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    Para comerse las uñas

    El sonido de fondo es un acorde algo disonante en el que a lo lejos parecen sonar unas gaitas. El volumen va creciendo mientras la cámara desde la altura hace un travelling que avanza sobre un bosque, luego un lago, más atrás unas montañas. Ahora la imagen cambia y vemos a una pareja acostada. Ella le dice que no vaya y él le contesta que le prometió que iba a ir. Ese diálogo inicial ya presagia cierta incomodidad: la joven pareja está feliz en su intimidad pero esta se ve levemente alterada por algo que él va a hacer a desgano para cumplir su promesa y que ella le pide que se cuide. Ese aparente peligro apenas sugerido abre el relato de Calibre (Reino Unido, 2018), escrita y dirigida por Matt Palmer, ganadora del Premio Michael Powell a la Mejor película británica en el Festival Internacional de Edimburgo 2018.

    Afuera suena una bocina, entonces Vaughn y su mujer se levantan de la cama y salen a recibir a Marcus, un viejo amigo de aquel que viene a buscarlo para un fin de semana de cacería. Los dos hombres son viejos amigos y fueron compañeros de estudio. La mujer de Vaughn espera su primer hijo y Marcus bromea diciéndole a su amigo que este fin de semana será el último antes de perder definitivamente su libertad. Los dos hombres conversan animadamente durante el viaje en la camioneta de Marcus. Pocas líneas de diálogo son suficientes para terminar de delinear la personalidad de los protagonistas y la esencia de su relación. Marcus es extrovertido, arrogante, audaz, dominador; Vaughn es apocado, sobrio, prudente, claramente dominado por su amigo, al que está acompañando sin entusiasmo, por falta de carácter para negarse.

    Mientras conversan y avanzan por la carretera, lentamente va apareciendo en escena un tercer protagonista que se cuela por las ventanas del auto y cuya apariencia majestuosa y amenazante impresiona por igual al espectador y a los propios protagonistas, que lo miran cautivados: son las highlands escocesas, una mezcla indescriptible de montañas, valles, lagos y bosques bajo un cielo encapotado, en uno de cuyos pueblitos pararán estos dos muchachos a esperar la madrugada para salir de caza en busca de un ciervo.

    Llegan al pueblo, se alojan en una posada y tienen una noche de alcohol y mujeres. Esa breve velada basta al libreto para mostrar el contraste entre esos dos jóvenes urbanos de Edimburgo con la fauna rural locataria. Las miradas, los tonos, el recelo, son también de alguna manera ingredientes que van alimentando el suspenso y la sospecha de que algo desacostumbrado­ va a ocurrir en algún momento. Cuando los muchachos regresen de su accidentada cacería ese clima receloso en la aldea irá creciendo hasta estallidos finales que no conviene revelar ni dónde ni cuándo ni por qué.

    Alguna crítica ha mencionado el parentesco de esta película con Deliverance (EE.UU. 1972) de John Boorman, que en nuestro medio se exhibió­ con el título La violencia está en nosotros. Hay algunos puntos de contacto pero en definitiva es un parentesco más bien lejano. En la película de Boorman la naturaleza jugaba un papel mucho más agresivo y protagónico que aquí y en esta película de Palmer el azar juega un papel mucho más importante que en aquella. También en aquella la violencia era bastante más abundante que en esta.

    El excelente resultado final se sostiene en varios créditos: la notable fotografía del húngaro Márk Györi, que hace maravillas con el paisaje montañoso escocés. La edición de Chris Wyatt, que mantiene un ritmo enérgico pero también impredecible. Dos excelentes actuaciones protagónicas con el irlandés Martin McCann (Marcus) y el escocés Jack Lowden (Vaughn), a los que en un segundo plano pero también de enorme lustre actoral secundan Tony Curran (Logan) e Ian Pirie (Brian) en el papel de los dos hermanos “referentes” dentro del pueblo. El diseño de sonido de Ben Baird junto a la música de Anne Nikitin conforma una banda sonora inquietante que muchas veces recurre a un silencio paradójicamente ensordecedor.

    Usted tiene dos posibilidades para ver Calibre: hacerlo con luz natural o de noche. En el primer caso es probable que no aprecie cabalmente la belleza de muchas escenas boscosas o nocturnas que para un correcto realce necesitan oscuridad ambiente. En el segundo caso, de noche, disfrutará a pleno de esas escenas pero la película podría generarle una inquietud que la tiniebla nocturna puede no contribuir a ahuyentar.

    El escritor norteamericano Stephen King, que algo de horror y suspenso conoce, después de ver Calibre escribió en su cuenta de Twitter que la película consigue un ambiente “hitchcockiano” como para comerse las uñas. Viniendo de quien viene, será difícil conseguir un elogio más gratificante.

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