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    Nostalgia de esta noche

    “La Verità”, de la Compañía Finzi Pasca, hasta el sábado 11 en el Sodre

    Una estructura esferoide armada con tubos de aluminio, que pesa 150 quilos y es montada por cuatro jinetes acrobáticos, gira impredecible por el suelo de la sala Hugo Balzo, donde ensaya una veintena de actores-acróbatas de todo el mundo. Se mueve en zigzag y produce un ruido asordinado y continuo que llena todos los espacios que puede ocupar el silencio, pero no impide la conversación. Su deambular basculante determinó su nombre: el zig avanza por sobre un hombre acostado. La imagen detiene la respiración. Manipulados con precisión quirúrgica, los fierros pasan a pocos centímetros de su cuerpo. Una muchacha de musculatura acentuada trepa una escalera plateada y torneada como un tirabuzón. La diseñó el uruguayo Hugo Gargiulo, inspirado en el famoso ADN de Salvador Dalí. Al fondo, un grupo de gimnastas asombrosamente estilizados calientan los músculos y empapan sus manos en talco para adherirse a sus artefactos diseñados para sorprender.

    Con “Ícaro”, el suizo Daniele Finzi Pasca logró hace 19 años en el Teatro Stella su primer gran éxito internacional. Luego dirigió al Cirque du Soleil en “Corteo”, concibió la apertura de los Juegos Olímpicos de Invierno en Turín, creó el homenaje a Chéjov en Moscú por sus 150 años, pero conservó un estrecho vínculo afectivo con Uruguay. Varios artistas uruguayos fueron reclutados por su compañía, el Teatro Sunil de Lugano.

    La Verità, estrenado en enero en Montreal y que estará entre hoy jueves 2 y el sábado 11 en el Auditorio Nacional del Sodre, es su quinto espectáculo en Montevideo en los últimos cinco años, luego de “Donka”, “Ícaro”, “Rain” y “Maldita canalla la soledad”. Le fue encargado en 2010 por una fundación que adquirió un telón de quince por nueve metros pintado por Dalí en Nueva York, en los años 40, para una versión de la ópera “Tristán e Isolda”, de Wagner. En vez de exhibirlo en un museo le propusieron que montara un espectáculo a partir de la tela. El martes 30 la imponente obra dominada por la figura del Tristán enloquecido fue colgada en la boca de escenario de la sala Eduardo Fabini. Allí estará expuesta al público desde el lunes 6 al sábado 11, de 11 a 17 horas, con entrada libre.

    “Es inútil tratar de encontrar el sentido antes de ver el espectáculo”, dijo Finzi Pasca a Búsqueda ante la pregunta disparada por lo que se veía en el ensayo. “El surrealismo está hecho de imágenes que se superponen y permiten contar las cosas de un modo ensoñado. Dalí vivía frente al mar y pescaba mucho. El zig es un juego de equilibrios que se mueve y suena como las olas del mar. Pero sobre todo está ‘Tristán e Isolda’, que dispara este juego de parejas”, añadió. Serán diez las funciones de La Verità: hoy jueves 2 a las 20.30, viernes 3 a las 21, sábado 4 a las 15 y 21, domingo 5 a las 15, martes 7, miércoles 8, jueves 9 y viernes 10 a las 21 y sábado 11 a las 20.30, con entradas entre $ 500 y $ 1.500, en venta en boletería y Red UTS. Las funciones del 4 y 5 tendrán un 30% de descuento para menores de 18 años. A continuación, una síntesis de la charla con Pasca.

    —¿Como se aborda una temática tan abierta como el mundo de Dalí?

    —No es una obra sobre Dalí. Partimos de una tela pintada por Dalí. El telón es el punto de encaje. Está el pintor español que se escapa de la guerra, está la relación con su esposa, están las preguntas que se hizo durante toda su vida. Está Wagner, Irlanda, Escocia y el norte de Europa que se encuentra con España. Son varias capas, ideas que se superponen como placas tectónicas, brotan, bajan una de la otra.

    —¿Cómo se trasladan esas ideas a un lenguaje corporal?

    —En “Donka” estaba la fuerza de la palabra chejoviana, que en una frase desdibuja un personaje. El surrealismo es más cercano al lenguaje de la acrobacia, que es más alusivo que lineal. Sobre “Tristán e Isolda” se hicieron ballets y óperas, pero faltaba abordarla desde la acrobacia. Él estaba fascinado con esa obra y muchos elementos de la música de Wagner coinciden con la simbología dalineana.

    —En Montreal, el circo es un arte muy valorado y los artistas circenses gozan de alta consideración. Pero en esta región, el clown y el acróbata trabajan más en el semáforo que en el escenario...

