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    Todas las películas del mundo

    Jean-Louis Trintignant
    Por Ch.

    ¿Cómo puede morir alguien que aparece en tantas películas buenas? Imposible. Las voy tirando sin orden. Z (1969), de Costa-Gavras, en la que hace de un misterioso fiscal envuelto en un evidente asesinato político, de esos en los que están implicados altos funcionarios del Estado. Detrás de unos lentes oscuros que ocultan su intención termina enjuiciando a los militares responsables, uno tras otro, que desfilan ofendidos con sus charreteras y medallas ante su escritorio, y solo les dice con fría determinación: “Apellido, nombre y profesión”, mientras el notario pulsa las teclas de la máquina de escribir, que suenan como balas. Los militares chillan ofendidos, esgrimen su cargo (capitán, teniente, general), la deshonra a la que conduce el asunto, todo en vano. El fiscal sigue sin chistar: “Lo acuso de homicidio voluntario con premeditación”. Uno de los peces gordos de la cúpula castrense le pregunta a su abogado: “Pero este tipo, ¿es comunista?”. La respuesta es tajante: “Es hijo de un coronel”.

    El bueno de JLT también fue el rostro del romanticismo en Un hombre y una mujer (1966), de Claude Lelouch. Aquellas caminatas por la playa junto a Anouk Aimée, con la música pegadiza, eterna de Francis Lai. Cine de postal, dirán. ¿Y qué? Como el haber sido el compañero de Brigitte Bardot en su película más famosa: Y Dios creó a la mujer (1956), de Roger Vadim. A veces alcanza con estar en el lugar adecuado, y así comenzó JLT, que luego hizo famosa su mirada de intimidante seriedad, los dientes ligeramente torcidos, la nariz ganchuda.

    Hay que ver el brillo silencioso que es capaz de sacar al lado de Vittorio Gassman en Il Sorpasso (1962), de Dino Risi. El buenazo de JLT, que habla poco y acepta todo lo que le dice el psicopático de Gassman. ¡Vamos a bailar, vamos a emborracharnos, la vida es una sola! “Bueno, es que tengo que estudiar”, dice JLT, pero sucumbe ante el avasallamiento del mattatore, que conduce el convertible blanco e incordia a los otros automovilistas, ciclistas y transeúntes con su bocina prepotente.

    ¿Quieren un JLT que hable? Ahí lo tenemos en la maravillosa Mi noche con Maud (1969), de Eric Rohmer, haciendo de católico seductor, sentado en la cama de la bella Françoise Fabian discutiendo amigablemente y con un buen vino sobre las enseñanzas de Pascal, la fidelidad y la condición del ser humano en la Tierra. Entendió perfectamente que con Rohmer hay que ser una extensión del guion, no un actor que hace un papel. Y a través de esa cadencia de recitar los parlamentos surge naturalmente su personaje. Todo en él emergía de forma espontánea, como si no costara trabajo hacerlo. La escuela de la naturalidad en los actores, la que borra todas las costuras de la técnica, es la más difícil de alcanzar.

    Existe una película inquietante de Robert Enrico llamada El secreto (1974) en la que un chiflado cae a una granja donde vive una pareja alejada del mundanal ruido. El extraño los mantiene encerrados con la excusa de que lo persiguen para matarlo porque conoce un secreto que nadie debe conocer. Paranoico total. O no. Qué elegancia la de este francés para lo que fuera, incluso para mostrar convulsión. También rodó bajo las órdenes de su esposa, la directora y guionista Nadine Trintignant.

    Antes de dejar de respirar a los 91 años se dio el lujo de actuar en dos imponentes películas de Michael Haneke. Hizo Amour (2012), en la que encarna lo que todos queremos evitar, esto es, envejecer y ver sufrir y después ver morir al ser querido que nos acompañó toda la vida. Y Happy End (2017), donde es un viejo empresario en silla de ruedas que pasa de todo, incluso de su propia amargura, capaz de decirle a su nieta: “Llevame hasta la orilla del mar, y si es más adentro, mejor”. Haneke siempre se interesó por las profundidades más desagradables del alma humana, y JLT lo acompañó como nadie. Tal vez porque en su propia vida, la que está fuera de la pantalla, sufrió la pérdida de una hija en manos de un demente que le dio una paliza.

    Uno de sus momentos cumbre fue junto a Krzysztof Kieslowski en Rouge (1994), en la que se nos aparece como un juez retirado, hastiado de la vida, un bicho que sin embargo puede entablar una hermosa relación con la joven Irène Jacob. Es como si JLT supiera que no es necesario ningún tipo de despliegue físico para dar lo mejor en una interpretación, que la convicción a la que uno debe llegar es un largo camino de significados, expresión y musculatura simbólica.

    Aunque también tiene una corrida famosa en su trayectoria actoral, la que hizo en Sin motivo aparente (1971), de Philippe Labro, sí, digna de Tom Cruise. JLT es un policía de Niza encargado de investigar una serie de asesinatos. El tipo tiene una puntería bárbara, y en una escena portuaria dispara contra una ventana que está al otro lado de la bahía, hiriendo al asesino. Hasta allí debe correr antes de que el culpable escape. Inolvidable secuencia, JLT con una camisa blanca que se bate al viento por el esfuerzo y el temor de llegar tarde. También fue un investigador improvisado en el bajo mundo londinense en esa locura pop y alucinógena llamada Con el corazón en la garganta (1967), de Tinto Brass, o en Confidencialmente tuya, de François Truffaut.

    Comedia, tragedia, todo lo transformaba en algo creíble y valioso. Entre los malos más malos también hay un lugar para perlas diseñadas por JLT, como en Flic Story (1975), de Jacques Deray. Ha escapado de la cárcel dispuesto a matar a quienes lo traicionaron, y Alain Delon debe impedirlo. Y mete miedo.

    Voy a cerrar este muestreo, que incluye varias de las mejores películas de la historia del cine, con el que tal vez fue su papel más complejo, plagado de vericuetos, grises, impulsos, contra-impulsos, franquezas y bajezas: el fascista de El conformista (1970), de Bernardo Bertolucci.

    Apellido: Trintignant. Nombre: Jean-Louis. Profesión: actor. Y agregue con letras mayúsculas, notario: INMORTAL.

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