Cada octubre me despido de mi quematutti con un uso poco romántico. En lugar de mirar embelesada el último fuego, quemo mis facturas del año y, con ellas, un buen porcentaje de mis ingresos de asalariada.
Cada octubre me despido de mi quematutti con un uso poco romántico. En lugar de mirar embelesada el último fuego, quemo mis facturas del año y, con ellas, un buen porcentaje de mis ingresos de asalariada.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLos recibos tienen un inexorable IVA: así que cada vez que enciendo una bombita, una quinta parte es una lucecita para el Estado. Cada pocas llamadas por teléfono, hay una que le realizo al fantasmal Estado. Cada vaso de agua que bebo de la OSE, aunque tenga gusto a algas, brindo con el Estado. Cada bolsa de basura al sucio contenedor es una donación para el Estado. Ni menciono el IVA de los alimentos: ¡tanta ilusión tenía en que lo bajaran a la totalidad de los uruguayos!
Y luego está la cuestión de los costos fijos. Por más que ponga toda mi voluntad en apagar el calefón luego de ducharme, en no dejar la computadora encendida, en vigilar las lámparas cual dueña de pensión de Balzac… no logro liberarme de la terrible factura mensual de UTE. ¡Siempre hay dinero contante y sonante de cargo fijo! ¡Siempre hay IVA! ¡Y aumentos! Hasta mi cabañita rochense, vacía, con arañitas y ranitas coladas en la oscuridad durante el año, paga mes a mes, su UTE.
¡Y el gas! El gas por cañería me era imprescindible cuando mi niña era un bebé y no podía permitirme el lujo de quedarme con la garrafa vacía al igual que las mamaderas. Ahora solo uso gas ciudad para la bolsa de agua caliente, té, café, huevos duros… ¡solo consumo 60 pesos de gas mensuales!!! El resto de la factura es el costo fijo y el IVA. ¡Siete veces más!
Pero pagar impuestos no es lo que me subleva, para nada. Los impuestos proporcionales a los ingresos siempre me han parecido la forma de justicia social más atinada. Una revolución con sangre suele quitarle tesoros a seres siniestros y corruptos, pero como George Orwell pintó con tanta gracia en “Rebelión en la granja”, los inútiles y corruptos vuelven a aparecer, como por generación espontánea.
En mis sueños pensaba que ese dinero iría a una serie de urgentes imperativos que aún se cuentan con la mano. 1) Erradicar los cantegriles donde miles de uruguayos —¡niños!— viven entre el barro y las aguas servidas. 2) Erradicar los carritos de basura, de tal modo que los chicos de 15 años que recorren mi barrio a toda hora estuviesen aprendiendo qué es una célula en el liceo, en lugar de investigando un contenedor. 3) Construir un conglomerado de liceos y escuelas públicas dignas, pintadas, organizadas, con gimnasio, comedor y horario extendido para que los chicos puedan hacer deporte, estudiar arte o robótica y pasear con los docentes por museos. 4) Cárceles-granjas, para que ningún preso fuera un peso en la conciencia sino una persona en rehabilitación. 5) Un campo verde lleno de frutos, además de vacas, un mundo vegetal oloroso que alimentaría sanamente a los poquísimos tres millones de uruguayos.
Pero mis sueños hoy son humo. Por la quematutti, mis facturas quemadas con mis impuestos pagados fluyen hacia el cielo para desintegrarse en la nada.