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    Renta básica universal: el corto y el largo plazo

    Columnista de Búsqueda

    Nº 2201 - 24 al 30 de Noviembre de 2022

    A principios de noviembre viajé a la conferencia de la Asociación de Economía de Latinoamérica y el Caribe (LACEA), que se llevó a cabo en Lima. Una de las presentaciones centrales de la conferencia fue la de Raquel Fernández, una economista argentina, expresidenta de LACEA y profesora en la Universidad de Nueva York, que habló sobre una de sus últimas investigaciones: los efectos de largo plazo de la renta básica universal.

    Como describen Hoynes y Rothstein en una muy buena revisión sobre el tema, la renta básica universal se define como una transferencia del gobierno en dinero que debería cumplir con tres características: a) estar destinada a un porcentaje alto de la población, en lugar de focalizarse en subsectores específicos, b) no debería desaparecer en el tiempo o a lo sumo se reduciría muy lentamente, y c) en principio sería suficientemente generosa para que se pueda vivir de ella, sin otros ingresos adicionales. Por ejemplo, podría tratarse de una transferencia de 30.000 pesos uruguayos que el gobierno le otorgara a cada adulto residente en el país en forma permanente.

    La renta básica universal se ha planteado como solución a diversos problemas. En primer lugar, se la plantea como una posible vía de protección ante los desafíos que el proceso de automatización impone sobre el mercado de trabajo: el avance tecnológico amenaza con desplazar a un importante número de trabajadores, en especial a aquellos que se desempeñan en tareas rutinarias, y la renta básica universal surge como un mecanismo para proteger a los trabajadores desplazados, o a trabajadores en situaciones laborales precarias, para darles tiempo y recursos para capacitarse y para buscar nuevas formas de inserción en el mundo laboral.

    Además, la renta básica universal se ha planteado como forma de subsanar las ineficacias, ineficiencias y desigualdades de los mecanismos existentes de protección social. Por ejemplo, algunas transferencias monetarias, cuando están focalizadas únicamente en los individuos más pobres, pueden generar incentivos perversos al trabajo si los beneficios inmediatos de conseguir un trabajo no compensan el abandono del programa. En estos casos, los beneficiarios pueden entran en “trampas de pobreza” que los hagan depender del Estado por períodos prolongados. También se ha invocado a la renta básica universal como forma de cubrir los baches de los programas de protección social, que no logran focalizar adecuadamente y llegar a quienes realmente lo necesitan. Por último, la renta básica universal contribuye a evitar el estigma asociado con recibir transferencias del Estado.

    Una preocupación es si la renta básica universal podría generar un desincentivo a que la gente quiera trabajar. Aunque el esquema de renta básica universal no se ha implementado en forma pura en ningún país, sí sabemos algunas cosas por evaluaciones de programas que tienen algunos elementos en común. Por ejemplo, podemos aprender de la experiencia del fondo en Alaska, que distribuye a la población un porcentaje de los ingresos por ventas de petróleo; del programa de los nativos Cherokee en Estados Unidos, que reparte entre sus miembros un porcentaje de la recaudación proveniente de los casinos; o de otros programas de transferencias que varían en el monto transferido y en el monto de los impuestos a la renta del trabajo. Revisando evaluaciones de estos programas, Hoynes y Rothstein concluyen que los efectos de una renta básica universal sobre la oferta de trabajo serían de moderados a nulos en el corto plazo. Por otro lado, hay evidencia de que disponer de esos recursos a nivel familiar generaría mejoras en la salud y en la educación de los niños, repercutiendo en mejoras en el capital humano de las siguientes generaciones.

