Lejos de morir a manos del nuevo y taquillero simple de YouTube, en Uruguay el disco sigue vigente como unidad creativa. Lógicamente, el efecto coronavirus aceleró la caída del soporte físico: el CD está cada vez más en desuso y el vinilo sobrevive como una delicatessen. Las ediciones digitales son la norma, con un amplio menú de opciones. Entonces, ante la pérdida progresiva de la rica experiencia de leer las liner notes en los librillos, la Colección Discos, iniciada en 2017 por Estuario Editora y dirigida por el académico uruguayo Gustavo Verdesio (radicado en Estados Unidos) ha devenido un punto de referencia y derrama bienvenida tinta en un notorio agujero editorial: en un país donde se publican más de 300 fonogramas por año (entre discos y EP, casi uno por día en promedio) la bibliografía específica era muy escasa.
Esta saga periodística-ensayística-testimonial fue inaugurada con los volúmenes dedicados a Los Estómagos (Tango que me hiciste mal, de Gabriel Peveroni), El Cuarteto de Nos (Otra Navidad en las trincheras, de Ignacio Martínez), La Trampa (Caída libre, de Ramiro Sanchiz), luego Psiglo (Ideación, por Luis Fernando Iglesias) y Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota (Oktubre, de Carolina Bello, el único trabajo de ficción, sobre un disco extranjero y escrito por una mujer en toda la serie). La camada de cuatro libros publicada a fines de 2019 consolida la serie, que alcanza la decena de títulos. Ahora es el turno del álbum bisagra en la trayectoria de la más popular de nuestras bandas de culto; la pieza poética-recitativa-contestataria más difundida de la música uruguaya; y dos pilares de la obra del que para muchos es el cantautor vernáculo más importante de los últimos 40 años.
For export del Uruguay
Temblando, con el frontal partido por el marrón, por el marronero, cae sobre sus costillas, pesada como un mundo, la res... Los versos del cuarto capítulo de Guitarra negra, titulado Uruguay for export, resuenan fuerte desde la primera escucha del “poema por milonga”, como lo definió Alfredo Zitarrosa. Como en su trabajo para esta colección (Caída libre), en Guitarra negra Ramiro Sanchiz refuerza su acentuada tendencia a complejizar y sobreintelectualizar sus objetos de análisis. Esto no sería necesariamente negativo de tratarse de fenómenos culturales o humanos complejos. Por caso, no es esperable una explicación simple y directa sobre el desarrollo de la pandemia de Covid-19, un proceso hiperatomizado por múltiples variables. Pero una obra musical tan evidentemente asociada a una crisis como la del 2002 o un poema recitado sobre una base instrumental que desgrana algunos hechos y rasgos que han forjado la identidad uruguaya, esa estructura tan rebuscada no parece ser el encuadre más apropiado. En este terreno, el fin primordial es la divulgación popular y no el lucimiento derivado del despliegue académico.
Entonces, este entramado de ensayo teórico y “ficción polifónica”, que se vale del recurso de la literatura epistolar a través de la transcripción de correos electrónicos escritos por enigmáticos personajes, resulta bastante ardua para el lector que desea ir al grano, es decir, encontrar un análisis crítico y musical de la obra de marras. Es cierto, finalmente llegamos a la autopsia del texto zitarrosiano, y el autor logra dar respuestas a esa pregunta central de por qué Guitarra negra concentra algo así como el aleph de la uruguayez, desde el Uruguay batllista a sus “anarcos queridos”. También confluyen en la muy cultivada pluma de Sanchiz personajes como David Bowie, Jaime Roos, Terminator, Blade Runner, Hamlet, el Joker de DC Comics y otras entidades misteriosas como el ubi sunt.
El problema es que Sanchiz habla más de Sanchiz que de las estrofas de Alfredo. No parece necesario plasmar tanta información atomizada y forzar al lector a atar cabos enmarañados como una red neuronal para describir algo tan contundente y pleno de personalidad como Guitarra negra.
Ahí voy
Mucho menos ambicioso pero bastante más efectivo es el trabajo de Diego Rocha sobre Amanecer búho, piedra angular de la discografía de Buenos muchachos, el disco con el que Pedro Dalton y los suyos pasaron de los sótanos céntricos a llenar teatros y ser número de peso en los grandes festivales. Este melómano empedernido es el único debutante entre los autores de la serie. Su vínculo con la música es por demás singular: durante dos décadas fue uno de los disqueros de CD Warehouse, esos que te recomendaban con propiedad qué oír porque conocían su mercadería batea a batea, disco a disco. Tan es así que Rocha es, desde hace unos años, el curador de la gigantesca colección del argentino Roberto Domínguez (Búsqueda N° 2045), un banquero que tiene cuatro pisos de un señorial edificio porteño ocupados con sus colecciones, y obsesionado en tal grado con la música uruguaya que le dedicó un apartamento completo, con más de 30.000 títulos entre vinilos y CD.
En sus ratos libres y en las largas horas muertas de viajes en buque y en bus, Rocha concibió un trabajo mayormente periodístico, con acotados pasajes críticos, tan simple y breve como 140 páginas escritas a partir de sus charlas con las seis personas que gestaron este trabajo: los músicos Pedro Dalton (voz), Gustavo Antuña y Marcelo Fernández (guitarras), Laura Gutman (batería) y Alejandro Itté (bajo), y Gastón Ackermann, productor artístico del disco, un multinstrumentista cultor del jazz de vanguardia, autor del solo de trompeta en Temperamento, y un personaje clave para que Amanecer búho haya sido una obra redonda, sin dudas su piedra fundamental, que delineó los trazos gruesos de su identidad sonora posterior, y uno de los mejores discos del rock uruguayo.
