Sangre, esfuerzo, zombies y sudor

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Nº 2143 - 7 al 13 de Octubre de 2021

entrevista de Pablo Staricco

La entrevista empieza con una pregunta tediosa pero muy pertinente para quienes trabajan en cine: “¿Cómo está el clima allá?”.

Desde José Ignacio, y a través de su teléfono, Pablo Stoll responde que, por el momento, está soleado. Es jueves y el director se encuentra en un hostel, a menos de una hora de comenzar la filmación de El tema del verano, su nueva película y la quinta que dirige desde que estrenó 25 Watts junto con Juan Pablo Rebella, hace 20 años.

En Montevideo llueve y la tormenta acompaña en la ruta al resto del equipo técnico que aún no ha llegado al balneario esteño, donde la producción de Nadador Cine se instalará por el resto de octubre. “Me acaban de mandar un videíto desde la ruta. Van lento porque está lloviendo mucho”, cuenta Stoll. “Prefiero que lleguen lento a que no lleguen”, agrega.

El tema del verano será una comedia con tintes criminales y de romances adolescentes. Tiene la particularidad y, por qué no, el encanto de ser también una película de zombies. Se trata de una coproducción que reúne a Uruguay, Chile y Argentina. Antes de darle el puntapié a su nueva aventura en cine, Stoll conversó con Búsqueda sobre los pormenores de un oficio, y arte, que lo vuelve a posicionarse detrás de cámaras.

—¿Cómo describís estar a horas de empezar a filmar tu nueva película?

—Siempre que empiezo un proyecto siento lo que sanamente se podría definir como cagazo. Es una responsabilidad grande que siento desde que empecé a hacer cosas. Implica encarar bien la película, seguir adelante y no achicarse con los problemas. Si pega en el palo, ir al rebote. En 25 Watts, que éramos todos amigos, esa responsabilidad no estaba tan en primer plano. Cuando hicimos Whisky, y ya habíamos alquilado una oficina, en el primer día de preproducción había 20 personas trabajando. Me fui a mi casa desarmado, con fiebre. Mi novia me dijo: “Eso es psicosomático”. Y lo era. Creo que ya estoy un poco acostumbrado. Una cosa que también aprendimos con Juan Pablo (Rebella, codirector de 25 Watts y Whisky) es: si no te vas con la toma que querés, entonces nada valió la pena. No podés irte a tu casa sin la toma en la lata, como se decía antes. Tu responsabilidad, si bien es hacia el equipo, también es a la película.

—¿Dirigir tiene algo deportivo, mezclando decisiones instintivas con otras más conscientes?

—Ser director implica no solo la parte narrativa y hablar con los actores y el equipo, sino también representar un cierto papel en el set que a veces cuesta mantenerlo. Vas tomando decisiones momento a momento y lo ideal es no pasarse, saber cuándo cortar y cuándo seguir. He trabajado mucho en dupla, entonces esos momentos espalda con espalda sirven para ver qué hacés. Es importante tener una trinchera de aliados. No porque sea una guerra, pero sí hay momentos de tensiones en los que está bueno que el equipo tenga claro cuál es el objetivo. Una amiga le llama “el conciliábulo del monitor” porque es la gente que suele estar detrás de él.

—La profesión del cineasta suele estar muy atada al crecimiento en lo acumulativo, el crecer por experiencia. ¿Vos tenés presente eso al momento de enfrentar tu quinta película?

—Cada vez siento que empiezo de vuelta. Es un poco lo lindo y desafiante, ¿no? Te da temor, ese chucho. Si bien dibujo los planos, hablo mucho y trato de tener interacción con todo el mundo, la realidad de la película te habla. Hablando con el fotógrafo, Manuel Rebella, llegamos a una conclusión: en el fútbol se dice que el gol es más importante a nivel táctico. En un rodaje, lo más importante a nivel táctico puede que sea una columna inesperada. No la calculaste en tu mente pero de repente la locación tiene columnas. O lo abrazás y sumás a tu narrativa o vas a perder el 100% de las veces. Hay una parte vivencial del rodaje que está bueno. Es muy estresante, y si me preguntás esto dentro de 50 días, te voy a decir que odio los rodajes. Ahora que estoy a punto de hacerlo, necesito que empiece ya y poder filmar y decidir haciendo la película.

Los protagonistas de la película. Foto: @peterdonki

—Pasaron 10 años desde que empezaste con el proyecto. ¿Qué camino hizo El tema del verano hasta en lo que se transformó hoy?

—La película nació en Chile, con la productora Florencia Larrea, que me preguntó si no tenía una película de zombies para hacer y yo le dije: “Tengo un guion de zombies”. De los 10 años que transcurrieron, cuatro se fueron esperando una coproducción con Brasil que nunca llegó. Unos brasileños me pidieron trasladarla a Brasil y que fuera en portugués. En un momento hasta iba a actuar una novia de Neymar. Empezaron a pasar cosas que alejaban cada vez más la película de la realidad y cortamos con ellos. Habían pasado los cuatro años y dijimos: volvamos a tener la película en nuestras manos.

—¿Y ahora? ¿Qué tan enamorado te sentís de la película?

