—¿Cree que Mujica puede tener un rol relevante en lograr esa unidad en América Latina?
—Creo que la voz de Mujica se une a la de otros líderes del continente, y la América Latina hoy no es la de ayer. Hay consenso en el continente en la necesidad de la unidad, del fortalecimiento de organismos como el Mercosur, la Unasur, la Celac. ¿Significa que la OEA se acaba? A lo mejor, no lo sé. Pero aún si no se acabara, la OEA de hoy no es la de ayer, la que expulsó a Cuba. Esta es otra OEA, los tiempos han cambiado y los pueblos han hecho oír sus voces. No digo que no siga habiendo antagonismos y confrontaciones fuertes respecto a Estados Unidos, pero el equilibrio de fuerzas es distinto. Mujica es uno más de los intérpretes de esta visión positiva de la unidad latinoamericana.
—El presidente uruguayo transmitió hace unos días un mensaje conciliador de Barack Obama a Raúl Castro, que podría derivar en un acercamiento entre ambos países. ¿Piensa que es posible el fin del bloqueo a Cuba?
—Creo que un mínimo de inteligencia de la clase política estadounidense les aconsejaría terminar el bloqueo. La revolución cubana ha sobrevivido a los peores embates del imperio, el bloqueo no logró el efecto que buscaba y lo único que ha traído es desgracia. Es inhumano y es un delito de lesa humanidad. Hay señales claras del gobierno norteamericano, de demócratas y republicanos, y creo que las conversaciones van por buen camino. La ayuda de Mujica y de otros dirigentes latinoamericanos es muy positiva. Creo que se acerca el fin del bloqueo.
—¿Cree que los Castro están dispuestos a conversar?
—Sin duda. Los gestos que ha dado el gobierno de Raúl son notorios.
—Pasando a temas bilaterales, ¿la presidenta Bachelet planea viajar a Uruguay próximamente?
—Así es, en el marco de Unasur. No está confirmado, pero la idea es que sería a fines de agosto. La primera visita que se hacía cuando asumió era una breve gira a Argentina, Uruguay y Brasil, que no se pudo cumplir por el terremoto. Pero esa era su voluntad, y por tanto el interés se mantiene.
—¿Cuáles son los objetivos principales de la visita?
—La firma de un acuerdo sobre información en materia tributaria, y en materia de derechos humanos, sobre la Operación Cóndor. Para facilitar las relaciones comerciales entre ambos países es necesario que tengan absolutamente claras las reglas de juego. Respecto a la Operación Cóndor, el deseo es que toda la información que tenga un país que le sirva al otro, sea colectivizada. La presidenta suscribió un convenio con Brasil y es el mismo que se aspira a firmar con Uruguay. Además, impulsar el desarrollo de las relaciones comerciales, que son intensas. Hay una buena presencia de capitales chilenos en Uruguay, en industrias como la celulosa, el turismo, los vinos.
—¿Hay terreno para incrementar los intercambios comerciales?
—Sin duda que sí. Debe hacerse fortaleciendo el sur, los organismos. Y sin negarse a otras posibilidades, sobre la base de que lo fundamental es la integración de América Latina.
—¿En qué otras áreas pueden cooperar ambos países?
—Creo que es muy interesante la experiencia en educación. Sé que hay discusiones en Uruguay en torno al tema, pero la presencia de una Universidad estatal fuerte, que tiene incidencia en materia educativa... En Salud también Chile debería observar con mucha atención. Un trabajo en esa área sería interesante para ambos países. La experiencia del PIT- CNT, es algo nuevo para Chile. Me refiero al nivel de participación del movimiento sindical en cuestiones que tienen que ver con la política del país. Me parece muy sano, muy positivo. Nosotros estamos muy lejos de la legislación laboral uruguaya. Por lo tanto creo que hay un campo muy amplio todavía por recorrer.
—Uruguay ha manifestado interés en formar parte de la Alianza del Pacífico. ¿Piensa que hay posibilidad de que eso se concrete?
—En un mundo tan globalizado como el que vivimos, si bien hay que partir del hecho de que las regiones tienen el legítimo derecho de defenderse, que hay desigualdades, y países más desarrollados que otros, eso no tiene por qué ser obstáculo para que haya relaciones comerciales que beneficien a los países.
