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El programa que el pianista brasileño hizo el jueves 10 en la sala Eduardo Fabini del Auditorio Adela Reta tenía todos los componentes para demostrar que es uno de los mejores intérpretes vivos de este instrumento. Quien pueda transitar en el teclado por Beethoven, Debussy, Rachmaninov y Chopin logrando “desaparecer” detrás de cada autor, es un grande.
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Nelson Freire entró en calor con el amable y poco frecuentado Andante favori de Beethoven (1770-1827), un movimiento compuesto en 1803 que luego quedó aislado, sin integrar ninguna de las sonatas para piano y que tiene una deliciosa melodía que Freire cantó en forma celestial. Luego encaró, del mismo autor, la “Sonata para piano en do menor op. 111”, última gran obra para teclado de Beethoven, escrita cinco años antes de su muerte. La explosión de su tormentoso y arrollador Allegro en el primer movimiento y luego la emocionante sencillez de la Arietta con variaciones del segundo, donde hasta hay lugar para el tratamiento jazzístico del tema, son una de las mejores muestras de la audacia y del talento de su autor, que una vez más quiebra esquemas y traspasa las fronteras de su tiempo. La lectura de Freire, equilibrada en la estructura y arrolladora en la fuerza emotiva, hizo comentar en el intervalo a un espectador maravillado: “¡Qué dos se juntaron!”
En la segunda parte, Claude Debussy (1862-1918), otro compositor sumamente útil para medir la talla de un pianista, porque plantea un lenguaje diferente con exigencias de tocco, de dinámica y de color absolutamente novedosas. Freire eligió uno de sus “Preludios” (“Les collines d´Anacapri”), una de sus “Estampas” (“La soirée dans Grenade”) y una de sus “Imágenes” (“Poissons d’or”), y con ellos hizo una verdadera acuarela de cada pieza, pintándolas con trazos leves y difuminados y regodeándose en la sonoridad de esos “acordes líquidos”, según la feliz expresión del crítico compatriota Washington Roldán.
Luego, dos Preludios de Serguei Rachmaninov (1874-1943), los números 10 y 12 del opus 32, ambos en tonalidad menor, el primero de ellos hecho con un aliento de trágica tristeza y un fraseo tan auténticamente ruso que parecía que quien estaba sentado al piano era el propio autor, que por otra parte era un eximio pianista.
Y para terminar Chopin (1810-1849), con quien Freire se siente cómodo y afín, con dos obras titánicas: la “Balada Nº 4 op. 52” y la “Polonesa op. 53” (“Heroica”), hechas con empuje, sutileza, buen gusto y canto apasionado. Entremedio la “Berceuse op. 57”, pieza si se quiere menor, que en tantas manos casi siempre se presta a la cursilería y al rubato desmesurado y a la que el brasileño supo arrancar de ese terreno casi intrascendente para instalarla en una zona de encanto mágico. Habríamos preferido que el concierto se hubiera cerrado con la notable balada en lugar de la más conocida y transitada polonesa, pero hay que admitir esta pequeña concesión al gran público, utilizando como broche esta obra de impulso arrollador.
Era previsible que este sería un gran concierto, con bravos y aplausos aturdidores. Era previsible que hubiera un fuera de programa y también que el elegido fuera un preferido de Freire, que su querida y admirada Guiomar Novaes —otra gran pianista brasileña— hacía con frecuencia: la “Danza de los benditos espíritus” del “Orfeo y Eurídice” de Glück, en arreglo para piano de Giovanni Sgambati. Fue otro momento de levitación para el auditorio, en silencio religioso, flotando en un colchón de nubes, soltando algunas lágrimas hasta que de nuevo estallaron los bravos.
Freire ha venido muchas veces a Montevideo y siempre conmueve. Hay razones para esa conmoción: la sobriedad de su figura y de sus gestos, la calidez de su sonrisa, esa suerte de contradicción visual entre el sonido y la emoción que brota del piano y las dos manos que tan solo se mueven acariciándolo, ya en los momentos de bravura o de dulzura. Pero siempre acariciándolo. Y la versatilidad de un intérprete profundo que es capaz de transfigurarse y desaparecer detrás de cada autor, dándole a cada uno el sonido y el color que le son propios.