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    Pepe el demiurgo

    Recientemente se pudo ver “El origen”, un ambicioso y extraordinario (por lo poco común) programa televisivo sobre José Batlle y Ordóñez en el cual coparticipé debido a mi investigación sobre la correspondencia que el joven Batlle mantuvo con su padre Lorenzo durante su primera estadía en París.

    Tengo entendido que fue el programa más visto en la semana y también el más impactante a nivel del debate público nacional. Ni una cosa ni la otra me sorprenden.

    En la última parte del programa, varios investigadores, políticos y sindicalistas aportan algunas conclusiones generales, como por ejemplo que el batllismo está en el ADN uruguayo, que las ideas centrales de Don Pepe tienen aún fuerte vigencia en varias formaciones políticas y en el movimiento sindical y que con la aparición de Batlle en la escena política el país entró en una fase completamente nueva.

    Sin embargo, y sin pretender desmerecer en nada la calidad del producto televisivo (que, repito, me pareció extraordinario en muchos sentidos), creo que la figura de Batlle y Ordóñez exige respuestas de más largo alcance y que el debate debería comenzar allí donde terminó el programa. Quizás, también esta apertura a nuevos horizontes sea mérito de los productores de “El origen”.

    La cúpula sindical y frenteamplista fue unísona al subrayar la importancia de la justicia social en el ideario batllista (o, por lo menos, en el ideario del primer batllismo). “Todos somos batllistas” o “El batllismo es el escudo de los débiles”, como dijo Mónica Xavier al señalar que esa particularidad le daba al Frente Amplio una identidad batllista.

    Otros, como Gerardo Caetano, hicieron hincapié en el carácter revolucionario de las ideas y el accionar de José Batlle y Ordóñez, especialmente en su segundo mandato. Mientras tanto, desde las tiendas del Partido Nacional se sostuvo que la herencia batllista era el pesado costo de un aparato estatal con cientos de miles de empleados que, además, funciona como traba al desarrollo económico del país.

    Visto con la perspectiva secular, la aparición en escena del primogénito del ex presidente Lorenzo Batlle preludió el movimiento sísmico que pronto viviría Uruguay. Pepe (aún no se lo conocía como Don Pepe) había vivido “un año napoleónico” en la capital francesa y allí se había entusiasmado con el orden, la limpieza, los parques y el nivel de vida en una metrópolis que acababa de ser profundamente reconstruida sobre las ruinas de la vieja ciudad medieval por parte del célebre barón Haussmann.

    En Uruguay, pensaba el joven Batlle, aún está todo por hacer. Y razonaba: el nuestro puede ser un país modelo, sede de la felicidad humana. Pero para lograrlo es necesario explotar racionalmente toda la capacidad económica aplicando la inteligencia.

    Los constantes enfrentamientos partidarios y la división del país en una región colorada y otra blanca convencieron a Batlle de que primero era necesario unificar la guía del Estado. Su intransigencia hacia los blancos se basaba en su convencimiento de que solo el Partido Colorado podía desarrollar la labor ciclópea que proyectaba (debo acotar, sin embargo, que Batlle era intransigente por naturaleza).

    Fue, José Batlle y Ordóñez, un déspota ilustrado con dos siglos de atraso. Pretendía el bien general y el gobierno de la razón, pero creía que solo él —el demiurgo ilustrado con el férreo control del timón del Estado— podía lograr la felicidad de la nación.

    Discutir la influencia de ese batllismo en el ADN nacional puede ser interesante. Analizar la posible identidad batllista de un movimiento sindical que actúa a contramano de la esencia batllista y atropella el respeto por las leyes todos los días de la semana es por el contrario un ejercicio de cretinismo.

    Subrayar la importancia del Partido Nacional en la construcción de un sistema democrático es justo y necesario. Echarle la culpa al ideario de Batlle por la elefantiasis estatal es sin embargo errarle al blanco: todos los gobiernos socialdemócratas del norte de Europa, que revolucionaron sus sociedades apostando por la construcción de un Estado benefactor y omnipresente, supieron renovarse abriéndole paso a la iniciativa privada.

    Por ende, el problema clave no se encuentra en Batlle y Ordóñez sino en lo que vino después. Batlle revolucionó un país agreste y atrasado, pasto de constantes luchas fratricidas, y creó, en un rincón perdido del mundo, el primer Estado de bienestar moderno del planeta. Ése fue su inmenso mérito.

    La larga degeneración de Uruguay y el avance de su esclerosis múltiple, que durante las décadas que siguieron a la muerte del prócer de la modernidad nacional fue aniquilando y carcomiendo las bases materiales y culturales de ese Estado modelo, fue responsabilidad exclusiva y absoluta de una dirigencia política, sindical y empresarial que nunca estuvo a la altura de las circunstancias.

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