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    Títeres sin cabeza

    Columnista de Búsqueda

    En tiempos de cancelación y autocensura, comediantes como Ricky Gervais brillan con un fulgor especial.

    Por un lado, porque son capaces de desgranar una retahíla de chistes buenísimos a la velocidad de una ráfaga de ametralladora. Por otro, porque les guste el rol o no (a Gervais parece gustarle) su humor es un constante testeo de lo que es aceptable o no. En resumen, de los eventuales límites de la libertad de expresión. Por eso Gervais en este SuperNature y Dave Chapelle en su más reciente especial The Closer (ambos en Netflix) se toman un tiempo para recordarnos en qué consiste el humor y su particular vínculo con esa libertad. Lo hacen, por supuesto, a través de un puñado de chistes y rutinas irreverentes y, lo que es más importante, muy graciosos y graciosas.

    Más allá de que la reflexión en clave oscura es una de las marcas más notorias del humor de Gervais, es en los especiales de comedia en donde el británico da rienda suelta a su costado más áspero y ácido. No cualquiera se pone a hacer chistes sobre golpear bebés con discapacidades y logra salir airoso del entuerto. Gervais lo logra y hace que el espectador se ría horrorizado de su propia oscuridad. Algo parecido a lo que ocurría al leer los primeros trabajos de Brett Easton Ellis: los textos describían cosas espantosas que a la vez estaban perfectamente bien escritas y que uno, fascinado, no podía dejar de leer.

    Claro, para poder seguir ese camino hace falta poder distinguir ficción de realidad. El propio Gervais señala eso cuando le dice a su auditorio que ellos se ríen cuando hace el chiste sobre golpear bebés discapacitados porque en la realidad no lo está haciendo y que, si realmente golpeara a un bebé en el escenario, ellos no se reirían. “Esa es la única razón por la que no lo hago” cierra con acidez. Ese juego que expone Gervais es la base de la posibilidad misma de la ficción. Según la RAE, la palabra ficción tiene tres acepciones: “1. f. Acción y efecto de fingir. 2. f. Invención, cosa fingida. 3. f. Clase de obras literarias o cinematográficas, generalmente narrativas, que tratan de sucesos y personajes imaginarios. Obra, libro de ficción”. En las tres queda claro que a) la ficción no es real, b) su ámbito es el de lo imaginario y c) es la base de buena parte de aquello que conocemos como cultura.

    En resumen, que sin ficción, sin la posibilidad de distinguir lo real de lo imaginado, una parte importante de nuestra cultura se vería cercenada. Eso, cercenar la creación para adaptarla a unos fines definidos desde fuera de la creación misma, es la idea contra la que lucha Gervais en SuperNature. Al mismo tiempo, Gervais tiene tiempo de hacer chistes sobre los religiosos (es ateo), los trans, los mencionados bebés discapacitados y un puñado de temas más o menos tabú. Y siempre lo hace con un humor sin concesiones, radical y, al mismo tiempo, especialmente inteligente. De hecho, de a ratos Gervais parece un sofisticado filosofo de boliche, que no deja de disparar dardos contra todo aquello que se supone es intocable. En ese sentido, su SuperNature funciona como una suerte de test de lo que se puede y lo que no.

    Como era perfectamente esperable en un contexto como el actual, el humor de Gervais fue de inmediato descalificado como fóbico por la comunidad trans que, según parece, tiene unos voceros mundiales que representan a todos los trans que existen. Por cierto, algún día habrá que pensar si es correcto usar un término que habla de una condición médica para describir aquello que no le gusta a quien reparte esas fobias como quien reparte carnés de buen o mal ciudadano. De momento y además de pedir su (¡sorpresa!) cancelación, la ofensa se tradujo en que un grupo de ofendidos destruyó en Nottingham uno de los 25 bancos públicos, construidos a imagen y semejanza del que aparece en la serie After Life, creación de Gervais.

    Pero la “fobia” a Gervais, que no es una cadena nacional ni la ONU y que puede ser dejado de lado como quien deja de lado un partido de la liga sueca de curling, no se limitó a quienes fueron blanco de sus bromas: un grupo importante de empleados de Netflix se manifestó para quejarse de que su compañía aceptara exhibir el especial de Gervais y exigieron a la plataforma que lo retirara de su oferta de entretenimiento.

    Hace unos meses o quizá un año, es probable que Netflix hubiera reaccionado de otra manera, más acorde con los ofendidos de turno. Pero desde que viene perdiendo clientes y desde que Gervais significa dinero la empresa se limitó a sugerirles a esos empleados ofendidos que si se sentían dolidos o violentados por el especial del inglés, quizá deberían buscarse un nuevo empleo.

    Más allá de este ruido mediático, es claro que la figura de Ricky Gervais como comediante inteligente y gracioso no ha parado de crecer. Tanto en sus ficciones (la mencionada After Life y la maravillosa Derek) como en sus especiales (este SuperNature y el anterior Humanity), Gervais hace un humor radical que, de manera extrañamente elíptica e inteligente, termina siendo además un material de reflexión excelente. Es decir, uno no solo se ríe mucho, también termina pensando mucho. Y lo hace no solo sobre los temas tabú o sobre los límites del humor y de la libertad de expresión. También sobre qué es aquello que nos hace humanos, porque amamos la belleza u otras preguntas que habitualmente uno solo se hace después de la cuarta copa. Quizá incida en eso que el bueno de Ricky va regando sus monólogos con latas de medio litro de cerveza.

    SuperNature muestra a un humorista en estado de gracia (son excelentes sus feroces bromas sobre su estatus de millonario) y que no parece dispuesto a dejarse apretar por ninguno de los censores de guardia. Uno que pese a ello no suena ni impostado ni caprichoso en lo que hace. Al revés: Gervais suena sorprendentemente claro y coherente en el conjunto humorístico que ofrece y uno no deja de reírse ni siquiera cuando está explicando las diferencias entre las palabras y las cosas.

    Es probable que a un montón de gente no le interese esta clase de humor filoso y, por momentos, abiertamente provocador. Toda esa gente lo único que tiene que hacer es apuntar el control remoto hacia el televisor, pulsar un botón y mirar otra cosa, sin pretender que los demás sigamos su ejemplo o, peor aún, aceptemos su censura neovictoriana en nombre de un difuso y muy discutible bien común. Nosotros por nuestro lado dejaremos el control remoto en su lugar y esperaremos, ilusionados, el siguiente proyecto de Ricky Gervais.

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