    —En Montreal yo llegué a un país muy virgen. La tradición teatral no tiene más de 50 años. El circo llegó hace 30 años. Empezaron sin tener la carga de una tradición como la europea, donde hay familias... ¡Espera, espera!

    Interrumpe la entrevista, salta de su silla y sale disparado hacia la bola de aluminio para levantar una pieza de plástico que se desprendió; revisa que no haya ningún problema, vuelve a su silla. “Está todo bajo control”, dice, y continúa:

    —El circo y la acrobacia pueden tomar una dirección muy performática. Nuestra compañía en Quebec generó una reflexión muy profunda sobre el gesto acrobático y su sentido ritual, mítico y místico. En Latinoamérica hay mucha tradición y a veces se pierde su relación con la razón profunda de ciertas artes acrobáticas. ¿Por qué los mexicanos tienen ese vínculo tan profundo y familiar con el trapecio Washington y los volantes? ¿Por qué los italianos son más malabaristas? Los mexicanos y su malabarismo rápido, los rusos en la plancha step out. El desafío es averiguar qué hay aquí, en la tradición profunda de los uruguayos para no copiar, para no simplemente hacer cosas que se vieron en otros lugares. Se trata de recuperar las raíces.

    —Aquí está el circo criollo, la génesis del teatro rioplatense...

    —Sí, pero esas son las estructuras. Lo que digo es ver en qué elementos de la vida cotidiana se desarrolló aquí la acrobacia. Este es un país de caballos, de gente que trabaja en el campo. Antes usaban boleadoras. ¿Cómo se desarrollaron? Hay que entender cómo surgieron las habilidades criollas, recuperar los grandes maestros. Así se desarrolla un arte acrobático específico. El arte del circo está hecho de un continuo encuentro. Nuestra compañía está hecha de 20 nacionalidades distintas: Australia, Argentina, España, Suiza, Uruguay, Québec... Hablamos cuatro idiomas durante los ensayos. Los cirqueros son muy hábiles para encontrarse entre culturas distintas.

    —¿Cómo fue el estreno en Montreal?

    —La verdad es que el primer lugar iba a ser Montevideo. Habíamos planeado con Gerardo (Grieco) todo el período de montaje para cruzar esta aventura con el medio artístico local. Nuestros ensayos son siempre abiertos. Uno puede venir, ojear, espiar, robar, aprender. No pudo ser pero quedaron las ganas de que el estreno latinoamericano fuera en Uruguay. Hay una cercanía y un afecto muy grande con esta tierra. Hace muchos años que regresamos.

    —¿Por dónde se mueve en Montevideo?

    —Hay barcitos y boliches donde siempre vuelvo. La primera noche y la última en Don Kotto, es un ritual. Antes iba a El Ombú. Tristán Narvaja es un paseo obligatorio cada domingo. Y siempre voy a ver a Nacional con Facundo (Ponce de León, colaborador de su compañía). El domingo vamos al clásico.

    —¿Lo inspira Montevideo?

    —Mucho. El tiempo está como parado, suspendido. Como tengo origen italiano, encuentro imágenes que parecen de la Italia de años atrás. Cuando me preguntan de dónde soy, no digo que soy suizo o italiano, sino que soy de un barrio muy preciso en una ciudad que se llama Lugano. Uno viene de un sitio con bandera poco definida. Nuestros espectáculos tienen una sutil nostalgia y hay países donde esta palabra tiene una resonancia común. El lugar de donde vengo, Rusia, Brasil, Uruguay... todos comparten un hilo que nos cruza.

    —De hecho, Uruguay tiene un día dedicado a la nostalgia...

    —Sí, pero no hablo de la nostalgia en el sentido de mirar para atrás. No es esa cuestión de extrañar, ni el cantito interior que dice que en aquel tiempo todo era más bonito. Me refiero a una nostalgia distinta que permea en ciertos pueblos como exaltación del presente. Los brasileños tienen una palabra preciosa: saudade. La saudade no es del pasado, es del presente. Estás viendo el atardecer con amigos, levantas la copa y dices: “Qué lindo este momento, espero verdaderamente que la vida nos dé la chance de reencontrarnos aquí en un par de años. Espero poder revivir este momento contigo”. Es una nostalgia del presente muy distinta de la otra. Quien repite que el pasado siempre fue mejor se equivoca siempre. El pasado no fue mejor. Quien desea que este momento tan lindo regrese está haciendo de este momento un instante nostálgico. Los brasileros te dicen: “Tenho ja saudade de voce”. Es muy importante aclarar de qué nostalgia estamos hablando. Creo que aquí en Uruguay están las dos.