—Entonces no ve un impedimento.
—No debiera haberlo.
—¿Piensa que el bloque podría beneficiarse con el ingreso de Uruguay?
—Creo que sí. Siempre que se haga sobre la base del principio central de defender ante todo el derecho al desarrollo propio y específico de nuestra región. Si olvidamos eso, vamos a fracasar, pero si tenemos eso presente, creo que no hay que temerle a nada.
—¿Cuál es el riesgo?
—Que cada país individualmente mejore su propia situación, por lo cual puede perjudicar a los vecinos. Si no hay un espíritu de unidad continental, creo que el intercambio con países de otra región puede crear un problema.
—Cambiando de tema, usted fue querellante en la causa contra el ex dictador Augusto Pinochet...
—En 1998 presentamos la primera querella contra Pinochet, que abrió todo lo que está pasando ahora. Antes no había nada, no había ni un proceso en Chile. Ni uno solo. Hasta los propios abogados de derechos humanos negaban la posibilidad. Cuando empecé a hablar de que había que hacer una querella me tildaron casi de loco. En Chile se instaló la idea de que Pinochet es procesado solo gracias al juicio en España del juez Baltasar Garzón, pero nunca se dieron cuenta de que Garzón jamás habría podido detenerlo si no hubiera sido por el juicio de Chile. Porque el juicio en España no tenía ninguna base fuerte, porque el crimen ocurrió en Chile. Nosotros teníamos acumulada una enorme cantidad de información, y se le mandamos a los abogados de Garzón. Con esa información se obtuvo la detención. No vamos a pelear el mérito, lo importante es que pasó. Pero fue el trabajo asociado de los abogados chilenos con los abogados españoles, convencidos de que era más posible que desde España se lo capturara que desde Chile. La Suprema Corte jamás habría dictado una orden para detenerlo en Londres. A la semana que vuelve a Chile ya estaba desaforado.
—En ese sentido, ¿cómo observa el proceso uruguayo de revisión de la dictadura?
—Me impresiona mucho algo que no tenemos en Chile, que es la marcha del silencio. Eso es una expresión concreta del sentimiento mayoritario de la ciudadanía en Uruguay de rechazo a la dictadura. Eso en Chile no es imaginable. El que vayan sin carteles partidarios, con respeto, en silencio, la presencia de los jóvenes. Va desde el presidente hasta parlamentarios de todos los partidos políticos. Me sorprende gratamente darme cuenta de que en este país ningún sector político es nostálgico de la dictadura ni la apoya. Todos repudian lo que fue la dictadura, y eso habla extraordinariamente bien de ustedes. Mire la contradicción que hay: Chile puede parecer que es un país de avanzada, porque tiene 1.500 juicios, pero la cantidad de partidarios de Pinochet hoy es abrumadora. Si miras los votos de la derecha —que es una derecha fascitoide, no democrática— te das cuenta que allá la herencia de la dictadura sí caló en la sociedad. Al margen de que hayamos avanzado procesalmente, no tenemos en el movimiento de derechos humanos ese apoyo de masas que tienen ustedes. No está en la percepción de hoy de los movimientos sindicales ni estudiantiles en Chile. Es un tema solo de los familiares, los abogados y la justicia.
—¿Piensa que eso es peligroso?
—Es muy peligroso, porque siento que estos temas, aunque se refieran a causas que ocurrieron hace muchos años, son temas de futuro. Si tú no analizas y conoces en detalle lo que ocurrió, y por qué ocurrió, ¿cómo vas a evitar que suceda en el futuro? El ejército chileno ha dicho varias veces “Nunca mas”, pero ¿y? ¿qué ha cambiado en el fondo? Esto tiene que ver con el futuro democrático. No es un asunto de los viejos, es un asunto de los jóvenes. Por eso me impresiona tanto ver tantos jóvenes en la marcha del silencio en Uruguay, es una buena señal.
“A Neruda lo mataron” los mismos que asesinaron al ex presidente Frei
—Usted es el abogado querellante del caso del poeta Pablo Neruda; ¿en qué se basan las sospechas de que el poeta fue asesinado?