Tras un capítulo introductorio dedicado a la concepción y a los antecedentes de una banda que ya tenía tres placas y la estaba remando en dulce de leche, penando por una incursión fallida en Buenos Aires, Rocha se sumerge en una utilitaria recorrida por los 16 temas, desde esos viajes climáticos y cargados de tensión llamados Ahí voy y Partes del campo, pasando por el pop asordinado He never wants to see you (once again) y los coqueteos con las armonías sinfónicas Under the tilo’s tree y Coral 5, hasta los rocanrolazos Temperamento y Pavimento del buen muchacho y esa oda a la contemplación psicodélica llamada La hermosa langosta aplastada en la vereda.
Tan apasionado como riguroso, y con factura concisa y directa, Rocha no se complica (ni se la complica al lector) con laberínticas e inconducentes elucubraciones y apunta a lo concreto: en qué se inspiraron, cómo lo grabaron, cómo lograron ese sonido; las curiosidades que todo fan de una banda de rock espera conocer. Además del correspondiente álbum de fotos, incluye una ficha técnica ideal para nerdos con las marcas y modelos de todos los instrumentos que tocaron los Buenos en aquellas sesiones malvinenses del verano de 2004 y una lista de los 15 discos que hay que oír para conocer el ecosistema de influencias que imperaba en sus oídos en aquellos tiempos: Cabrera y Lazaroff, PJ Harvey, Tom Waits y Nick Cave y, por supuesto, Pavement.
Pierrot y Convención
Dos tomos están dedicados a dos discos fundamentales de Jaime Roos: Mediocampo (1984), el que para muchos es el mejor y más importante de su obra, y Brindis por Pierrot (1985), el álbum con solo dos canciones nuevas, pero una de ellas tan significativa que le permitió, por fin, tras más de una década de vaivenes y evolución conceptual, ser profeta en su tierra. Los dos libros son clásicos productos periodísticos y analíticos, y los dos cuentan con el testimonio fundamental del hombre del Barrio Sur, que solo ha roto su férrea cuarentena de un lustro en La Floresta (hasta en eso Jaime es pionero) para dar contadas entrevistas, casi exclusivamente para libros (su biografía El montevideano, de Milita Alfaro, y estos dos).
Además de ser un experimentado cronista y crítico musical, Andrés Torrón es músico y ha ejercido la producción artística en varios discos. Su análisis es rico en el contexto de influencias musicales y poéticas que traía Jaime desde su exilio europeo, del que había regresado poco antes de emprender esta grabación. También intercala sus propios recuerdos de juventud, esos típicos “a mí no me lo contó nadie, yo estuve ahí”. Define a Mediocampo como la “culminación luminosa y optimista” de la trilogía iniciada por los más oscuros e introspectivos Aquello y Siempre son las cuatro. Torrón también emprende el lógico y necesario desglose tema por tema de una obra maestra, de la cual un 80% son clásicos: Durazno y convención, Victoria Abaracón, Luces en el Calabró, Tal vez Cheché, Una vez más, Pirucho y Los futuros murguistas. Ah, y esa hermosa balada pop llamada Si piensas en mí.
Mauricio Rodríguez es un periodista todoterreno. Publicó libros de música como En la noche (sobre el rock uruguayo de los 80) y también de política y periodismo. En Brindis por Pierrot pone todo su oficio de sabueso al servicio de contextualizar la edición en función de los 15 años previos, un período que abarca los inicios de Roos como músico de sesión y luego cantautor, su partida a Europa, su participación en proyectos musicales efímeros y sus años de claroscuros en Francia y Holanda. Además de la extensa investigación de archivo, la columna vertebral de estas 280 páginas es una extensa entrevista concedida por Jaime para este trabajo, que Rodríguez describe al detalle, en una crónica que atraviesa el libro, desde el mediodía a la noche cerrada de una jornada invernal. Brindis por Pierrot funciona como una nueva biografía, menos abarcadora que la de Alfaro pero algo más visceral, lo que la vuelve un atractivo relato complementario de la vida de un artista que, claramente, no cabe en un solo volumen.
Como extra, Brindis por Pierrot y Mediocampo traen anexos con fotos inéditas de las sesiones de Mario Marotta durante las grabaciones, con notables instantáneas de Eduardo Mateo, Jorge Galemire, Hugo Fattoruso, Washington Canario Luna, Mariana Ingold y Estela Magnone, además de otras tomas nunca antes vistas de Roos, extraídas de las sesiones en el Centenario, para Mediocampo, y en el Cocktail Bar, junto a un habitué apellidado Dodera, coprotagonista de un concentrado fotográfico de la bohemia montevideana, del que poco después emergió esa icónica portada de Brindis por Pierrot, con Jaime acodado al mostrador, mirando fijamente a los ojos del parroquiano, inmortalizando aquellas noches de grappa con limón, La Paz sin filtro y resplandor de luces de estadio.
Vida Cultural
2020-05-07T00:00:00
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