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Uno de los grandes aciertos de la plataforma de streaming Netflix fue firmar en 2018 un acuerdo con el escritor estadounidense Harlan Coben para adaptar al formato serie varias de sus novelas. Y ha sido un gran acierto porque, hasta ahora, cada una de las producciones realizadas bajo dicho acuerdo suelen encontrarse entre los mejores estrenos de la plataforma. Y es precisamente Coben, un especialista en historias de violencia del presente vinculadas a una trama pasada, el responsable de Por siempre jamás(Disparu à jamais), una miniserie francesa estrenada el pasado agosto.
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Guillaume Lucchesi es un joven asistente social que vive en Niza, la bella ciudad del sur de Francia. Miembro de una familia acomodada, trabaja con jóvenes en situación de riesgo, especialmente con inmigrantes. Junto con su amigo Da Costa, conocido como Daco, manejan una suerte de casa comunitaria que ofrece apoyo social, económico y legal a esos jóvenes en problemas. La serie nos cuenta que hace 10 años, Guillaume fue testigo del asesinato de su exnovia y de su hermano a manos de un desconocido. También nos cuenta que las cosas no siempre son lo que parecen y que nuestra memoria puede traicionarnos. Y es justo en ese momento en que su novia del presente, Judith, desaparece.
De la misma forma en que fue un acierto de Netflix colaborar con Coben, en este caso adaptando su novela Gone for Good, de 2002, la miniserie francesa acierta al colocar la acción en manos de un grupo de asistentes sociales en lugar de policías. Tanto Guillaume como su amigo Daco están habituados a enfrentar situaciones de violencia y con conflictos legales, pero su perspectiva es distinta a la de quienes deben hacer cumplir la ley. Tan distinta que Guillaume, así lo dice en algún momento del primer capítulo, está convencido de encontrarse parado en la vereda de enfrente a la de la policía. Esto hace que el protagonista se mueva en un poco habitual terreno intermedio entre la ley y el crimen: sí, investiga y averigua, pero lo hace sin tener los privilegios legales que tienen los agentes de la ley. De hecho, en no pocas situaciones ese terreno en el que Guillaume se para a la hora de hacer sus averiguaciones lo hace rozar la ilegalidad. Esa mirada, la de quien se enfrenta a la violencia desde un ángulo distinto, es uno de los elementos distintivos de la serie.
Tal como ocurre en buena parte de las novelas de Coben, Por siempre jamás desarrolla la idea de que el bienestar económico suele reposar sobre un pasado más bien oscuro y bastante menos luminoso que el presente. También explora la idea de que eso que somos en el presente no necesariamente coincide con aquello que fuimos en el pasado. Así, la serie juega en diversos planos temporales: por un lado, el presente, en donde Guillaume intenta averiguar el paradero de Judith. Luego, el pasado distante, donde 10 años atrás el hoy asistente social presenció el asesinato de su exnovia y la muerte/desaparición de su hermano. Finalmente, los años intermedios, en donde se nos muestra la evolución de los personajes hasta llegar al presente. Los personajes son ricos, complejos y evolucionan a medida que avanza la serie. Los podemos comprender mejor a medida que la trama desvela sus misterios.
En términos visuales, Por siempre jamás hace especialmente notorio el contraste que existe entre las vidas de las familias privilegiadas de la ciudad, con sus amplias viviendas ajardinadas y vistas a la hermosa costa mediterránea, y aquellos con quienes trabaja Guillaume, enterrados en callejones sucios, malviviendo en descampados en ruinas, sembrados de condones y jeringas usadas. La Niza turística, parece decir la serie realizada por David Elkäim y Vincent Poymiro, está muy lejos de la Niza donde vive la mayoría de sus ciudadanos. Sin embargo, la violencia latente puede estallar en cualquier parte y en la serie lo hace sobre todo entre los privilegiados.
Como se encargó de recordar en su momento el maestro Ross MacDonald, los crímenes del pasado suelen ser el veneno familiar del presente. Alumno dilecto de MacDonald, Harlan Coben se ha especializado en sus novelas en esa clase de revelación drástica que ocurre en cámara lenta: si ves a una familia adinerada tambalearse en el hoy, es muy probable que la explicación de sus conflictos se encuentre en algún secreto interior, algún secreto familiar que viene corroyendo sus vínculos. Cuando los detalles de esa novela familiar sean expuestos, las claves de la violencia del presente, esa que enmaraña a los personajes, será explicada. Ese recurso de Coben, que funciona muy bien en la novela original, se ve reforzado en la serie gracias al cambio de escenario resultante de realizarla en Francia y hacer de su protagonista un personaje preocupado por ayudar a los más necesitados.
Mención aparte merecen las actuaciones, todas ellas firmes y convincentes. Se destaca el protagonista, interpretado por el joven actor franco-británico Finnegan Oldfield, quien logra colocar a su Guillaume en el cruce exacto entre el idealismo, la confusión y la firme voluntad de encontrar respuestas, sin jamás dejar de ser fiel a las ideas que guían su trabajo y también su vida. Muy convincente resulta el Daco de Guillaume Gouix, quien a medida que avanza la serie muestra una complejidad de carácter insospechada. Nailia Harzoune, quien interpreta a Judith, es solvente con un personaje que, como casi todos en esta serie, va revelando poco a poco sus misterios. Si algo deja claro Por siempre jamás es que aquello que vemos en la superficie de las personas nunca es suficiente para comprenderlas cabalmente. Y que el drama personal que cargan consigo difícilmente pueda ser reducido a conceptos puros como bondad o maldad.
Se le ha reprochado a Por siempre jamás que sea muy parecida a otras series de Netflix basadas en novelas de Harlan Coben. De hecho, se le ha reprochado a esta y otras series que sean resultado del famoso algoritmo que mide y calibra nuestros gustos y nos ofrece, bien masticado, aquello que nuestras preferencias parecen señalar. Sin embargo, las novelas de Coben fueron escritas hace años, sin ningún algoritmo de por medio, y esta miniserie francesa (son cinco capítulos) resulta bastante fiel a las ideas que guiaban el material original. A veces no hace falta un algoritmo para crear un buen producto, aunque pueda parecerse a otros. A veces alcanza con seguir la máxima que reza: “Si no está roto, no lo arregles”. Tal parece ser el caso de esta nueva y solvente adaptación del escritor estadounidense.