groussac tenía la convicción de que no era lo mismo un negro latinoamericano que un negro estadounidense. El primero era divertido, simiesco y caricaturesco; el segundo era insoportable: “Para cobrarle horror es menester encontrarlo en los Estados Unidos, pretencioso, insolente, ‘ciudadano’, complicado su husmo natural por repugnante perfumería. En cualquier otra parte nos divierte y le cobramos simpatía como a una criatura inferior, grotesca y jovial”, pero en la República del Norte, democrática e igualadora (“aplanadora”, según anotó), el negro creía tener el mismo valor que un blanco, convirtiéndose así en una piedra al cuello para la sociedad.
Más allá de estar plagada por millones de negros con ínfulas de ciudadanos, Estados Unidos era para Groussac una “democracia niveladora, amante de las tablas rasas y gran fabricante de self-made men”. No había allí espacio para esa elite aristocrática que debía existir en toda sociedad, cumpliendo su misión histórica de liderar a las masas con sus cánones y sus parámetros de vida.
Hacia el final de su viaje americano, Groussac se fue acercando a la costa este, centro privilegiado de la intelectualidad estadounidense. Puesto frente a la contundente evidencia no pudo más que reconocer que Boston y todo el estado de Massachusetts era un emporio de centros de estudios con grandes bibliotecas, enormes gimnasios, canchas de tenis y fútbol, parques y estatuas. Sin embargo, el ejemplo de ese estado privilegiado también fue usado por Groussac para demoler el estatus espiritual de la nación: “La pléyade literaria del Massachusetts no tiene sucesores en estos enormes Estados Unidos. (…) De este mar de hombres, que leen diarios y revistas desde que saben andar, no surge una cabeza iluminada por el sol del genio.”
He aquí (ya lo veremos) otra idea peregrina y necia que echó profundas raíces en la testa de José Enrique Rodó.
Groussac visitó California, Salt Lake City, Chicago (“un mamarracho monumental”), Washington (“una necrópolis”), Massachusetts y Nueva York. El empuje de California le causó desprecio. Chicago, dijo, condensaba el carácter “bestial” de Estados Unidos. ¿Pero para qué detenerse en cada ejemplo individual si todo, en definitiva, giraba en torno al gigantismo, a la monstruosidad y al primitivismo?
También en el plano religioso Groussac eligió el polo opuesto a Sarmiento y Varela. Si los dos Maestros habían identificado los motivos del progreso estadounidense en el protestantismo, Groussac vio en esta religión la causa de los males que por doquier aquejaban a esa sociedad. En Salt Lake City, otra ciudad abarrotada de espantoso modernismo, Groussac tomó contacto con los mormones. Le interesaba el fenómeno y sostenía que en América hispana los mormones hubieran sido enviados directamente a un manicomio. E igual así, sostuvo, el mormonismo le parecía superior al protestantismo…
Ahora bien: ¿cómo era posible que el mormonismo se expandiese imparablemente en EEUU? Para Groussac, esto se debía a “la ausencia de cultura general y de espíritu crítico (…) que hasta ahora, y a pesar de las apariencias contrarias, constituye la fuerza moral al par que la inferioridad intelectual del pueblo americano”.
Al llegar a Nueva York, Groussac comprendió que se había equivocado en sus plazos: “Pensé quedarme una quincena en la ciudad imperial. Después de una semana, tomo pasaje para Europa (…) persuadido de que una estancia más prolongada agregaría muy poco a mi concepto general de los Estados Unidos”. El exquisito visitante ya conocía muy bien la precaria “tosca popular” en la cual se basaba la sociedad norteamericana. Estaba completamente “saturado de americanismo”. No soporto, escribió, estar una hora más en “esos vastos —y bastos— Estados Unidos”. Los había recorrido de punta a punta pero no había logrado encontrar espiritualidad ni alta civilización ni siquiera un “concepto ideal de la ciencia” o del arte o de la estética o, ¡menos que menos!, “de todo lo que constituye la verdadera civilización” y la esencia de la vida.
La Leyenda Negra antiestadounidense había quedado plasmada. Otros tomarían prestamente la antorcha encendida por Groussac, pero nadie, ni siquiera él mismo, alcanzaría la fama de un joven uruguayo: su alumno más exitoso.