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    Prodigio en el teclado

    Bruno Gelber con la Filarmónica de Montevideo

    El maestro francés Martín Lebel está realizando una muy buena labor pedagógica con la Filarmónica de Montevideo. Es notorio que hace trabajar duro a los músicos y que estos le responden con buena onda. Además, mecha en la programación obras complejas y poco transitadas, lo que es bueno no solo para la orquesta sino también para el público. A veces el resultado tiene sus falencias, como con la Séptima Sinfonía de Mahler; otras, sin embargo, el logro es destacable, como ocurrió con el Concierto para Orquesta de Bartok. Y como sucedió ahora con la Sinfonía Doméstica, de Ricardo Strauss (1864-1949), que sonó el martes 18 en el Teatro Solís.

    Previo al concierto, el propio Lebel ofreció una charla en la sala de conferencias, analizando la Sinfonía Doméstica e ilustrando al piano sus distintos temas. Strauss venía de componer varios poemas sinfónicos (Don Juan, Una vida de héroe, Don Quijote, Las travesuras de Till, Muerte y transfiguración). Cuando en 1903 escribe la Sinfonía Doméstica dividida en cuatro movimientos (allegro-scherzo-adagio-finale allegro fugato), algunos piensan que aborda con esta obra la estructura sinfónica clásica. En verdad, la Sinfonía Doméstica puede también ser considerada un poema sinfónico, ya que se trata de música descriptiva (en este caso de un día en la vida de la familia Strauss, padre, madre e hijo) y que se ejecuta en un solo movimiento, sin interrupción.

    Más allá de la naturaleza de la obra, que es una discusión bastante baladí, lo cierto es que —como lo destacó Lebel en su charla previa— esto es música pura y carece de interés si está describiendo al padre, a la madre o al hijo. Lo que hay que hacer es prestar atención, aguzar el oído y disfrutar. Ver cómo esas cuerdas pueden combinarse en agudos disonantes, de pronto agravarse, descansar, resolver la disonancia, dejar paso al canto de las maderas, volver a la elegancia vienesa de una melodía valseada que pasa por los chelos, las violas y los violines; crecer, unirse a la majestuosidad de los cornos y los trombones, sobresaltar al oyente con un ritmo frenético o un acorde de trompetas. Strauss en estado puro. No abundan los músicos con un sello tan distintivo en su escritura, en la combinación de sonidos, en el carácter de sus contrastes.

    Lebel entendió todo esto y supo transmitirlo a la orquesta y extraer de esta una respuesta transparente, compacta y expresiva en el canto de todos sus sectores. El público aplaudió de manera razonablemente entusiasta, si tenemos en cuenta que Strauss no es de los preferidos por nuestra gente. No importa, hay que insistir por esta senda. Bien por Lebel, y que haya más Strauss en el programa. Me permito sugerir la inclusión —entre otros— de la Suite del Caballero de la Rosa, una verdadera belleza, de fácil acceso al oyente y perfectamente ejecutable por la orquesta.

    Y vayamos al principio, porque Strauss fue el final. El inicio fue nada menos que con el argentino Bruno Gelber haciendo el Concierto Nº4 op.58 para piano y orquesta de Beethoven (1770-1827). Compuesto entre 1805 y 1806, esta pieza pertenece a una etapa prolífica del autor, quien en esos años dio a luz la Cuarta y la Quinta Sinfonía, el Triple concierto para violín, chelo, piano y orquesta, los Cuartetos Razumovsky, la Sonata Appassionata y la ópera Fidelio.

    Gelber no necesita presentación. Es uno de los grandes pianistas de todos los tiempos. Beethoven y Brahms en sus manos, en piano solo o con orquesta, son marcas difíciles de superar. Sigue ostentando un sonido carnoso, lleno, un volumen generoso, un fraseo de elegancia intransferible en la que la presión ejercida sobre cada nota en el teclado, los silencios, los rallentando, tienen un sentido y una lógica imbatibles con la estructura de la obra. Sus dos manos son parejas, pero la potencia de la izquierda fue asombrosa en la maravillosa cadencia del primer movimiento.

    Pero Gelber es aun más que todo eso: es una suerte de chamán por cuya mediación la música llega con todo su esplendor al corazón del oyente, algo que pocos consiguen. No por casualidad al final interrumpió con un gesto la ovación del teatro y pidió un recuerdo para “la querida Bellini” (como le decían de joven a Nybia Mariño), otra hechicera del piano recientemente fallecida, a quien él mucho apreciaba. Dios los cría...

    Con este gigante en la banqueta, capaz de extraerle ese sonido al piano, la orquesta y Lebel estuvieron siempre atentos y coordinaron con el solista a la perfección, aunque por momentos quedaron algo cortos en volumen. Gelber no es un solista al que haya que cuidar para no taparlo con la orquesta. Si hubiéramos tenido un potenciómetro a mano, le habríamos dado a la orquesta algunos decibeles más para equilibrarla con la majestuosidad del piano. Descuento menor para una labor acompañante prolija, flexible y sensible.

    Vida Cultural
    2014-11-20T00:00:00