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    Turismo funerario

    En el mundo los turistas se pasean entre tumbas. El Père Lachaise en París arrastra multitudes, buscan celebridades bajo tierra: Chopin, Modigliani, Balzac, George Sand, Jim Morrison, etc. En Buenos Aires se recorre el Cementerio de la Recoleta con poemas de Borges en el bolsillo.

    En Montevideo no se suele recomendar a un turista visitar el hermoso Cementerio del Buceo o el Central. No se trata de su evidente deterioro. Oh, no.

    No hace falta.

    Todo turista que llega de países lejanos para pasar un fin de semana (una escapadita desde Buenos Aires o antes de Punta del Este o Rocha), se topa con un cementerio viviente, los domingos, en la Ciudad Vieja o el Centro.

    Los domingos, las calles pioneras de la ciudad (donde solo se ven turistas de cara anonadada, desorientados y con el estómago vacío) son un desierto pos apocalíptico.

    Nada ni nadie. Todo cerrado. ¡Hasta los museos! Los turistas se preguntan cómo es posible. Un museo maravilloso como el de Artes Decorativas (el Palacio Taranco), con su pinacoteca espectacular, cierra desde hace tiempo sábados y domingos. Bueno, tampoco nos hagamos ilusiones… de lunes a viernes posee un horario acotadísimo, como si los museos uruguayos, aunque sean gratis, quisieran expulsar al público e impelir a que sus funcionarios-vigilantes bostecen con cara de aburridos mientras escuchan radio en sus auriculares.

    Y qué decir del Museo del Gaucho y la Moneda, en 18 de Julio sobre el Banco República, donde se podría demostrar al xenófobo cuadro alemán campeón del mundo que los gauchos poseían una cultura propia y con una estética sofisticada. ¡A ver si el que metió el gol del triunfo es capaz de ganar jugando a la taba o curtir con su facón de plata —perfectamente labrado— un cinturón de cuero adornado de monedas ganadas a costa de coraje!

    Los turistas también padecen hambre: ¿dónde encontrar un buen pub, un buen restaurante, una buena parrillada? Tienen que ir a dar al Mercado del Puerto, donde escasos locales para extranjeros no pierden ocasión de ganar dinero y algunos abren. Pero en el Casco Antiguo (el paseo turístico por excelencia) todos los pequeños y preciosos restaurantes con un auténtico chef en las cocinas cierran los domingos a cal y canto.

    La plaza Cagancha/Libertad, con sus barcitos que parecen de colección en días semanales, los domingos es solo un espacio ventoso donde vuelan desamparadas las hojas de los plátanos.

    Es verdad que los turistas pueden concurrir al fenomenal auditorio Adela Reta y ver buen ballet. Pero, ¿dónde luego irse a tomar un té o un vino? ¿A los cuatro o cinco bares “pecera” de 18? ¿Al bar del hotel?

    Hace una década, la Intendencia se derretía con la “movida” de la Ciudad Vieja. Estimuló y dio impunidad a boliches donde corría el alcohol y el estruendo y a multitudes borrachas y drogadas en la calle hasta el alba, que vomitaban y vociferaban.

    Luego, el cambio de moda, los arrebatos, deudas, el hartazgo de tanta pavada.

    La Intendencia quería revivir el turismo.

    ¡Vaya gestión!

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