Hay dos curiosidades que convierten a Rodrigo de la Serna en un artista único. La primera es que, pese a que protagonizó las películas “Gallito ciego”, “Diarios de motocicleta” y “Crónica de una fuga” así como las series de televisión “Okupas”, “Sol Negro” y “El puntero”, y a que ganó el ACE, el Cóndor de Plata, el Premio Clarín, el Premio Florencio Sánchez, el Martín Fierro y el Premio Konex en la categoría “Diploma al mérito” por su trayectoria durante la última década, este argentino no transformó su prestigio en un trampolín para el esnobismo y la decadencia, sino que siguió manteniendo su personalidad: la de un muchacho agradable y sumamente educado. Un muchacho, decimos, pues tiene 36 años, y esta es la segunda curiosidad. Porque, como Leonardo Sbaraglia, De la Serna actúa como si tuviera 70.
—Bueno, esto tiene mucho que ver con que yo me topé con mi oficio a la tierna edad de 12 años, y entonces gané muchísimo tiempo. Hicimos teatro vocacional, piezas infantiles y obras muy lindas de Griselda Gambaro y las sacamos a pasear por un montón de clubes barriales y por toda la provincia de Buenos Aires. Así que a los 19 años ya estaba haciendo teatro off en Buenos Aires, con lo cual el primer casting de mi vida lo realicé con siete años de experiencia encima.
—¿Qué fue lo primero que le fascinó cuando era niño?
—Mire: recuerdo una vez, cuando era muy chiquito, que vi “El diluvio que viene”. Creo que era una obra comercial y para chicos, pero me encantó. Después, obviamente, fui viendo a grandes actores en teatro y en cine. Pero a los 12 años no sabía que iba a ser actor profesional, sino que me fui dando cuenta de que lo sería a medida que fue pasando el tiempo. Y bueno, tuve a un gran maestro que se llama Alejandro Oliva y que me enseñó todo lo que sé: me enseñó a ser libre, a experimentar y a jugar.
—¿Él le enseñó todo?
—Sí. El teatro vocacional que hice con él me enseñó todo lo que sé, porque no soy un actor formado académicamente. Después, tuve la suerte de ir trabajando con profesionales muy formados y, al estar cerca y tocando de oído, fui asimilando conocimientos y cuestiones más académicas, porque a los 21 años ya estaba trabajando con Norman Briski y con Juan Manuel Tenuta.
—Pero como espectador, ¿quiénes fueron los primeros actores que lo impresionaron cuando era pequeño? Se lo pregunto porque las cosas que a uno lo eclipsan cuando es niño suelen quedar grabadas para siempre.
—Totalmente. Recuerdo mucho a Luis Brandoni, a Guillermo Francella, a Ulises Dumont, a Patricio Contreras, a Federico Luppi y a Lautaro Murúa. Son todos actores muy potentes que han hecho mucho en cine y en televisión y a los que he admirado desde chiquito. Después, cuando vi en teatro a Eduardo Pavlosky, no pude creer lo que era capaz de hacer un hombre tan talentoso.
—Hablemos un poco de “Lluvia constante”. El diario “La Nación” ha dicho que esta es “una propuesta que permite salir de la sala estremecido” y que su trabajo es “antológico” y vale la pena “guardarlo en la memoria y no olvidarlo jamás”. ¿Se puede ser indiferente ante una crítica como esta?
—Mire: no le voy a negar que esa crítica me halagó muchísimo, pero hay otras que no dicen lo mismo e incluso dicen que la obra o mi actuación no les gustó mucho. Entonces, lo que sucede es que uno como actor está muy expuesto a dejarse llevar por todo tipo de crítica, sea elogiosa o desastrosa. Pero lo que a mí más me importa es la devolución del público. Y, en ese sentido, estoy muy orgulloso de lo que hemos logrado con Joaquín. Ahora estamos de gira nacional y la gente nos ha acompañado de una manera impresionante. Ahí sí le diría que esto me modificó como actor y que “Lluvia constante” es, además de una experiencia muy intensa, un hito en mi carrera.
—¿Cuán exigente es Daulte como director y cuánto ha aprendido usted con él?
—Para un actor como yo, Javier es un director ideal porque me ha dejado jugar, lo que no quiere decir que no sea exigente. Aunque, en realidad, a esta altura uno también pone la exigencia. Pero Javier es brillante, su apuesta en esta obra es muy inspirada, es uno de los directores más relevantes de la actualidad, ha sido muy reconocido también en Europa y siempre vale la pena ver una puesta suya. Haber trabajado con él ha sido un privilegio que me entusiasmó mucho, así como seguir actuando con un artista del nivel de Joaquín, que venía de hacer “La vida es sueño” de una manera exquisita, que está muy formado académicamente, cuenta con una larga trayectoria en teatro clásico y con quien, por suerte, me llevé muy bien. Ojalá que esto se pueda volver a repetir, porque en un mes y medio de ensayos hemos logrado una comunión muy profunda.