    Si bien en el corto plazo los efectos parecerían ser netamente positivos, no hay evidencia sobre las posibles consecuencias de mediano y largo plazo, ni sobre los efectos que tendría financiar este gasto. A esto se dedica la investigación que presentó Fernández en la conferencia de LACEA, en coautoría con Diego Daruich. Como no hay manera de evaluar los efectos de largo plazo con base en experimentos o programas concretos, lo que hacen estos investigadores es construir un modelo teórico en el que se solapan varias generaciones de individuos, que deciden cuánto educarse, cuánto trabajar, cuánto invertir en las habilidades y educación de sus hijos y cuánto ahorrar hasta la edad de retirarse. El modelo simula las consecuencias que tendría una renta básica universal sobre el comportamiento de los individuos por varias generaciones. En primer lugar, los autores calibran el modelo para que se ajuste bien a algunos hechos estilizados que se ven actualmente en Estados Unidos. Calibrar significa ajustar los parámetros del modelo de manera que las predicciones que surgen del mismo representen bien fenómenos que se observan en la actualidad. El modelo predice bien aspectos como la distribución del ingreso laboral en Estados Unidos, la distribución de la riqueza, la movilidad intergeneracional (la capacidad que tiene una persona que nace en un nivel socioeconómico a moverse a otro nivel socioeconómico), o la forma en que los individuos cambian su oferta de trabajo cuando les ingresa dinero por ganar una lotería. El modelo también predice bien cómo se distribuye en la población el desarrollo infantil y el gasto que hacen los padres en sus hijos.

    Una vez que corroboran que el modelo es bueno para predecir fenómenos que se observan hoy en día, los autores simulan la introducción de una renta básica universal de US$ 8.000 por año. En principio, esta renta podría mejorar el bienestar general al garantizar niveles de consumo mínimos y permitirles un nivel de consumo más parejo en el tiempo, en particular cuando la economía se enfrenta a crisis de empleo y cuando los individuos no pueden tomar prestado dinero libremente por restricciones en los mercados de capitales. La renta básica universal podría también ayudar a incrementar la formación universitaria, al reducir las necesidades de que los estudiantes se endeuden. Y podría tener beneficios intergeneracionales, al hacer más posible que los padres inviertan en las habilidades de sus hijos y les transfieran recursos cuando esos hijos crezcan.

    Pero para entender el impacto global de una renta básica universal, hay que mirar también cómo se financiaría. Un esquema de renta básica universal sería altamente costoso y requeriría aumentos sustantivos en el gasto público. Un análisis completo del mecanismo requiere contrastar los posibles beneficios mencionados anteriormente con los costos potencialmente distorsivos de los impuestos que debería recaudar el Estado para poder financiarla. Por ejemplo, si a uno le suben los impuestos al trabajo para financiar este mayor gasto, puede decidir trabajar menos. El análisis también debe tomar en cuenta otros efectos que tienen las reacciones de los individuos a esta política sobre los precios de la economía, efectos que se conocen como “de equilibrio general”.

    El análisis de Daruich y Fernández muestra que, aunque la renta básica universal reduce la desigualdad, tiene consecuencias netas negativas, tanto para los individuos que ya son adultos cuando la política se introduce, como para las siguientes generaciones. La oferta de trabajo se reduce inmediatamente luego de la introducción de la renta básica y la inversión de capital se reduce dramáticamente en el tiempo. Los impuestos más altos al trabajo reducen la inversión parental en los niños y las habilidades de estos niños. También reducen las transferencias que los padres les hacen a sus hijos y la educación (el porcentaje de individuos que termina completando la educación terciaria). El producto bruto interno en el largo plazo se reduce 20%, caída que se explica fundamentalmente por una menor inversión en capital, pero también por una menor oferta de trabajo y por una caída en la productividad de los trabajadores.

    ¿Cuál es el mecanismo por detrás de estos resultados? Es importante entender que no es la transferencia en sí la que desmotiva a las personas a trabajar, generando esa cadena de resultados negativos. Si hoy Uruguay encontrara pozos de petróleo y decidiera distribuir lo generado entre toda su población, una renta básica universal contribuiría a mejorar el bienestar tanto de las generaciones actuales como futuras. El problema está por el lado del financiamiento. Sin los pozos de petróleo, hay que financiar esa renta de alguna manera. Y los mayores impuestos que se requerirían para poder financiarla desincentivarían la oferta de trabajo, reducirían la acumulación de capital y disminuirían la inversión en los hijos y las transferencias que los padres hacen a sus hijos. Este efecto dinámico intergeneracional es crítico para explicar la caída en el bienestar en el largo plazo. Los autores concluyen sobre la importancia de considerar no solo los efectos de corto plazo cuando se analiza una política de renta básica universal, que serían positivos, sino sus efectos dinámicos y agregados sobre la acumulación de capital físico y humano, que en el modelo llevan a que el bienestar general disminuya en el largo plazo.

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