Nos vemos en la glorieta

Juan Antonio Varese y su último libro: Crónicas del tiempo libre. De las antiguas pulperías a los actuales boliches

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Nº 2103 - 23 al 29 de Diciembre de 2020

escribe Silvana Tanzi

El público lo conoce como el investigador de la costa, de los barcos hundidos y de los faros. Tal vez su nacimiento en Punta Carretas, frente al Río de la Plata, marcó su unión con el mar, con los viajes y la aventura. Pero, curiosamente, Juan Antonio Varese (Montevideo, 1942) tomó otro rumbo en sus estudios formales y se recibió de escribano. Sin embargo, fue en los expedientes, sellos y formularios donde encontró el valor de los documentos y de los archivos, y fue desarrollando su veta de investigador al mismo tiempo que hacía notas periodísticas y crecía su afición por la fotografía. Del mar pasó a hurgar en temas variados como el candombe, la gastronomía rochense, la historia de la fotografía o la de bares, tertulias y cafés montevideanos. Entre estos últimos temas se inscribe su nuevo título, Crónicas del tiempo libre. De las antiguas pulperías a los actuales boliches (Planeta, 2020), en el que investigó, a partir de imágenes, documentos y testimonios, sobre esa necesidad tan humana y ancestral de encontrar lugares para reunirse y pasarla bien. Es este el título número 20 que publica, y no será el último porque está trabajando en otras dos investigaciones. “Para mí es una profesión full time. En mis vacaciones cargo con una valija de libros y con la computadora. Ahora estoy en Punta del Este por la pandemia y en mi casa no se puede ni caminar con todo el despliegue. Pero tengo un desorden ordenado, aunque mi señora se enoja muchas veces”, le dice a Búsqueda en la entrevista que mantuvo por teléfono.

—¿Con cuál de todas las actividades que ha desarrollado se siente más identificado?

—Lo que me tira más es la pasión por investigar. Si bien la profesión de escribano parece estar alejada de las letras, obliga a fijar un criterio de investigación y búsqueda en archivos. Me considero un estudioso de temas históricos, pero no uso el término “historiador” porque no me arrogo un título que no tengo. También me interesa la memoria de la gente porque le da calor y vida a los hechos.

—Ha hecho muchos viajes, ¿cómo influyeron en sus libros?

—Lo que más me dejaron los viajes fue el espíritu de aventura. No hablo de aventuras en el sentido de “peligro”, sino del impulso de conocer nuevos lugares, sobre todo los que no están en el circuito turístico. He viajado a las ciudades tradicionales de Europa, pero más que nada me han atraído los países de Oriente. Uno de los mejores viajes fue el que hicimos con mi señora por la ruta de la seda. Llegamos a Samarcanda en Uzbekistán, visitamos Siria antes de que estuviera en guerra, Jordania, Petra, Israel, Egipto. Fuimos a Suez en ómnibus sin tener donde alojarnos. En fin, a ese sabor de aventura me refiero. El propio hecho de escribir lo tomo como una aventura, cuando empiezo un libro no sé exactamente hasta dónde voy a llegar. He descubierto conexiones en mis temas, el asunto está en encontrar las mejores relaciones y plantearlas de tal forma que entusiasmen a los demás.

¿Qué importancia tiene la fotografía en sus trabajos?

—Me interesa la imagen en general, la fotografía, la pintura, el grabado. Para mí el lenguaje visual complementa al lenguaje escrito. Muchas veces comienzo a elaborar los temas a partir de la búsqueda de imágenes o dibujos.

—¿Es coleccionista de imágenes?

—Soy un coleccionista un poco especial, porque las reúno solo para escribir algún libro. Por ejemplo, terminé uno sobre daguerrotipos (Los comienzos de la fotografía en Uruguay: El daguerrotipo y su tiempo, Banda Oriental, 2013), y doné las imágenes al Centro de Fotografía. Tenía como 40 piezas, pero me robaron casi la mitad. Lo que sí tengo es una colección de guías comerciales que se editaban antes de que existieran las guías telefónicas. La primera es de 1859. Detallaban los comercios, había avisos de hoteles, de restaurantes... Tengo unas 50 de esas guías y tienen mucho valor para quien quiera investigar. Una de ellas es sobre el Montevideo social en la que cada familia comunicaba los días que recibía visitas, a qué hora las muchachas de la familia tocarían el piano y demás. Es una joyita.

—¿Y cómo apareció su atracción por la costa y los naufragios?

—Cuando era niño, en la década de los 40, mi abuelo tenía un rancho en la Barra de Maldonado, lo que se llamaba la Playa del Barco, hoy Playa Montoya. Ahí se veían los restos de un barco hundido a 80 metros de la costa. Rompía la ola y aparecía parte de una caldera. Yo siempre soñaba con llegar hasta ahí. Una vez lo hizo un nadador que había ido a investigar y para mí era un héroe. Años después, veraneando en Aguas Dulces y Valizas, me encontré con restos de otros barcos y regresó mi curiosidad. Empecé a conversar con la gente de la zona, a recoger datos y leyendas. Con un maestro de Aguas Dulces salí a recorrer las estancias de las inmediaciones para saber si tenían algún elemento rescatado de los barcos. Finalmente, me fui a buscar documentos en los archivos de la Biblioteca Nacional. Encontré que mucho material sobre los naufragios estaba publicado en los diarios del siglo XIX. Cuando se hundía o se incendiaba un barco era todo un acontecimiento porque era una catástrofe para los comerciantes y la gente que esperaba artículos. Se le daba mucha importancia y a veces las crónicas tenían dos o tres páginas en los diarios. Fue un material fundamental para condensar lo que había visto en la costa con lo que quería investigar.

