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    Su sonrisa dibujada

    “Paso a paso, la ansiedad lo malhería”, dice la letra de Colombina. Y es sabido que entre las virtudes que hacen de Jaime Roos un artista insular, está la de volcar innumerables líneas de sus canciones a la cultura popular, como “Nadie me dijo nada”, “Los ensayos se complican”, “Cuando juega Uruguay corren tres millones” o “Entonces claro”. Bueno, pues apenas pasaron las 21 del viernes 17, la ansiedad acumulada durante casi siete años comenzó a desbordar la Olímpica. Empezaron los típicos aplausos impacientes, los gritos de “¡Dale Jaimeeeee!”. Algunos se mostraban extrañados por la rareza de que la típica música que suena bajito en la previa al recital fuera del propio Jaime. No les gustaba que sonara Jaime antes de Jaime. Es Jaime, no se mueve un pelo en escena sin que él lo haya previsto. En la platea, entre las selfies y los hashtags que volvieron al concierto tendencia en redes, resonaban los comentarios: “¿Y? ¿Cuándo arranca?”; “Vas a ver, ahora cuando la gente grite y aplauda como loca, es porque están llegando al escenario”. Dicho y hecho. Un cuarto de hora después de la hora señalada, Jaime y su plantel de 21 instrumentistas asomaron por el túnel dominando la emoción y se dirigieron a ese lugar iluminado que los esperaba desde hacía mucho tiempo.

    Es un momento de magia y misterio. Atrás quedan los seis años y medio sin tocar, la frustración por las seis reprogramaciones y el sinsabor de la ausencia de Hugo Fattoruso. Muy atrás quedan las dudas. Vuelve el tiempo de las certezas. La Olímpica se viene abajo entre aplausos y alaridos. “Olé olé olé oléeeeee, Jaimeeeee, Jaimeeee”. Un audiovisual con la locución del propio Jaime y la música de su canción Bienvenido (ideal para comenzar lo que sea) presenta a cada músico. Cada uno ocupa sus puestos. Todos de saco y camisa oscuros. Aparece el hombre. La Olímpica se viene abajo. Saluda mano en alto y sonríe, tal como durante los siguientes 130 minutos. La sonrisa dibujada. Por fin. Llegamos. Después de tantos contratiempos, llegamos. Llegó él a pararse frente al micrófono y frente a las 18.000 personas que compraron sus entradas durante los últimos dos años. Y llegamos nosotros, “los de Mediosiglo”, como nos bautizará en su emotivo tributo a los que allí estuvimos.

    Al final, tantas suspensiones, postergaciones y cambios de escenario le hicieron bien a Mediosiglo. Alimentaron una impensada expectativa que, valga la redundancia, superó todas las expectativas. Porque seis fechas concentradas en una sola contribuyeron a acrecentar la dimensión histórica que tuvo esta noche. Como Opa en el Plaza, concierto del que se sigue hablando 40 años después. Como Zitarrosa y Los Olimareños en 1984, también en el Estadio. Como Montevideo Rock en el Prado, como Sting y Eric Clapton allí mismo, en 1990.

    El show de Jaime comenzó mucho antes de que Gustavo Montemurro lo inaugurara con su base de sintetizador que dio pie para que el Zurdo Bessio cantara es el amoooooooooooor. Comenzó meses antes, cuando fue publicando fotos esporádicas de los ensayos, comenzó varias semanas antes, cuando hizo una ronda de entrevistas en prensa que eran compartidas en grupos de WhatsApp para ir entrando en clima. Comenzó cuando los pocos invitados a los ensayos generales en Don Bosco deslizaron algunos comentarios tales como el tuit de Diego Zas: “Vengo del futuro para decirles que Jaime está flama, la banda es un caño y el Centenario va a vivir una de sus noches más emocionantes desde 1930”. La manija previa alcanzó rasgos solo comparables a un partido definitorio de la selección o a los recientes conciertos de McCartney, los Stones y Roger Waters.

    “Parece que exagero” y “¿Quién iba a decir?”. Jaime usó estas expresiones para presentar algunas de las canciones que cantó, como Aquello, cuya versión original fue grabada por José Carbajal y que ahora, 40 años más tarde, dedicó a su viuda holandesa, Anke Van Haastretch, presente en el Estadio. Pero esas frases, como tantas otras de Jaime, se resignifican y bien pueden reflejar todo lo que se vivió antes, durante y después del concierto. Porque no es frecuente que tres o cuatro días más tarde, entrada ya la semana, el tráfico de imágenes, videos, comentarios en redes y reseñas periodísticas mantenga la misma intensidad que durante el fin de semana.

