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    Todo tan británico

    Jeremy Thorpe fue uno de los políticos más talentosos de la Inglaterra de posguerra. Hijo y nieto de parlamentarios del Partido Conservador, Thorpe decidió alinearse en el pequeño Partido Liberal. Electo para el Parlamento en 1959 a la edad de 30 años, fue el líder del partido entre 1967 y 1976. Joven, apuesto, impecablemente vestido, con ideas progresistas, cuando a sus 37 años tomó el timón del partido representó una bienvenida frescura al estilo rígido y austero imperante en el ambiente político de la época en Westminster. En 1974 estaba en la cumbre de su carrera, pero solo cuatro años después fue acusado de conspiración e instigación al homicidio por quien decía ser su examante, Norman Scott. El affaire homosexual de Thorpe y su vertiginosa caída en desgracia es el tema de A Very English Scandal, miniserie británica en tres episodios estrenada en 2018 por la BBC, basada en el libro homónimo del periodista inglés John­ Preston, con guion del propio Preston y de Russell T. Davies y con dirección de Stephen Frears. La serie se estrenó el domingo 10 en AMC (canal disponible en los sistemas locales para abonados), pero los episodios se repiten en días hábiles.

    El comienzo no puede ser mejor: mientras almuerzan en el comedor de la Cámara de los Comunes, dos parlamentarios e íntimos amigos, Jeremy Thorpe (Hugh Grant) y Peter Bessell (Alex Jennings), se confiesan en un susurro sus ocultas inclinaciones homosexuales. Uno le dice al otro: “Mi mujer dice que gay significa alegre y yo pretendo estar alegre muchas veces en mi vida”. El otro festeja la ocurrencia, sonríe y agrega: “No somos más que un par de viejas reinas”. La escena respira patetismo y humor, dos cuerdas que se alternarán en el transcurso de la serie.

    Años más tarde se repite el almuerzo en el mismo comedor: Thorpe ha mantenido en esos años una relación homosexual y le muestra a Bessell la carta extorsiva que ese amante le envió a su madre pidiéndole treinta libras para mantener en silencio la relación entre ellos. El relato es ilustrado por un flashback explicativo que muestra el encuentro casual entre Thorpe y Norman Scott (Ben Wehishaw), cómo un año después este recurrió a Thorpe para un favor burocrático y cómo este se aprovechó del desamparo de Scott­ para violarlo. La escena de la violación reafirma ese equilibrio del relato entre lo dramático y lo humorístico sin necesidad de recurrir a nada explícito. Al fin y al cabo, no olvidar que el escándalo es muy inglés. Tan inglés que cuando termina el racconto de la violación y se retorna al almuerzo, lo que esos dos comensales comentan es el excesivo toque de limón que tiene el postre. Hay que ubicarse en la época: estamos a comienzos de la década del 60 en una Inglaterra homofóbica, donde las relaciones homosexuales son delito. Recién en 1967 se lograrán mayorías legislativas para aprobar la ley que despenalice la homosexualidad.

    Por conveniencia para su carrera política, el frío y calculador Thorpe se separa de su amante, contrae matrimonio heterosexual y hasta engendra un hijo. Pero Norman vuelve a acecharlo y le revela su relación a la esposa de Thorpe. Harto de las extorsiones por dinero para guardar silencio, luego de este hecho Thorpe resuelve que la única forma de callar a Norman es mandándolo matar.

    Las alternativas tragicómicas del sicariato muestran un desfile de personajes que parecen salidos de un cómic. Empiezan los escarceos judiciales y la revelación de cartas de amor de Thorpe a Scott escritas en papel membretado de la Cámara de los Comunes jugarán un papel importante en la Corte. A esta altura el escándalo sexual ya carece de consecuencias penales por la ley de despenalización aludida, pero Thorpe es igual llevado a juicio bajo los cargos de conspiración para matar e instigación al homicidio.

    El realizador, Stephen Frears, responsable entre otras varias de La reina (2006), Philomena (2013) y Florence Foster Jenkins (2015), cuenta aquí una vez más con un elenco que deja al espectador sin aliento. Hugh Grant no es más aquel galán bonito, algo indiferente y superficial. Ya lo había mostrado en Florence como St. Clair Bayfield, el paciente y sufriente marido de esa insoportable aprendiz de cantante lírica que hizo Meryl Streep. Pero aquí como Jeremy Thorpe escala aún más y compone un político psicópata, incapaz de avergonzarse, arrogante, mentiroso, que puede engañar hasta a su madre o encargar un asesinato. Transita el arco que va desde una sonrisa reluciente a una mirada lasciva mientras despliega un carisma que logra que quienes lo rodean sigan sus designios más oscuros. A su lado es igualmente notable Ben Whishaw (El perfume, Regreso a la mansión Brideshead, La chica danesa) joven actor de gran trayectoria en cine y teatro que dibuja un Norman caleidoscópico que pasa de lo conflictivo a lo ingenuo, de una aparente fragilidad a una inesperada reserva de fortaleza. Pero además de este dúo central, se luce Alex Jennings, que fue el príncipe Carlos en La reina y Eduardo VIII, duque de Windsor, en The Crown, la serie de la BBC sobre la Corona británica. Aquí es Peter Bessell, colega parlamentario, amigo, confidente y cómplice de Thorpe. Son imperdibles los diálogos y los cruces de miradas y sobreentendidos entre él y Jeremy. Otro gran actor, que solo aparece en el tercer episodio es Adrian Scarborough encarnando a George Carman, abogado defensor de Thorpe en la Corte. Personaje oscuro, de carácter fuerte, borrachín y jugador, sale de la cárcel para hacerse cargo del caso. Insolente, en el primer encuentro con su cliente lo felicita porque en 270 años de existencia del Parlamento por donde según él desfilaron delincuentes y corruptos de la peor calaña, Thorpe ha sido quien logró la acusación judicial más grave.

    Algún crítico afirmó con acierto que A Very English Scandal es un perfecto maridaje entre The Crown y una película de los hermanos Coen, porque tiene la tersura y el empaque ingleses salpicados de ese humor a veces negro y a veces absurdo de los realizadores norteamericanos. La chispeante banda sonora de Murray Gold contribuye con esta idea, subrayando con acierto los vaivenes del relato.

    Los ingleses fueron pioneros en acortar la duración de las series y, mientras todos seguían en la docena o más por temporada, empezaron a largar excelentes productos de cuatro episodios. Aquí con solo tres, al guionista y al director les alcanza y sobra para contar una historia de manera contundente y sin alargues. Lo bueno, si breve, dos veces bueno; una vez más los ingleses dan el buen ejemplo.

    Vida Cultural
    2019-03-14T00:00:00

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