Qué mierdita puede llegar a ser el hombre blanco.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáA fines del siglo XIX, los indios osage habían sido expulsados de sus tierras en Kansas y las autoridades no sabían dónde alojarlos. Entonces vieron unas áridas llanuras en Oklahoma, pedregosas, sin valor alguno, y para allí los mandaron. Pero resulta que esas llanuras estaban infestadas de petróleo. Y los osage, que ahora eran los propietarios de esas tierras de porquería, comenzaron a enriquecerse arrendando sus campos a las compañías de extracción del oro negro. Las autoridades locales veían a los indios construir mansiones, comprarse autos y tener sirvientes blancos, aunque fieles a sus costumbres seguían asando la carne como siempre lo habían hecho sus ancestros. Los diarios hablaban de los “ricachones pieles rojas” con bastante molestia. Pawhusca, que era un típico pueblito del oeste, con su tienda de ramos generales, su saloon y la oficina del sheriff, en pocos años quedó irreconocible con la cantidad de comercios, los autos y los edificios de cinco pisos. Y los blancos, atraídos por el dinero, se acercaron al fuego. Se interesaron por las costumbres osage, por sus ritos y danzas de la lluvia, por la caza del bisonte, por sus mujeres. Y se casaron con ellas, como Ernest Burkhart, de 28 años, un sujeto de “cabello castaño corto, ojos azul pizarra, mandíbula cuadrada”. El galán de la película de cowboys se liaba afectivamente con la india. Su mujer, llamada Mollie, era una osage cuya familia poseía muchas tierras. “¿Cómo acabará esto?”, se preguntaba un periodista de Harper’s Monthly Magazine. “Cada vez que se perfora un nuevo pozo, los indios osage son todavía más ricos. Habrá que pensar en hacer algo al respecto”.
Estamos a principios del siglo XX, y además de la fiebre por la explotación petrolera y de empresarios pioneros —que luego serían multimillonarios, como Jean Paul Getty gracias a su Getty Oil Company—, también era la época de la Ley Seca y de las destilerías clandestinas, de las bandas de forajidos como la de Blackie Thompson (que tenía sangre cherokee) y la de Al Spencer, conocido como el Terror Fantasma. Todavía existía un viento de western en Oklahoma, que decía que las cosas importantes se resolvían a los tiros.
Y existían empresarios emprendedores, como William Hale, tío de Ernest, un ferviente defensor de la ley y el orden, temeroso de Dios. Se había criado en las praderas, a la intemperie. Desbordaba energía. Comenzó desde bien abajo en el negocio de la ganadería y ahora se había convertido en un poderoso hacendado con influencias en todo el pueblo, en el sheriff, en los jueces, en los comerciantes. El respetable Hale, además, decía ser el mejor amigo de los indios.
Primero fue Anna, la hermana de Mollie, encontrada en un barranco con un tiro en la cabeza. Luego le tocó a Henry Roan, también osage. Su cadáver estaba en un Buick en el fondo de una hondonada. Luego Rita y Bill Smith: una bomba voló su casa por lo aires. La explosión se escuchó a kilómetros del lugar; pedazos carbonizados por todos lados, madera y fierros humeantes, sábanas que ya eran trapos colgando de cables telefónicos. De Rita, india osage y también hermana de Mollie, apenas quedó nada; Bill sobrevivió unos días y murió en el hospital. Sus labios balbucearon algo ininteligible antes de dejar de respirar. La esperanza de conocer el nombre de el o los sospechosos se esfumó. Otros indios fallecieron en misteriosas circunstancias, tal vez envenenados. No podía ser que los invitaran a beber unas copas, les palmearan la espalda y los instaran a vender sus propiedades, y los muy debiluchos a los dos días se sintieran mal y murieran. También murió un empresario petrolero —lo asaltaron a la salida de un bar, le colocaron una bolsa de arpillera en la cabeza y le dieron más de 20 puñaladas— que estaba dispuesto a ir directamente a Washington a denunciar los asesinatos en el condado osage y reclamar una investigación oficial. Un abogado que de entrada se mostró radicalmente a favor de los indios fue arrojado de un tren en marcha y apareció al borde de la vía con el cuello roto. Ahora los diarios hablaban directamente de “conspiración para matar a indios ricos”. Se lo conoció como el Reino del Terror y ocurrió entre 1918 y 1931. Se estima que en ese período fueron asesinados 605 indios osage.