    La puesta en escena fue sobria y utilitaria. Ante todo, estuvo el sonido. La calidad de la mezcla de audio que recibió el público fue superlativa. La Orquesta Mediosiglo, como él bautizó a su ensamble, el más numeroso de su carrera, demostró haber llegado al Centenario en su mejor forma, no solo con mucho ensayo sino bien ensayada, que no es lo mismo. Porque, como él dijo, es importante no pasarse de rosca con los ensayos. Los dos recitales de prueba que ofreció sirvieron para ajustar el motor. Tiempo de certezas: Roos está en su mejor forma interpretativa. En estos seis años de silencio escénico ha sabido depurar algunos recursos vocales para lograr una entonación más limpia y afinada incluso que en la época previa al parate. Su timbre vocal ha ganado en expresividad, tal como demostró en Retirada, una canción electrizante que llevaba más de 25 años sin cantar porque desde la época de Concierto aniversario (1997) su melodía sonaba en la guitarra de Nicolás Ibarburu. Sentado en una tarima, internado en lo profundo del escenario, en penumbras, con su guitarra apoyada en su pierna, como en la intimidad de un fogón, Jaime silenció a la Olímpica y la mantuvo en vilo desde que pronunció: Recordaron sus labios / la diferencia del gusto del café. Allí volvería varias veces más para deleitar a los presentes con gemas como Golondrinas, Piropo, Good-Bye (El tazón de té) —de lo más beatle de su repertorio—, la melancolía hecha canción en Lluvia con sol, o la estremecedora Milonga de Gauna, inspirada en las páginas de Bioy Casares y la única canción de Jaime ambientada en Buenos Aires (sí, porque las canciones de Jaime, como las novelas y las películas, están ambientadas en ciudades, ya sea en Montevideo, en Ámsterdam o en París).

    Volvamos al sonido. La banda sonó como nunca y como siempre. La sección rítmica fue descollante: esa reencarnación de Osvaldo Fattoruso llamada Martín Ibarburu, dueño de todos los secretos del candombe en batería; la cuerda de tambores, destilado de una comparsa entera en tres lonjas; la batería de murga (La Tríada), sacándose chispas cada vez que fue convocada a escena. Todos yendo al pie de Gerardo Alonso y su bajo, cimiento de todas las armonías. Y al otro lado, los solistas, los virtuosos, los que juegan de memoria: Gustavo Montemurro con mil ideas en mil teclas, demostrando que es todo un maestro, y más que airoso en la ingrata tarea de hacer olvidar a Fattoruso; y Nico Ibarburu, que para Jaime sigue siendo el “Pibe guitarra”: en todo este tiempo se ha convertido en EL violero uruguayo, con una asombrosa versatilidad para saltar con solvencia por todos los lenguajes. Los debutantes Poly Rodríguez (guitarra, gran incorporación para las milongas y candombes como Aquello), Juan Ibarra (percusión) y Pablo Somma (flauta) fueron una muestra más del olfato de Roos como seleccionador de talentos instrumentales. El aporte de la flauta traversa en momentos clave como la introducción de Colombina fue sencillamente conmovedor. El descomunal despliegue solista del Zurdo Bessio, que se apropia de armas de destrucción masiva como Brindis por Pierrot y las vuelve suyas. Y para el final, el coro. Mamita. Todos despeinados. Cuando aparece en Amor profundo, Tal vez Cheché, Los futuros murguistas y tantas otras, arremete con todo y agarrate de donde puedas porque te lleva puesto. Jaime Roos saca lo mejor de cada uno de sus músicos y logra que hasta quienes odian la sonoridad murguera caigan rendidos a los pies del coro cuando suena Adiós juventud, El grito del canilla y Cuando juega Uruguay.

    Mediosiglo es darle play a la banda sonora de nuestras vidas y es una piña detrás de otra. Arranca con su santísima trinidad: una tríada demoledora de murga-rock-candombe como Amor profundo-El hombre de la calle-Tal vez Cheché. Cuando te estás reponiendo de Las luces del Estadio te tumba Los Olímpicos. Después de Cometa de la farola te ablanda el corazón con Amándote y Si me voy antes que vos y te hace bailar con Nadie me dijo nada, te hace lagrimear con Colombina y al final te resume toda su obra en ese aleph de la música montevideana llamado Durazno y Convención, con los 22 en escena. Valió la pena tanta espera. El 17 de diciembre de 2021 ya está en la historia de la música uruguaya.

    Vida Cultural
    2021-12-23T01:15:00