Y entonces siguió estudiando sobre el mar…

—De los naufragios pasé a las expediciones marítimas. Tengo dos libros que quiero mucho. Uno es Los viajes de Juan Díaz de Solís y el descubrimiento del Río de la Plata (Banda Oriental, 2016), y el otro es La expedición de Magallanes en el Río de la Plata (Banda Oriental, 2019). Estamos viviendo los 500 años del pasaje de Magallanes por acá. Se están editando cantidad de libros en España y Portugal y en todos mencionan por arriba esa estadía en el Río de la Plata que fue de 28 días. Entonces publiqué un libro dedicado a investigar qué pasó en esos días. La expedición pasó por el Cabo de Santa María, también frente al “Monte Vidi” y llegaron al río Negro buscando un paso hacia el Pacífico. En tres años la expedición de Magallanes le dedicó un mes al Río de la Plata. No es poco.

—¿Cómo surgieron estas crónicas sobre el tiempo libre?

—En 2018 publiqué Cafés y bares de Montevideo (Planeta) y con el tiempo aparecieron temas vinculados con las fondas, los restaurantes, las confiterías. Sobre todo, me fascinaron los temas relacionados con los parques cerveceros de Montevideo, como fue el Parque Múnich. Yo no lo conocí, pero dicen que era maravilloso, con grandes jardines de tres o cuatro cuadras donde la gente hacía pícnics y había juegos para chicos. En la II Guerra Mundial, cuando Uruguay declaró la guerra a Alemania, le cambiaron el nombre y le pusieron Parque Oriental. En el artículo hablo también de El Jardín de las Delicias, cerca del Paso Molino, a donde a fines del siglo XIX las familias iban a pasar el día en carruajes o a caballo. Lo mismo pasó después en el Recreo del Cordón. La gente alquilaba las glorietas, como hoy se alquila la sombrilla en la playa. Pasaban el día y conversaban con las familias vecinas.

¿Por qué hay tan pocas imágenes de los cafés y bares de comienzos de siglo XX?

—Al contrario de otras actividades, como las carreras de caballos o los paseos por la rambla de Pocitos o Ramírez, de las que hay centenares y miles de fotografías, sobre el interior de los cafés o restaurantes casi no hay porque las máquinas tenían flash de magnesio que largaba una explosión con humo. Además de aterrorizar a la gente, llenaba el lugar de un olor feo por mucho tiempo. Cuando un cantante iba a la fonoplatea en esa época, un solo fotógrafo podía encender el flash y los otros estaban prontos para apretar los obturadores cuando dijera “¡Ya!”.

—Es muy curiosa la discusión sobre el origen del nombre pulpería, que puede provenir de pulpo o de pulque, bebida mexicana. ¿Qué origen le parece el más factible?

—Para mí, proviene de la pulpa de la carne, no del pulpo. Eso viene de asturianos o gallegos o del norte de Europa, donde servían las bebidas con una pequeña cazuelita de pulpo. El material sobre las pulperías es mucho más escaso. Tuve que recurrir a los trabajos de Aníbal Barrios Pintos y de autores argentinos que investigaron sobre el tema. La pulpería fue un fenómeno de toda la América española. Eran lugares de ramos generales, la gente iba a comprar de todo, incluso a buscar el correo. Era el sitio de referencia.

Las sociedades recreativas eran masculinas, como la Parva Domus. ¿Las mujeres no se divertían?

—La mujer empezó a tener sus lugares de encuentro en las confiterías a comienzos del siglo XX. El hombre iba a los cafés, a las sociedades y también al Bajo. En la tapa del libro pusimos un dibujo de época de la revista Anales. Hay dos mujeres y un hombre en una mesa del Hotel Sarandí. Estaban comentando potins, que eran los chismes. Todo un símbolo de la época. Hasta la década de los 60, Francia era el referente cultural. Por lo menos para América Latina y en especial para el Río de la Plata.

¿La Ciudad Vieja de hoy es producto de la construcción de la rambla sur?

Sin dudas. La rambla sur fue una de las obras magistrales de Montevideo. Tengo una foto extraordinaria que muestra lo que era el Bajo rodeando el edificio de la Compañía del Gas, y revela lo que era la Ciudad Vieja en la época. Cuando hicieron la rambla sur demolieron cantidad de casas que llegaban hasta la Compañía del Gas y borraron el barrio del Bajo. La calle 25 de Mayo se convirtió en una línea divisoria entre el Bajo y la zona comercial y financiera.

—Entre los investigadores que menciona está Vicente Rossi. Parece bastante provocadora su tesis sobre el origen del tango criollo. ¿Quién fue?

—Alguien le tendría que dedicar una biografía a Rossi. Fue un periodista-investigador que planteó que los primeros tangos se bailaron donde estaba la Plaza de Abastos. Allí llegaban todas las carretas que venían del interior. Era la zona donde está la Facultad de Medicina y el Palacio Legislativo. En las noches se armaban cantos y bailes. Según Rossi, los orígenes del tango bailado surgieron ahí, entre las carretas. Fue muy controvertido por eso, los argentinos no lo quieren.

En el epílogo se refiere a los mercados actuales, como el Ferrando o el Williman, que combinan la reunión con la venta. ¿Encuentra algún vínculo con los viejos almacenes de ramos generales?

—No lo había pensado de esa forma. Quise escribir sobre el cambio en las tendencias en varios ámbitos. Hay cafés tradicionales, pero los que abren tienen música, performers, stand up. Ahora la palabra “boliche” es más genérica, pero cuando surgió era un término despectivo para referirse a locales no muy elegantes. Lo que quise dejar plasmado es que son fenómenos sociales movibles. La necesidad de reunirse pervive, lo que cambian son las formas de presentación.

Vida Cultural
2020-12-22T19:31:00