—Hay tal cantidad de elementos que cualquiera que lee el expediente no puede sino concluir que Neruda fue asesinado. Muchos elementos que juegan en la muerte de Neruda también están en el caso del asesinato del ex presidente Eduardo Frei Montalva. Están procesados como autores de su muerte cuatro médicos chilenos y una enfermera. Estos mismos médicos son los que atendieron a Neruda, y en el mismo piso, de la misma clínica. La clínica Santa María que fue intervenida por los militares apenas se da el golpe. La enfermera es la que le pone la inyección a Frei, y es la misma que le pone la inyección a Neruda el domingo 23 de setiembre, día de su muerte. Ahí hay una serie de casualidades curiosas, por decir lo menos.
—¿Qué otros indicios encontraron en el expediente?
—Hay un médico que está vivo, Draper, que aparece como la persona que estuvo hasta el final con Neruda. El mismo lo había dicho en una entrevista de prensa en el año 74. Ahora, en el proceso, ha negado eso, y dice que se había ido antes. Y que Neruda en realidad fue atendido por el doctor Price. Revisamos todos los registros médicos de Chile, y los ingresos de posibles médicos extranjeros, y no hay ningún doctor Price. No existe. Es un invento del doctor Draper.
—La versión oficial es que Neruda falleció por causa del cáncer que padecía. ¿Qué piensa de esa posibilidad?
—Todos creíamos que había muerto de cáncer, por eso esto es sorprendente incluso para nosotros. El médico chileno que atendía a Neruda antes de que se fuera a la clínica Santa María, me dijo a mí y al Tribunal que no cree para nada que Neruda haya muerto de cáncer. Era un cáncer en la próstata y era probable que viviera varios años más. Eso mismo dice Matilde Urrutia en un libro que publica años después. Pero hay más: el certificado de defunción de Neruda dice que muere de cáncer y de caquexia, que es un estado similar a la muerte en vida. Un tipo con caquexia no come, está flaco, no puede caminar, no articula ideas. Neruda caminaba en la pieza, estaba gordito. El mismo día de su muerte estuvo conversando con el ex embajador de México, y con diplomáticos suecos que estuvieron en la clínica, eso no es caquexia. Otro elemento: el médico que firma el certificado de defunción no lo vio morir. Firmó en su domicilio en la noche, porque se lo fueron a pedir los familiares de Neruda para poder enterrarlo al día siguiente. Entonces, hay contradicciones científicas, técnicas y administrativas. La clínica Santa María hasta hoy se niega a entregarnos el listado de médicos que tenían en el 73 diciendo que se le perdieron los archivos. No tienen la historia clínica de Neruda. Si sumas todo esto, llegas a una conclusión única: a Neruda lo mataron.
—¿Hay avances en el caso?
—Cuando el año pasado se entregaron los informes de las investigaciones para tratar de descubrir restos toxicólogos de origen químico, y estos no aparecieron, se dio la sensación a través de los medios de que con eso se cerraba el caso Neruda. Que quedaba claro que no había restos que mostraran envenenamiento. Eso es absolutamente falso, porque lo que se acordó con el servicio médico legal chileno y con el Tribunal, es realizar todas las pericias necesarias, no solo de carácter químico, sino también biológico. No es que un tipo de análisis cierre el caso. Hoy estamos en la segunda fase. Ya está constituido un panel, que lo componen dos médicos españoles y tres chilenos, que están encargados de investigar la eventualidad de presencia de elementos toxicológicos de origen biológico.
—¿Por qué lo querrían asesinar?
—Porque los países se mueven mucho en función de sus líderes. Y Chile tenía, en los años 70, tres figuras: Salvador Allende, que ya estaba muerto, Víctor Jara, que ya lo habían asesinado, y quedaba uno solo: Neruda. Eran símbolos no solo para Chile, sino para América Latina. Neruda se iba el lunes 24 a México, donde había sido embajador y cónsul y lo iban a recibir con honores de jefe de Estado, y había pasado a ser un líder de la resistencia. Era objetivo de la dictadura militar que no fuera a México y no se transformara en vocero democrático.