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Sale a escena vestida con una blusa blanca con encaje, una frondosa pollera negra, una boina con apliques blancos, borceguíes negros, anteojos quevedos, de esos sin patillas, con cristales redondos que se prenden en la nariz y atados a un cordón, y un revólver en la cintura, con la canana llena de balas. Empieza a contar su historia en primera persona y en tiempo pasado, como una narradora externa que narra su propia vida después de muerta.
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Durante los siguientes 80 minutos, Angie Oña se subirá al estrado que preside el escenario del hermoso Teatro Victoria y se calzará la guitarra eléctrica para gritar a voz en cuello un montón de canciones que narran hechos biográficos y anécdotas con un tono acertadamente roquero. Es que el personaje que nos ocupa fue una verdadera roquera de las ideas, 70 años antes de que ese género revolucionara la cultura popular de medio planeta, a mediados del siglo XX.
Durante los siguientes 80 minutos la actriz cuenta la historia de Emma Goldman, un personaje fascinante que tiene todo lo que debe tener para que una dramaturga como ella acelere de cero a cien en cinco segundos, y decida dedicarle una obra de teatro. Durante los siguientes 80 minutos, como en Ser humana, Angie Oña, nuevamente con la dirección de Freddy González, iguala la intensidad escénica que logró al interpretar a Sabina Spielrein, esa otra mujer que revolucionó un mundo eminentemente masculino, como es el de la psiquiatría y la psicología.
Hay mucho de Ser humana en esta Onírika (jueves y viernes a las 21 h, entradas a $ 500 por WhatsApp, al 091 364 072). No solo en la naturaleza del personaje, rebelde y obstinado, que se las ingenia para quedar en la historia pese a que ese no era el tiempo para que una mujer se destacara en una actividad ajena al hogar, sino en la estrategia elegida para llevarlo a escena.
La clave del espectáculo es la llamada narraturgia, esa mezcla de cuento y obra dramática que muy bien definió el catalán José Sanchis Sinisterra, formato ideal para los unipersonales, que Oña viene perfeccionando en estas muestras de teatro documental, que retrata a personajes históricos, en modo similar al de obras en cartel como Madame Curie (ver recuadro) y otras recientes como Simone, mujer partida (de María Dodera sobre Simone de Beauvoir, interpretada por Gabriela Iribarren) o La bailarina de Maguncia (de Sandra Massera sobre la activista y escritora italiana Luce Mangione, actuada por Noelia Campo).
Goldman, considerada una de las precursoras del anarquismo, nació en Lituania en 1869 en una familia judía, bajo la égida zarista. A los 16 años emigró a Estados Unidos, escapando de un matrimonio que su padre le quería imponer. Poco después de su llegada a Nueva York tuvieron lugar en Chicago las ejecuciones de los anarquistas que entraron en la historia, y que determinaron el rumbo y el pulso de su existencia. Tanto que por su espíritu agitador fue llamada “la mujer más peligrosa de América”. Sus conferencias y discursos de barricada, allí donde hubiera un conflicto obrero, la llevaron a ser apresada varias veces. Estos hechos le dan una potente energía al relato tejido por Oña. Entrado el siglo XX se alistó en varios procesos revolucionarios, como el de Rusia, de donde huyó despavorida poco tiempo después de octubre de 1917, pues estaba en las antípodas del talante autoritario de Lenin, Stalin, Trotsky y compañía, y recaló en Barcelona, donde se abrazó a la república española y combatió en la Guerra Civil. Luego regresó a Norteamérica y murió en Canadá en 1940.
Su activismo no se limitó al sistema de gobierno ideal para la sociedad, sino también a cuestiones que recién se debatirían muy avanzado el siglo XX, como la libertad sexual, el uso de preservativos, la igualdad total entre hombres y mujeres y la divulgación de otras ideas feministas. Onírika relata con gran dinamismo y todo el poder histriónico de su protagonista una historia que, lejos del panegírico, también se interna en pasajes de la vida íntima de Goldman que revelan, como corresponde, las contradicciones que todo personaje debe tener para ser verdaderamente interesante, dar vida a un espectáculo teatral y volverlo fascinante.