—Curiosamente, se suele asociar a Furriel con la figura de un arquetípico galán televisivo. ¿A usted nunca le ofrecieron ocupar ese lugar?
—Es cierto que él ha interpretado varios papeles como galán de televisión, pero también es cierto que quienes lo conocemos sabemos que tiene una carrera maravillosa en teatro y que, en televisión, ha optado últimamente por otros personajes. Ahora, yendo a la segunda parte de la pregunta, la verdad es que a mí nunca me ofrecieron ser galán. Debe ser por la nariz que tengo, pero por suerte he podido trabajar en televisión igual (risas).
—Un tema que Búsqueda ha tocado últimamente es el de la naturalidad. Teniendo en cuenta que la gente ve tanto cine y tantas series de televisión y que, como ha declarado Norma Aleandro, a veces se confunde el lenguaje teatral con la sobreactuación, ¿cómo se logra el equilibrio entre la expresividad y la naturalidad? Porque la verdad es que uno sale del teatro y dice: “Este hombre actúa tan bien que parece que no actuara”.
—Pienso que tengo una tendencia a la hiperexpresividad, y entonces estoy peleando permanentemente por lograr ese equilibrio entre la expresividad y la naturalidad. Ojalá me siga saliendo, es algo en lo que me fijo siempre y me tranquiliza que usted lo haya notado. Aunque también es cierto que he interpretado a algunos personajes que estuvieron a punto de pasarse para el otro lado, algo que hay que evitar porque, aunque uno depende del material, de la obra, del encuadre o de la cinematografía que cada director propone, generalmente hay que evitar caer en lo grotesco.
—¿Pero el equilibrio le sale autómaticamente?
—No intuitivamente pero, al ser un actor joven con más de 20 años de contacto con el oficio, ya tengo interiorizadas ciertas cuestiones. Y esta es una de ellas.
—Usted ha dicho que no “muerde el anzuelo” cuando se trata de recibir premios porque el arte es muy subjetivo, aunque ha admitido que, una vez que es nominado, quiere ganar. Entonces, la pregunta es: ¿si todo es tan subjetivo, por qué ha obtenido premios tan prestigiosos? ¿Todos se han equivocado?
—Bueno, simplemente tengo la suerte de poder convencer a mucha gente de las mentiras que digo y pronuncio (risas). Y es cierto que es muy halagador ganar un premio, como me ocurrió cuando obtuve, recientemente, el Florencio Sánchez. Pero hace poco también perdí el María Guerrero.
—Sería interesante saber si usted esperaba que “Diarios de motocicleta” tuviera tanta repercusión y, además, cómo se sintió cuando Jorge Drexler ganó el Oscar por la canción “Al otro lado del río”.
—Sí sabía que nos iba a ir muy bien por el profesionalismo del equipo, por el rodaje que se planteó, en el que recorrimos toda América Latina, y por el nivel de la dirección y la magnitud de la producción, pero no me imaginé que tendría una repercusión tan impresionante. Fíjese que Woody Allen en “Match Point” incluye una escena en la que la aristocracia londinense va a ver “Diarios de motocicleta”. Ahí, uno dice: “¡Guau, qué importante!”. Y cuando me bajé del avión por haber sido nominado al Bafta y me reconocían en Londres, bueno, sentí algo que no me había imaginado. Ahora, respecto a Drexler, me dio mucha bronca que no pudiera cantar él su canción. La versión que hizo Antonio Banderas me dio un poco de pena, y me molesta el estereotipo de lo latino que suele necesitar Hollywood, el cual no tiene que ver con la diversidad cultural que tenemos. Pero que ganara Drexler el Oscar me llenó de orgullo. Imagínese que esa canción le conmueve a la gente que vio “Diarios de motocicleta” y a otra que no la vio, así que, con lo que significa para mí la película, cada vez que la escucho se me estruja el corazón.
—Finalmente, ¿qué película no se ha cansado de ver?
—No me he cansado de ver ninguna de Leonardo Favio.
—¿Y cuál es su mayor neurosis?
—La obsesión por el trabajo. A veces uno se concentra tanto que se termina lastimando y queda con moretones o tajos por todo el cuerpo, como me ha pasado en “Lluvia constante”. Y a veces uno directamente se mete tanto en el asunto que se olvida de que está actuando. Esa es la mayor neurosis: la obsesión tremenda por el trabajo y por comunicar una idea y un sentimiento.