En el Teatro Solís el lunes 30 se realizó el tercer concierto de la Filarmónica de Montevideo, con dirección del maestro peruano-chileno David del Pino Klinge. Bajo su conducción, la orquesta propone un ciclo con las cuatro sinfonías de Brahms.
En el Teatro Solís el lunes 30 se realizó el tercer concierto de la Filarmónica de Montevideo, con dirección del maestro peruano-chileno David del Pino Klinge. Bajo su conducción, la orquesta propone un ciclo con las cuatro sinfonías de Brahms.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáSi el lunes anterior había sido el debut solista del joven violinista uruguayo Aldo Cicchini, que resultó toda una revelación (ver Búsqueda Nº1770), este lunes fue el turno para la veteranía musical de la pianista uruguaya Raquel Boldorini con el Concierto Nº3 op. 37 en do menor de Beethoven (1770-1827). Boldorini hizo un abordaje netamente clásico de una obra que por supuesto admite ese enfoque, aunque también es muy común escucharla con una aproximación a un lenguaje prerromántico. La pianista exhibió desde el comienzo un sonido que le es característico: redondo, lleno, con un estupendo legato, donde las frases y los acordes en fortísimo nunca suenan golpeados. Si bien el inicio está marcado Allegro con brio, el encare de la pianista —y de la orquesta— fue más bien sosegado, lo que quizás pudo haber mitigado el impacto que por lo general produce este movimiento y sobre todo el contraste con el Largo que sigue a continuación. En este, los compases iniciales a cargo del piano solo con la orquesta muda alcanzaron para mostrar la dimensión de la pianista que estaba al mando. Del Pino se unió luego a ella y ambos cantaron y frasearon como los dioses confiriéndole al movimiento un aura casi religiosa. El director se mostró en todo momento muy atento a la coordinación con la pianista y supo llevar a la orquesta en un desempeño sin fisuras a lo largo de toda la obra.
En el ciclo Brahms (1833-1897) fue el turno de la “Sinfonía Nº3 op.90 en Fa mayor”, estrenada en 1883. La Filarmónica sufrió una transformación con respecto a lo que escuchamos una semana atrás con la segunda sinfonía, y si entonces marcamos las falencias, nobleza obliga decir ahora que la respuesta de la orquesta fue unánime y pareja en excelencia, permitiendo que Del Pino redondeara un Brahms vigoroso y visceral, con sonido bien empastado, de arrolladora fuerza en el primer movimiento; cantado y rico en la dinámica y los pianísimos del Andante; con lucimiento de maderas y bronces en el Poco allegretto y con un final de enorme grandeza, al que contribuyó de manera decisiva la línea final de bronces.