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    Todos los tonos del gris

    La transformación cualitativa de una sociedad se produce mediante un fenómeno omnipresente en la vida cotidiana, a veces definido como una de las tres leyes fundamentales de la dialéctica. Me refiero al cambio cualitativo que resulta de la acumulación de cambios cuantitativos.

    El vaso de agua puede estar más o menos lleno: es un vaso con agua. Pero basta una gota para que desborde. Una vida puede abarcar más o menos años: es una vida a la cual cada día le agrega más tiempo. Pero de un segundo al otro, la vida se transforma en muerte. En ambos ejemplos, la acumulación de cambios cuantitativos (más agua en un recipiente de vidrio, más tiempo en un recipiente corporal) produce, en determinado momento, un cambio cualitativo. Es el mismo vaso, es el mismo cuerpo, pero algo ha sucedido que trastoca su esencia.

    De la misma manera, Uruguay fue acumulando cambios cuantitativos hasta mutar cualitativamente. Sigue siendo el mismo país, la misma entidad política y la misma realidad geográfica. Sigue teniendo la misma bandera y los mismos símbolos… pero ahora es otra cosa. Esto se ve nítidamente en los cambios acaecidos en su tejido social y en su placa mental.

    Cuando recordamos con nostalgia las condiciones de vida en el Uruguay de hace 60 años (ir al Estadio sin temer recibir un balazo, sentarse con la familia a tomar el fresco en la vereda, mirar el cielo por ventanas sin rejas, caminar por veredas limpias, asistir a escuelas ordenadas) no estamos solamente cultivando el cultivado ejercicio de un Marcel Proust, de añorar el pasado irrepetible e irremediablemente perdido, sino que, también, estamos constatando que la vida diaria en este Uruguay del tercer milenio es infinitamente más dura, más sucia y más peligrosa (es decir: más miserable) que la de hace medio siglo.

    El año 1950, con la guerra de Corea como factor simbólico, dio inicio a una década marcada por el claro empeoramiento para el comercio exterior uruguayo, lo cual erosionó las bases del “sistema de bienestar” nacional, apoyado sobre las pezuñas de las vacas.

    También se asistió en este período al crecimiento de un sector público tan abultado e ineficiente como oneroso para el Estado. Este proceso fue acompañado y reforzado por la reforma constitucional que implantó el régimen colegiado, por el tan costoso como fracasado intento de creación de una industria nacional, por el despliegue de una agitación sindical de magnitud nunca antes vista, por el conflicto con la Argentina de Perón y por los enfrentamientos relacionados con la autonomía universitaria.

    Intrínsecamente ligadas a este proceso en cuesta abajo tenemos cosas tan dispares como la desaparición física de grandes líderes políticos en el lapso de pocos años, el inicio de la dependencia del FMI y demás organismos financieros internacionales y el comienzo de una persistente sangría emigratoria de obreros con cierto o alto grado de capacitación profesional y de jóvenes ambiciosos.

    Vistas estas cosas con la perspectiva del tiempo, resulta claro que a partir de 1950 tomó fuerza en Uruguay un proceso de decadencia general que se aceleraría en la década siguiente, hasta llegar al enfrentamiento abierto entre el aparato militar del Estado (muy subestimado) y el aparato militar de los grupos clandestinos con el MLN a la cabeza (muy sobreestimado).

    He aquí, a grandes rasgos, los elementos propios de la década del 50, que para muchos sigue siendo dorada (aunque como todo es relativo, sí fue dorada, ¡y mucho!, si la comparamos con la que nos toca vivir hoy).

    El Uruguay agrario, agreste y rudimentario del siglo XIX, radical y rápidamente modernizado en la primera mitad del siglo XX, no tuvo posibilidades técnicas, políticas o ideológicas de mantenerse en la cresta de la ola mundial. Por el contrario, el andamiaje político de la década del 50, con el sistema colegiado como pesado barco insignia, intentó administrar una riqueza material cada día más exigua a través de un aparato institucional cada día más caro y obsoleto sin un proyecto ideológico definido.

    A estas incapacidades se le sumaron una larga suma de costos, generados por el aumento exponencial del sector público y pasivo, el fracaso del proceso industrializador financiado, monitoreado y protegido por el Estado pero condicionado por los sindicatos, y la notoria ausencia de un plan de país con arraigo en la realidad nacional y de proyección internacional.

    El Uruguay leudante y efervescente de la primera mitad del siglo XX se convirtió en un país burocratizado, sindicalizado, arterioesclerótico y demográficamente condenado. Fue el Uruguay gris, inefectivo, modesto y pocacosiento hasta en la práctica de la corrupción (los clubes políticos, la compra de votos con alpargatas y chapas en el interior y con puestos públicos en las ciudades, el nepotismo, la repartija de cuotas de poder, “las gauchadas”, los acuerdos bajo cuerda) que tan bien pintó con su pluma Mario Benedetti, el Juan Manuel Blanes de la mediocridad nacional.