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Editada por primera vez en 1948, La nieve estaba sucia (Acantilado, 264 páginas, $ 840) está considerada la obra maestra de Georges Simenon, y hay que tener en cuenta que el belga, escritor compulsivo de más de 200 novelas —además de cuentos—, tiene unas cuantas que pueden aspirar a esa categoría. Ambientada en una ciudad europea durante la ocupación alemana (jamás se menciona ni la ciudad ni que las tropas que la ocupan son nazis), y más precisamente en un prostíbulo, tiene como protagonista a Frank, un hijo bastardo que regentea el lugar junto a su madre, Lotte. La capacidad para pintar en pocos trazos los personajes, la mirada certera y un estilo inquebrantable, hacen de esta historia un clásico por donde se la mire. Y a cada paso, ya sea en el interior de un apretado edificio de apartamentos, en un bar, en una escuela convertida en prisión o en una vieja dársena, esa nieve sucia, peligrosa, omnipresente.
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Es un clásico en cuanto a las psicologías de los personajes, desde los matones con sus vicios y los oficiales que caen a pedir favores sexuales hasta las jóvenes y desamparadas chicas que los atienden.
Es un clásico en cuanto a la vigencia de la descripción del interior del ser humano, un misterio que oculta mucho más de lo que podemos ver.
Es un clásico en cuanto a la justeza y economía de los diálogos, siempre vigentes más allá de geografías y lugares.
—¿Qué es este local?
—Un restaurante. Un bar. Un cabaret. Todo lo que se quiera. Es la casa de Dios. Es la casa de Timo.
—¿Vienes con frecuencia?
—Todos los días.
Podría ser un policial durante la ocupación, porque hay asesinatos y sospechas; también un thriller sobre la culpa o un drama de las complejas capas psicológicas que atraviesan a los seres humanos en situaciones extremas, donde los ladrones y los asesinos resultan ser los retratos más viscerales pero también los más atractivos.