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    Terciopelo rojo

    Twin Peaks, de David Lynch

    Ha vuelto. En la medianoche eterna de la televisión a demanda. Veintisiete años después de su estreno original, Twin Peaks volvió a la pantalla a través de Netflix. Cada lunes, el servicio de streaming libera dos capítulos de casi una hora de duración. Aunque en realidad Twin Peaks no se había ido del todo.

    El influjo de la serie creada por David Lynch y Jack Frost se ramificó en otros espacios. En la actividad paranormal de Los Archivos X, con Mulder y Scully persiguiendo la verdad que está allá afuera. En los enigmas que llevan a más enigmas y en el animado humo negro de Lost. En la perturbadora realidad que se asoma detrás de la vida de la adolescente Rosie Larsen en The Killing (a su vez, basada en Forbrydelsen, una serie danesa). En los mundos paralelos y los saltos temporales y las excentricidades de Fringe. En el horror cósmico y la atmósfera opresiva de True Detective. En las misteriosas desapariciones y los poderes existentes de Happy Town. En el ambiente enrarecido de Wayward Pines, serie con nombre de pueblo y pueblo en donde sus habitantes no viven allí, sino que están atrapados allí.

    Fue una de las más influyentes de la década de 1990. Un fenómeno de proyección internacional que en muy poco tiempo conoció primero el estruendo del éxito y luego el fracaso más contundente. La primera temporada, de ocho episodios, fue una bomba que implotó en abril de 1990. La segunda, iniciada en setiembre de ese año y finalizada en junio de 1991, parasitaba y estiraba elementos de la primera a lo largo de 22 episodios. Twin Peaks: El fuego camina conmigo, filme inspirado en la serie, fue un fracaso tanto de crítica como de público. Para entonces ya se había instalado una mística, un estilo, un lenguaje. El universo se expandió más allá de la pantalla. Además de que salieron a la venta tazas de café Twin Peaks, también se publicaron las memorias del agente Cooper, dictadas por él mismo a Diane, y Diario secreto de Laura Palmer, escrito por Jennifer Lynch, hija del director y también cineasta, que se inicia cuando la chica cumple 12 y sigue hasta pocos días antes de su muerte.

    En un comienzo, el proyecto se llamaba Northwest Passage. Lynch y Frost se conocieron trabajando en un guion para una película sobre Marilyn Monroe que finalmente no se concretó. De todos modos, había quedado algo en el aire. “Aunque sean ideas nuevas, el pasado las colorea”, dice el director en David Lynch: The Art Life, que actualmente puede verse en Cinemateca. El documental, de visionado obligatorio, recorre el paisaje mental y artístico del director. Tras la cancelación del biopic, la imagen de una rubia, entre tóxica y angelical, permaneció guardada en la alcancía mental de Lynch. Y un día, conversando y barajando ideas con Frost, imaginaron el cuerpo muerto de una mujer a orillas de un lago. Pronto esa chica tuvo un nombre: Laura. Y surgió la pregunta: “¿Quién mató a Laura Palmer?”. A partir de ahí se construyó el mundo de Twin Peaks.

    Lynch y Frost se decidieron por darle a la serie el mismo nombre que al pueblito de 51.201 habitantes, ubicado en una zona de bosques y cascadas donde se desarrolla buena parte de la acción. Y la acción se inicia con la aparición del cadáver de Laura (Sheryl Lee), la rubia y adorada reina de la secundaria, sobre la playa, envuelta en plástico. A partir de allí, la investigación del asesinato que perturba la tranquilidad de este poblado tan amigable. Hasta ese lugar arriba el agente especial Dale Cooper (Kyle MacLachlan), del FBI, y básicamente a través de él, la narración presenta a los peculiares habitantes de esta peculiar ciudad. Cooper es una especie de ser de otro planeta: llega con su pelo engominado, su grabador y su curiosidad de niño hiperestimulado confiando en su instinto, su pericia y lo que le transmiten sus sueños y visiones. Como Lynch. Estar en Twin Peaks parece magnificar los sentidos de Cooper, que mira con asombro la cantidad de árboles y disfruta cada taza de café y cada rosquilla y cada trozo de tarta como si fuera la primera vez.

    El manejo del misterio, el acercamiento hacia el Mal, presentado como una entidad capaz de usar a las personas, dotaron de un espesor y una complejidad que hasta entonces no se había visto en televisión. Lynch solo dirigió el piloto y el tercer episodio de la primera temporada y solo cuatro de la segunda. Por aquellos años, por exigencias de la cadena ABC, Lynch y Frost se habían visto obligados a hacer algo que no querían y que, todavía hoy, el director considera que fue un gran error: en el capítulo número 16 revelaron la identidad del asesino. Dentro de la historia había otras situaciones oscuras y misteriosas que se prolongaron y se enredaron. Es que poco a poco se descubre que en el pueblo hay un mundo atrapado dentro de otro mundo. Y se pone mejor cuando los tejidos de la realidad de esos mundos se tensan, los caminos de la vigilia y de los sueños se mezclan y las fuerzas procedentes de un universo paralelo empiezan a manifestarse de manera enigmática y perturbadora, hasta llegar a un final que se abre al misterio. En el camino, imágenes e historias poderosas: la habitación cercada por cortinas de terciopelo rojo donde el tiempo sigue otras reglas, el enano siniestro y amenazante, el gigante que aparece en sueños, el psiquiatra excéntrico, la señora que carga en sus brazos un tronco del que recibe mensajes codificados, y un ente maligno que encarna en ese señor con aspecto de indio hippy poco afecto al aseo personal y que cierta gente llama Bob.

