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    Toda historia es contemporánea

    Con los años uno va adquiriendo costumbres que se vuelven manías, intereses que se vuelven obsesiones y placeres que se vuelven necesidades. En mi caso, por ejemplo, me fascina romper el globo de las historias “definitivas”.

    Lo he escrito en varias ocasiones en Búsqueda: la historia definitiva de algo no existe. Creer que un tema, gracias a su estudio detallado y profundo, está cerrado a nuevas interpretaciones es más que una utopía: es una reverenda estupidez.

    La historia (es decir, la interpretación histórica de algo) es siempre contemporánea, pues independientemente del período estudiado el historiador que la elabora es contemporáneo, vive inmerso en el hoy y, como tal, se encuentra sujeto a los valores, los puntos de vista y el clima mental propio de su época.

    Un ejemplo clásico de esto nos lo brinda la llamada peste negra, que mató a más de la mitad de la población europea en el lapso de pocos años hace casi siete siglos. Vista inicialmente como consecuencia natural de las guerras y las políticas de los reyes y emperadores, con el creciente interés por las ciencias sociales y económicas pasó luego a ser interpretada como una consecuencia de los cambios socioeconómicos propios de los siglos que siguieron a la fase más “negra” de la Edad Media.

    El despertar de una conciencia ambientalista hizo que la peste negra fuese vista como la consecuencia directa de la violenta explotación de los bosques y la tierra, consecuencias del fortalecimiento de la sociedad europea, de la fuerte expansión demográfica y del desarrollo de formas y procesos capitalistas. Cuando el mundo comenzó a sufrir los azotes del HIV, muchos historiadores vieron en las prácticas sexuales del siglo XIV el origen de la epidemia en cuestión.

    El mismo principio se puede encontrar en la interpretación de prácticamente todos los temas estudiados. Nuevas fuentes históricas y/o nuevas interpretaciones de fuentes ya conocidas; avances técnicos como el llamado carbono-14 o el ADN; nuevas metodologías de investigación y un nuevo clima mental en el mundo académico permiten conclusiones más detalladas y coherentes, o revolucionarios descubrimientos. Hoy, gracias a la “visión de género”, aparecen mujeres artistas, guerreras o científicas allí donde nunca las hubo.

    Un ejemplo fresco de lo que nos puede ofrecer la revisión histórica tiene que ver con el nacimiento del Muro de Berlín, sobre el cual algunos creen que “ya se sabe todo”. Luego de sangrar gente durante años (entre 1949 y 1960, más de 3.000.000 de personas abandonaron Alemania comunista), el gobierno de la RDA, de común acuerdo con Moscú, decidió levantar un muro que separase el mundo comunista del capitalista.

    Si no se construía dicho muro, Alemania comunista se hubiera quedado sin población en el lapso de pocos años. El 13 de agosto de 1961, Berlín Oriental comenzó las obras: en poco tiempo aisló a Berlín Occidental con una valla de 156 kilómetros de extensión. Luego, se reforzó dicho muro al mismo tiempo que se construyó una valla doble que separó a los dos Estados alemanes de norte a sur (llamada eufemísticamente “Muro de defensa antifascista”…).

    Fueron 900 kilómetros de alambres de púas con una zona minada en el medio y torres de francotiradores. Estaba vigilada día y noche por un ejército de 30.000 soldados especialmente adiestrados y con el cerebro cuidadosamente lavado.

    A pesar de todo lo que se ha dicho y escrito al respecto, el Muro de Berlín fue bienvenido por Occidente, quien oficialmente lo criticó duramente durante décadas, pero en el fondo respiró aliviado por la estabilidad que impuso.

    La enorme mayoría de los alemanes que quedaron del lado equivocado de la frontera se negaban a vivir en la dictadura comunista. Nadie podía impedirles escaparse al mundo libre, ni los países de la OTAN ni, evidentemente, los del Pacto de Varsovia. Si el muro no se levantaba, el bloque soviético habría “solucionado” el problema del desangre y la inestabilidad ocupando todo Berlín: este era, justamente (y lo sabemos hoy), el temor que existía en Occidente.

    Por eso, el Muro de Berlín significó para Occidente el menor de los males y la mejor de las soluciones, teniendo en cuenta cómo estaban dadas las cosas. A partir de 1961, la situación fue mucho más fácil de manejar para ambos bandos y el riesgo de un enfrentamiento nuclear disminuyó notablemente.

    Esta no es, claro está, la versión definitiva del Muro de Berlín, pero sí una que nos ofrece una visión mucho más clara y cercana a “lo que realmente pasó”.