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    Se desató la fiebre

    “Brasil 50”, de Toni Padilla

    Sí, otro libro más de fútbol, pero este es exclusivamente sobre el Mundial de Brasil de 1950, ese que terminó un 16 de julio de aquel año y todos sabemos cómo. Un mundial que hoy jueves 12 ya se vive intensamente en el mismo suelo (y en los televisores del mundo entero), con algunos equipos que también participaron en aquel glorioso campeonato (para los uruguayos, claro) y cuya final será en el mismo estadio: el imponente y maldito Maracaná. El periodista catalán Toni Padilla (Sabadell, 1977), simpatizante de la selección celeste desde Sudáfrica 2010 y el penal del Loco Abreu, esboza en Brasil 50 (Contra, 2014, 347 páginas) cuarenta retratos de jugadores, técnicos, relatores y diversas personalidades que fueron protagonistas en aquel espantoso año (para los brasileños, claro). Dicho sea de paso, las obras del 50 tampoco fueron terminadas en tiempo y forma: en un partido clave contra Brasil, el capitán yugoslavo Rajko Mitic no pudo jugar los 90 minutos completos porque se había rajado la cabeza con un fierro en los vestuarios de Maracaná, un fierro de gente en obra, un fierro de los que no deberían estar allí. Recién salió a la cancha cuando le detuvieron la hemorragia y ya Brasil iba en ventaja. En 1950 la FIFA todavía no permitía los cambios.

    Pero vamos a concentrarnos únicamente en los equipos que estuvieron en Brasil 50 y que hoy vuelven a participar de Brasil 2014, dejando de lado poderosas escuadras como Alemania, Argentina y Holanda.

    Largamos con Suiza, un equipo que por lo general no llega demasiado lejos pero molesta. En Sudáfrica 2010, por ejemplo, fue el único que le ganó a la campeona del mundo España, dejándola sin invicto: 1 a 0. En el 50 Suiza tenía a un jugador, Jacques Fatton, que le amargó la vida (no tanto como Ghiggia, claro) a la selección anfitriona con dos goles. El partido terminó 2 a 2 y se jugó en el estadio Pacaembú, en San Pablo. A la salida, mientras Fatton firmaba autógrafos a unos pocos brasileños que disfrutaban el fútbol estéticamente, el resto (la inmensa mayoría) se dedicaba a arrojarle piedras al auto del técnico Flávio Costa. Hay quien dice que el D.T. carioca salió del estadio disfrazado de mujer. En Río, un puñado de hinchas violentos (“los mismos de siempre”, como dicen los comentaristas deportivos) quisieron tomar por asalto la embajada sueca, no percatándose de que en realidad el objetivo era la suiza. Un lamentable inconveniente ortográfico.

    México apenas hizo poco en el 50 y esperemos que en esta edición pase lo mismo. Al parecer, el preparador físico de los aztecas trataba más casos de resaca que de lesiones. Las playas, las caipiriñas, todo eso. El dato de color lo aporta el delantero Horacio Casarín. Defendía al Necaxa, y dicen que en un partido contra el Asturias a fines de los 30, en el cual el juez pitó algo inconveniente, los hinchas de Casarín comenzaron a quemar diarios y, como el estadio era de madera, también lo prendieron fuego. Mucho más adelante se originó —se lo debemos a los mexicanos— el famoso cántico de desaprobación Se quema todo, la putá que lo parió. Los mismos de siempre de Brasil también estaban en México.

    Italia, la única selección en ganar dos mundiales seguidos (34 y 38) junto a Brasil (58 y 62), llegaba golpeada por el accidente aéreo que terminó con la vida de varios jugadores del Torino, base esencial de la azzurra. Como consecuencia de la tragedia, los jugadores arribaron a Brasil en barco luego de una travesía de varios días. “Un asco de viaje”, recuerda Amedeo Amadei, goleador de Roma, Inter y Nápoles. Al parecer, además de las dificultades de equilibrio que se dan en ese tipo de situaciones, los entrenamientos en la cubierta no fueron muy satisfactorios: cada dos por tres la pelota se caía al agua.

