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Hay cuatro afiches colgados en la pared blanca. El modernísimo apartamento de Art Büro, en pleno Punta Carretas, se transformó otra vez en galería de arte. Un lugar que alberga a artistas de gran nivel en una cuidada selección de obras y en encuentros bastante íntimos del público con los creadores. Lo poco es bueno, la brevedad conduce en este caso a un notable nivel de exigencia en tiempos de apuestas multitudinarias, de búsqueda del “gran público”, de la cantidad que pocas veces se da la mano con la calidad. En este caso, les toca a los afiches del uruguayo Juan Burgos (1963), un artista de extensa trayectoria y reconocidísimo estilo que en 2009 representó al país en la Bienal de Venecia.
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Desde hace más de treinta años, la obra de Burgos se sostiene sobre trinchetas, tijeras, pegamentos. “En su taller tiene un montón de tijeras sobre la mesa”, dice Silvana Bergson, anfitriona, conocida productora del medio y una de las promotoras de este modelo diferente de muestra que requiere una llamada o un timbre en la puerta en horario laboral para pactar el encuentro con la obra. No en vano, Burgos estudió moda y diseño. No en vano fue influido por algunas transgresiones posmodernas de los años 80, por el arte callejero, el cómic o el pop directamente, tal vez el más tardío. Pero si uno mira el mural de este artista (“Dios y el Diablo en la Tierra del Sol”) que luce en la primera Bienal de Arte de Montevideo “El Gran Sur”, de reciente inauguración en el Banco República, entiende perfectamente que este hombre ofrece más que influencias o miradas recicladas. Además de ser impactante, un cartelito recomienda que no lo miren niños. Las imágenes son fuertes, aunque hay que buscarlas, desagregarlas del nutrido campo visual que provoca la obra de este finísimo artista del collage.
Hay algo muy especial en Burgos que lo hace novedoso, original y sutil. Entre aquel mural y estos afiches presentados en Art Büro figura más de lo mismo: una imaginería propia poblada de personajes y de objetos de notoria fuerza simbólica que conducen rápidamente al sexo, a la religión, al bien y el mal, a la muerte, a la caridad, a paraísos e infiernos, a fuegos purificadores, a un sol que abrasa y a rayos que ejecutan. Pero existe un mundo diferente a cada paso, aunque parezca contradictorio. Es que así es la obra de Burgos. El creador juega permanentemente con un cuerpo de imágenes que en un aparente caos creativo logra una ajustadísima armonía, un equilibrio conceptual y emocional. De aquel mural a estos afiches hay más que imágenes reconocibles o utilizadas en ambas: hay una sintaxis que provoca una lectura totalmente diferente. En este caso, son afiches sobre los que trabajó a partir de una estadía en China. Son coloridos con predominio del rojo, otra clave de Burgos, claramente propagandísticos, aunque el espectador no atine a descifrar el contenido, ni siquiera el calibre de los mensajes. Pero lo son. Y también hay algo que mantiene esa potencia creativa, dirigida a las masas, como un golpe a la conciencia y al ánimo, típica de los afiches de la primera etapa del socialismo real, luego difundidos por el mundo y, muchos años después, valorizados como objetos de culto. De lejos, uno piensa inmediatamente en afiches de otra época, de otro contexto, de un estilo que ya no se aplica. Refieren a esos íconos de un tiempo de revoluciones, a esos enormes caballeros de puño en alto llamados Lenin, Stalin o Mao. Es curioso que ninguno de ellos aparezca claramente en la escena, salvo por ciertos rasgos de Mao o por algunas líneas en tipografía china, algunos datos sueltos y poco reveladores. Pero mantienen la impronta “revolucionaria”.
De cerca, todo cambia. Luego del paseo más detenido sobre la obra, uno piensa cómo es posible que la percepción pueda engañar tanto, según los modelos preestablecidos, las imágenes guardadas en la memoria, la repetición de un estilo que reconvirtió el modelo rupturista de la imagen contemporánea. Es que de cerca uno ya no ve ningún cuerpo de imágenes del realismo socialista, ni masas exaltadas, ni brazos en alto, ni gestos adustos o escenas militares, desfiles pomposos, cerrados y estrictos. Aparecen cuerpos musculosos enfundados en trajes de superhéroes con hombres triturados entre sus manos, aparecen calaveras, espejos de cuentos de hadas con el rostro distorsionado de Elvis Presley, ciudades pisoteadas, herramientas que vuelan junto a insignias heroicas o signos imposibles de rastrear en la historia reciente. La obra de Burgos está cargada de significados, también sexuales, con penes enormes incrustados en mariposas, supuestos tatuajes utilizados por prostitutas rusas y un despliegue continuo de recortes y pegues referenciales, yendo desde el afiche y el collage más convencional hasta la ruptura más profunda con incertidumbres, yuxtaposiciones extravagantes o que provocan profundos desajustes de la sensibilidad.
Así es Burgos en Art Büro, donde incluye dos obras más despojadas en collage y en blanco y negro, con un pequeño toque de color. Y son una delicia. Por las dudas, la exposición es apta para todo público.
“Propaganda” de Juan Burgos en Art Büro (Francisco Ros 2793/ap. 002. Tel.: 2712 6779). Visitas concertadas telefónicamente o a través de [email protected]. Hasta el 22 de diciembre.