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    viernes 06 de febrero de 2026

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    Porque sí, y ta

    Si hay algo indesmentible respecto a nuestro presidente, es que se trata de un personaje muy discreto y austero.

    Su habla, el tono de su voz, que rara vez se euforiza o se alza indebidamente, su discreta e impecable vestimenta, su trato llano y respetuoso con quienquiera que sea, su propia vida de familia, calma y reservada, sus modales, sus moderados gustos de esparcimiento, como el camping y la pesca con amigos.

    Pero, hay que reconocerlo, hasta el más discreto y austero de los hombres tiene derecho a tener un capricho (o dos), que maticen tanta austeridad republicana y lo acerquen al común de la humanidad.

    Y así fue que el hombre mostró la hilacha con el avión presidencial, y arremetió contra la ley, el Tocaf, el Tribunal de Cuentas, y si se le hubiera cruzado la Suprema Corte de Justicia, era capaz de restituir la vigencia del Acto Institucional Nº. 8 del gobierno de facto, y pasarle por arriba a la Justicia, con tal de darse el gusto de tener el “Er Fors Uán”, igual que el pato Donald Trump.

    Primero fue la decisión de la compra directa, que de entrada nomás le objetó el TCR; después la licitación que la Fuerza Aérea le armó a la medida, que otra vez los impertinentes del TCR le volvieron a objetar, lo que lo obligó a buscar un dictamen favorable a la compra, que primero le pidió a una Secretaría de la Presidencia, pero que después decidió pedírselo a la Fiscalía de Gobierno (que es lo mismo, porque cualquiera de los dos dependen de él); al final, para darse el gusto, terminó haciendo renunciar al ministro del Tribunal de Cuentas frenteamplista que había votado en contra del gasto, para que ingresara su suplente, que le va a votar a favor, si fuera necesario.

    De nada sirvió que le recordaran desde todos los ángulos posibles que este no era el momento de comprarse un avión, cuando el tarifazo de la luz, el agua y la nafta tienen recalientes a todos los uruguayos. Él quería el jet, y lo tendrá.

    Tampoco funcionaron otros argumentos, como que se trata de una cachila voladora a la que le quedan solamente dos años de vuelo antes del overhaul (que es el lifting de los aviones), que costará el doble de lo que usted y yo pagaremos por el avión, ni que se puede conseguir otro avión igual por la mitad de precio.

    Al avión se le borrarán las dos letras que identifican a su actual propietario (MB, por Mercedes Benz), y en su lugar se le pintarán las dos letras FA (por Fuerza Aérea, malpensados) que identificarán a los que figurarán como choferes del engendro volador que nos pertenecerá a todos, pero que solo unos pocos usarán.

    En la bodega, además de los bolsos y las maletas, el avión llevará una camilla y un botiquín de primeros y segundos auxilios, que sustentarán el argumento presidencial de que se trata de un “avión ambulancia” para trasladar enfermos, por más que se le haya explicado a don Tabaré que este avión solamente puede aterrizar en Salto, Durazno, Punta del Este y Carrasco, mientras que en el mundo entero los enfermos de corta distancia son trasladados en helicópteros, que bajan en cualquier lado, especialmente en forma directa en los helipuertos de los mismos hospitales.

    Él tendrá su avión.

    Y ahora ha trascendido además que, resuelto este molesto problema, el hombre está dispuesto a darse otro caprichito.

    Por más que por ahí se dice que tiene (a medias con un amigo) un barquito muy marinero, las más de las veces que sale a pescar lo hace en las lanchas de la Prefectura Naval.

    Pero el representante de Audi en Uruguay, para no ser menos que el de Mercedes Benz, le ha enviado una carta al presidente ofreciéndole en venta un viejo crucero de origen italiano, un Azimut 105 de cuatro cabinas, cinco baños y escritorio, de 32 metros de eslora, fabricado en 2007 pero en excelente estado de conservación, para que el presidente lo use para viajes fluviales o incluso oceánicos a Brasil, Argentina o la Cuenca del Plata.

    El barco, que posee calzadores de cañas metálicos y fijos para la pesca de altura, se puede equipar también con un par de camillas y de tubos de oxígeno, con lo que podría asimismo servir como “barco hospital” si fuera necesario, para el traslado de enfermos no tan graves como los que va a transportar el avión, justificándose así su adquisición por motivos más que loables y humanitarios.

    El costo de este crucero, si fuera nuevo, sería de 10 millones de dólares, pero como ya tiene diez años de uso, los propietarios lo venden en cinco millones solamente, y con cualquier tarjeta de crédito se acepta el pago en diez cuotas, sin intereses.

    De prosperar este interesante proyecto, se adelanta desde ya que no se intentará la compra directa, para evitar habladurías sin fundamento, como en el caso del avión. Se sabe que los técnicos de la Armada, asesorados por sus colegas de la Fuerza Aérea, prepararán las bases de la licitación, en las que, como en el caso del avión, la única embarcación que calce en los requerimientos sea el Azimut 105 del 2007, lo cual desestimulará a cualquier otro que intente presentarse al llamado público.

    Asimismo, con la integración actual del Tribunal de Cuentas, desaparecido el incómodo ministro frenteamplista que votaba en contra de los gastos inexplicables, se asegura que no será preciso recurrir a otro organismo dependiente de la Presidencia para pedirle un informe complaciente que abra paso al futuro yate presidencial.

    En otra columna les contaré lo que piensa proponerle al presidente el representante de Rolls Royce en Uruguay.