—Nunca me desamoré de la historia. Las escrituras y reescrituras fueron para reenamorarme de la película. La última suspensión sí fue bastante traumática. Fue el año pasado, a fines de 2020, cuando veníamos bien con la pandemia y se fue todo al carajo. Me costó bastante. Levantó la moral el hecho de tener a los actores y que los personajes empezaran a existir. También pasó que el guion, que escribimos con el Garza (Adrián Biniez), le gustó a la gente. Y en general el equipo técnico es muy duro con los guiones.

—¿Te diste una panzada del cine de George A. Romero en todos esos años? Tus zombies van a ser de los lentos, ¿no?

—Son lentos, son lentos. Y he visto todo lo de zombies. Las de Romero puntualmente. Y volví a ver las de Dan O’Bannon, incluso algunas que se me habían escapado. Cuando empezás a trabajar se te cruzan referencias entre unas y otras. Hay un equipo muy cinéfilo con amantes del cine en general. Se puede hablar desde Béla Tarr hasta Romero. Sí he tenido que explicar algunas reglas básicas de los zombies: si le cortás la cabeza al zombie se muere, no sangran, suelen morderte, etc.

—Volvamos al rodaje. ¿Cómo te preparás para una película de esta naturaleza?

—Siempre supimos que nos metimos en esto. Una película de zombies es compleja y la vamos a filmar en poco tiempo. Veo cómo usar a nuestro favor las limitaciones y pensarla de una manera inteligente para que funcione. Cuándo vamos a los efectos visuales, a los efectos prácticos y cuándo usamos el fuera de cuadro como en los años 30 o cuándo usamos el gore. La película tiene muchas partes con personas hablando, entonces eso también tiene que ser filmado de una manera interesante. No es una película con zombies todo el tiempo. Van apareciendo de a poco, como en todas las películas de zombies.

—¿Y cuáles son los desafíos logísticos específicos que implica el género?

—Hay que tener un montón de cuidado en la planificación respecto a los tiempos de maquillaje, que no son los mismos que en otras películas, así como el reinicio de cada escena con sangre es más largo. Hay que limpiar, cambiar ropa, etc. Todo lleva más tiempo y esos tiempos hay que cuidarlos mucho.

—¿Cuántos días de rodaje están planificados y con quién vas a contar delante de cámaras?

—Ahora filmamos hasta el 29 de octubre. También unos días en Montevideo. En la película hay una inversión del paradigma del muchachito que tiene interés romántico en la chica. Esto es al revés: hay una protagonista, Azul Fernández, y un coprotagonista, que es Leandro Hache Souza, que es el interés romántico. Ella tiene dos sidekicks: Malena Villa y Débora Nishimoto, la hermana y la amiga que arman el lío criminal de la película. También está Romina Di Bartolomeo, que arma como una especie de triángulo con Gonzalo Delgado, y después también está Daniel Hendler con un papel chiquito pero bastante importante.

Otra imagen del rodaje. Foto @deboranishimoto

—¿Te ponés un objetivo de lograr una cantidad de tomas por escenas? Hoy están muy idealizados los extremos: Clint Eastwood haciendo una o dos tomas y David Fincher haciendo 90.

—Eso siempre dependió del bolsillo de cada uno. Aki Kaurismäki hacía una toma y no hacía más. Depende un poco del tipo de película que estás haciendo. Hay películas con las que me he ido con una sola toma. Este es mi primer largometraje en digital, que también es interesante. Mi último largometraje, 3, se filmó en 35 milímetros y creo que fue la última de ese formato que se filmó acá. El digital es infinito, pero tenés que comprar los discos duros y todo el flujo del material es una cosa que sale plata. Está bueno tener cierta disciplina y cuidar eso y no hacer miles de tomas, sino tener una aproximación más armónica en el sentido del rodaje.

—¿Tenés algún ritual como director?

—Generalmente me corto un poco el pelo antes de filmar. No tanto por cábala, sino porque me molesta. No soy de la arenga, soy medio callado. El que arenga es el productor, Pedro Barcia, que es un gran arengador. Sí hay una costumbre que trajo Analía Polio, una asistente de cámara que vino para trabajar en Whisky y que ahora es fotógrafa. En el día que se filmaba la toma “1 1 1”, la toma 1 del plano 1 de la escena 1, el director invita copas. Eso trato de hacerlo. Lo que seguro nunca va a caer en el primer día de rodaje. Nunca vas a empezar por eso pero en algún momento pasa. Este rodaje me toca de cumpleaños. Creo que nunca me había pasado.

—Entonces, ¿ya tenés claro lo que se te viene por delante?

—Hay una cosa que me gusta: empezar por lo más difícil. De a poco empiezan a jugar el cansancio y la ansiedad. Mi físico ya no es el mismo a cuando teníamos 25 e hicimos 25 Watts y filmábamos sin dormir. Eso ya no se puede. Trato de arrancar con lo más exigente e ir yendo, si se puede y nos acompaña el plan, a lo menos menos complejo. En este caso, los días finales son complejos. Las locaciones son casi todas acá en José Ignacio, a tiro de piedra, pero no hay un día tranquilo. Ves el plan de rodaje y es una pesadilla, pero ningún plan de rodaje que haya visto en mi vida no es una pesadilla.

Vida Cultural
2021-10-06T23:53:00