Todo esto ocurrió realmente y es desarrollado con minuciosidad y una prosa hipnótica por David Grann en Los asesinos de la luna (Literatura Random House, 2019, 356 páginas). Grann (NYC, 1967), periodista de The New Yorker, tiene otros dos libros de no ficción previos: Z, la ciudad perdida, sobre un explorador británico que busca en el Amazonas una ciudad imposible, y El viejo y la pistola, sobre un anciano avezado ladrón de bancos y hábil fugando de prisiones. Ambos trabajos fueron llevados al cine, el primero por el realizador James Gray y el segundo con Robert Redford en el papel protagónico. Los asesinos de la luna ha sido considerado uno de los mejores libros de 2017 por la prensa estadounidense y obtuvo el premio Edgar Allan Poe al Best Fact Crime. Se lee como una novela y tiene más de una conexión, en el mejor de los sentidos, con A sangre fría, de Truman Capote. La contraportada anuncia que será adaptado a la gran pantalla por Martin Scorsese y Leonardo DiCaprio. Es que tiene todo para ser una película del director de Taxi Driver y Los infiltrados.
Ante la indiferencia del gobierno local —o peor aún: ante su asquerosa corrupción— los indios, que habían rebasado el límite de la desesperación y no confiaban en nadie (los médicos hacían la vista gorda, lo abogados lo mismo, los jueces ídem), contrataron por su cuenta a investigadores privados. Es el tiempo de la agencia Pinkerton, de los primeros detectives, algunos con buena voluntad, otros igual de corruptos que los sospechosos a quienes debían investigar. A todo esto hay que agregar que los indios —así lo dictaba la ley— necesitaban de tutores, en su gran mayoría blancos, para que supervisaran y autorizaran sus gastos. Podían comprarse una cerveza o un par de mocasines y vender una podadora de césped, pero si se trataba de una mayor cantidad de dinero, necesitaban el OK del tutor. El piel roja, un ciudadano de quinta. El blanco, de primera. Y cada tutor blanco tenía varios indios a su cargo.
Los agentes de la Pinkerton se topaban con paredes infranqueables, con silencios, o desaparecían en el condado osage entre la luz tenue de un prostíbulo, la música alegre y los vapores del whisky casero. Las pistas de los asesinatos se diluían, mientras el escándalo iba adquiriendo proporciones nacionales. Entonces intervino el Buró de Investigaciones, “una oscura rama del Departamento de Justicia”, dice Grann, que a partir de 1935 pasaría a llamarse Buró Federal de Investigaciones (FBI). Eran funcionarios muy sobrios que respondían a un tal J. Edgar Hoover. El jefe obsesivo reclamaba de sus agentes una visión científica del delito y que vistieran saco negro, con corbata negra y zapatos negros, bien lustrados. El policía local está apegado a su entorno, tiene un arraigo en el pueblo y por lo tanto mayores debilidades o posibilidades de corromperse. El policía federal proviene de una oficina que pretende ser otro mundo y que también acarreará sus abusos, porque Hoover, con el tiempo, se convirtió en una figura sumamente oscura cuyo único trazo de claridad resultó ser el autoritarismo con el que se manejaba. Pero quedémonos en estos primeros tiempos del FBI, más románticos, e imaginemos los zapatos lustrados de los funcionarios recién llegados de Washington pisando el fango de Pawhusca.
Así llegamos a otro de los grandes personajes de la historia: Tom White, uno de los pocos heroicos entre tanta inmundicia de color blanco. Su padre había supervisado la prisión del condado de Austin y estaba acostumbrado a perseguir forajidos. Tom, de niño, vio cómo el señor White colgaba a un asesino y cómo, en defensa propia, después de ser atacado con un cuchillo, le arrancaba un ojo a su agresor. Venía de una familia de gente dura, acostumbrados a la violencia pero leales representantes de la ley. Tenía un andar felino, silencioso, y una certera puntería con el rifle. Pero lo que es más importante: una vocación limpia para despejar la verdad y apresar a los culpables, sean quienes sean.
Aunque se trata de historia, no contemos el desenlace, que, como todo en Los asesinos de la luna, incluye ribetes cinematográficos. Una vez más, la ficción se queda corta ante la más pura y dura realidad. Sí digamos que el periodista, además de cientos de fuentes empleadas para este apasionante trabajo, se entrevistó con nietos de los indios osage. Y que las revelaciones actuales de lo ocurrido hace un siglo, siguen siendo sorprendentes.