    Ahora, con su regreso, el autor se toma revancha y dirige los 18 episodios que componen la entrega 2017. La nueva Twin Peaks es Lynch puro, sin diluir. Y esto quiere decir que hay más de esa habitación roja, que contiene vida y muerte al mismo tiempo, que hay desdoblamientos de personalidad y truculentos doppelgängers (la identidad es un asunto abordado por Lynch en sus películas y sus pinturas). Que hay sonidos y chirridos amenazantes. Que hay aversión, fascinación y humor. Y más misterios que llevan a otros misterios. Y ambientes decadentes, delicados, lujosos, misteriosos, réplicas de recuerdos y pesadillas de sus años de estudiante en Filadelfia, años cruciales en la construcción de esta estética reconocible: grandes fábricas, chimeneas, hollín, vidrios rotos, ruidosos ferrocarriles, cortinas de plástico rasgadas y unidas con curitas. “Filadelfia es la más violenta, la más degradada, la más enferma, la más decadente, la más sucia y la más oscura de las ciudades americanas. Entrar en esta ciudad es penetrar en un océano de miedo”.

    Entrar en el sueño.

    Casi todo lo que hacen, sienten y piensan las personas escapa al control de la consciencia, que es una pequeñísima parte de una compleja y misteriosa ingeniería. Lo fabuloso de Lynch es que parece contar con la habilidad de tocar los botones adecuados para acceder a algunas zonas de ese laberinto profundo que es la mente. De allí extrae el material para construir pesadillas que funcionan como espejo de lo que usualmente uno no quiere ver de sí mismo. Quizás sea la meditación trascendental (MT), que practica desde los años de Eraserhead y de la que es uno de los más célebres divulgadores y sobre la que habla en el libro Atrapa el pez dorado, lo que le ha permitido llegar hasta ahí.

    Cuando no está componiendo, pintando, dibujando o sacando fotografías, cuando no está escribiendo o filmando películas, Lynch hace videoclips (para Moby y Chris Isaak por ejemplo), documentales musicales (Duran Duran: Unstaged), comerciales y anuncios (para Calvin Klein y para la Campaña de Prevención Nacional del Cáncer de Mama). Creó la Fundación David Lynch para la Educación Basada en la Conciencia, destinada a la difusión de la MT. También lanzó su propia marca de café y creó un proyecto web llamado Interview Project, donde entrevistaba a gente corriente. Y la vuelta al pueblito entre los bosques empezó a gestarse en 2015. Lynch había experimentado con cámaras digitales. Exploraba. “Me gusta la accesibilidad de la televisión”, dijo. “La gente está en su sofá, nadie le molesta y está en las mejores condiciones para entrar en un sueño”. El guion de la encarnación siglo XXI de Twin Peaks tiene 400 páginas con dibujos y anotaciones imposibles. Hay, en total, cerca de 200 personajes. Un casting como para una saga de Peter Jackson. Vuelven viejos conocidos. Empezando con MacLachlan, que aparece multiplicado por tres. Y también Sheryl Lee, Mädchen Amick y el mismo Lynch. No están otros (ni Lara Flynn Boyle ni Joan Chen). Y vienen nuevos: Ashley Judd, Naomi Watts, Robert Forster, Matthew Lillard y Laura Dern.

    La música, desde el principio, desde Eraserhead a Inland Empire, ha sido vital en el arte de Lynch, que en los últimos años editó cuatro discos, además de producir obras de otros artistas. Y la relación con el compositor Angelo Badalamenti fue crucial en la creación del mundo de Twin Peaks. “Angelo me complementa y yo lo complemento a él”, dice Lynch en el documental Pretty as a Picture. Para la apertura, Badalamenti creó en un viejo Fender Rhodes una sugerente melodía a partir de imágenes que el director, sentado junto a él, le iba sugiriendo. “Angelo, estamos en un oscuro bosque”, le dijo Lynch. “Hay una suave brisa que sopla a través de unos árboles. Está la luna, y se oyen sonidos de animales de fondo”. Casi 30 años después, la balada mantiene encanto y vigor. Y Lynch, que sabe que es bueno, interviene todavía más en esta nueva entrega, suministrando con piezas propias y encargándose incluso del diseño de sonido de cada capítulo.

    Recientemente el director desmintió que se aleja del cine. Y sigue fascinado con las posibilidades del medio televisivo. Años atrás, cuando trabajaba en la primera entrega de Twin Peaks, había dicho: “En cine se puede interpretar una sinfonía, pero en la tele se está limitado a un chirrido. Única ventaja: el chirrido puede ser continuo”. La idea de continuidad en la televisión le parece formidable. Le regala la posibilidad de concretar lo que quizás intentó con Inland Empire: no terminar nunca.

    Vida Cultural
    2017-06-01T00:00:00