    Chile traía en sus filas a un tal Jorge Robledo, hijo de un chileno y una inglesa. Robledo, o George para sus amigos, se había criado en las Islas Británicas y no hablaba un pomo de español. Era un endiablado delantero. En el partido contra Inglaterra, que Chile perdió 2 a 0, estuvo apático, distante, silencioso. Hay quien sospecha que arrugó ante sus amigos ingleses. Pero contra Estados Unidos, que fue una batalla de hacha y tiza, el tipo no paró de meter e insultarse con los rivales, mientras sus compañeros no entendían ni pío. La Roja ganó 5 a 2, Robledo la rompió e hizo un gol. Chile quedó penúltima en su grupo, pero a la salida del mundial George brilló en el Newcastle y ganó la liga inglesa del 51 y 52. Uno de sus goles fue la imagen del año, según Toni Padilla, al punto de que un ignoto niño de Liverpool llamado John Lennon la dibujó en su cuaderno escolar y más tarde la usó para la tapa de su disco “Walls and Bridges” (Apple, 1974).

    Y ya que hablamos de Estados Unidos, precisamente en el Mundial del 50, con un equipo amateur le ganó a la poderosa Inglaterra por 1 a 0 en Belo Horizonte. En aquel entonces —y aún hoy— el soccer no era un deporte importante para los estadounidenses. Primero estaban el béisbol y el fútbol americano, y sus estrellas fueron protegidas celosamente del frente de batalla durante la II Guerra Mundial. No así los jugadores de soccer, que fueron a las trincheras como cualquier hijo de vecino. Entre ellos Charlie Colombo, un defensa que no le temía a las balas y menos a los delanteros habilidosos. Un duro de verdad, de los que te rompen el bar con toda la gente adentro. Por donde alguien pasaba, Colombo lo talaba. Él solito bancó el temporal de los ingleses cuando procuraban infructuosamente el empate.

    Ah, la poderosa selección inglesa y su altanería. Los defensores de Su Majestad pisaron tierras calientes como favoritos, al menos eso era lo que creían los delegados y algunos jugadores. El D.T. era Sir Walter Winterbottom, pero en ese entonces no elegía a los futbolistas. Quienes formaban el equipo eran los delegados del fútbol inglés, y pensaron que iban a pasar la primera fase sin despeinarse. En la preparación habían goleado a Portugal 10 a 0 y a Italia 4 a 0. Y el primer partido del mundial le ganaron a Chile 2 a 0. Para el segundo, contra los ignorantes yanquis, dejaron en las gradas como espectador a su mejor player: Stanley Matthews. Contra todo pronóstico, marcharon 1 a 0. Y para el siguiente encuentro contra España, definitorio, pusieron a Matthews pero fue muy tarde: también fueron derrotados por un gol a cero. Para colmo de males, los jugadores asistieron al partido inaugural entre Brasil y México con un Maracaná repleto. El ensordecedor bullicio, la pasión y las burlas del público hacia el rival y los estruendosos petardos provocaron psicosis de guerra en algunos ingleses que habían combatido en la guerra. Como se dice en la jerga futbolera sin más vueltas, se cagaron.

    Por su parte, España hizo un buen papel pero no le alcanzó. Contaban con el gran arquero Antonio Ramallets del Barcelona y el temible centrodelantero Telmo Zarra del Athletic Club vasco, quien le había convertido el gol a los ingleses con un toque suave, maestro. Pero en el cuadrangular final empataron con Uruguay 2 a 2, perdieron con Suecia 3 a 1 y fueron goleados por Brasil 6 a 1.

    Claro que sí, Brasil era el favorito, por local, por calidad de juego, por las playas y las mulatas, por el samba y la bossa nova, por imperativo divino. Había resto en la escuadra favorita: el goleador Ademir y el iluminado Zizinho, según Pelé el mejor jugador brasileño de todos los tiempos. “Me cansé de firmar miles de postales que decían Brasil campeón del mundo”, dijo Zizinho mucho tiempo después de un desastre del que nunca se recuperó, ni él ni un incalculable número de compatriotas. Murió en 2002 y, según Padilla, todavía soñaba con Ghiggia corriendo por la banda derecha. A veces, ni cinco títulos mundiales valen tanto como uno perdido en casa que era imposible de perder. Semejante desgracia la deberán arreglar Neymar y compañía.

    ¿Qué tuvo Uruguay para generar aquel Maracanazo? Un poco de suerte y en especial un buen equipo con guerreros como Obdulio Varela, el gran líder espartano, y Schubert Gambetta (dicen que el “Mono” se durmió una siestita en el vestuario), así como los talentosos Schiaffino, Julio Pérez —para muchos el mejor jugador de la final— y Míguez. Bueno, y la angelical presencia de Alcides Edgardo Ghiggia, una figura inmortal, un mecanismo imposible de detener que siempre hace lo mismo en el minuto 79: amaga a Bigode, se le escapa, corre hacia el arco, parece que va a lanzar un centro pero dispara rastrero hacia el palo izquierdo de Barbosa y convierte.

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