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Casi lo primero que vemos en El prodigio ( The Wonder, Netflix, 2022), dirigida por Sebastián Leilo y basada en la novela homónima de 2016 de Emma Donoghue, es a Lib Wright, el personaje interpretado por Florence Pugh, mientras come en la bodega del barco que la transporta desde Inglaterra hasta Irlanda. Casi, porque en realidad lo primero que se ve es el propio sound stage en el cual se filman los interiores de la película. Con un paneo se recorre el estudio, se entra en el decorado y comienza la acción con lo dicho: Pugh, comiendo ensopado. El recurso se refleja al final, saliendo del decorado de la última escena hacia el sound stage, donde una actriz repite una línea relacionada con un juguete que aparece a mitad de la historia. Todo muy metaficcional, profundo y levemente innecesario. Por fortuna la película, que está encajada entre estos paréntesis bastante inútiles, es prístinamente sólida.
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Que lo primero que haga Lib Wright sea comer no es casual. De hecho, repetirá la acción muchas veces en la película, con sólido apetito pero sin regocijo. Y es que Wright, enfermera de profesión, viuda, que perdió a una hija y pasó por los horrores de la guerra de Crimea (como Florence Nightinghale), es algo así como la representante de la nutrición, del sentido común y de la autopreservación en esta historia.
Wright es convocada a Irlanda como observadora, turnándose con una monja, de un caso que tiene revolucionada a una localidad rural: una niña de 11 años está desde hace cuatro meses sin probar bocado y, al parecer milagrosamente, se mantiene sana y bien. Quienes contratan a Wright son una especie de junta de notables del pueblo, una mesa llena de patriarcas cuyo primer contacto con la recién llegada enfermera implica, nótese la sutileza, impedirle comer su desayuno.
Wright conoce a Anna O’Donnell, la niña en ayunas, que vive con su humilde familia en las afueras del pueblo. Los O’Donnell, religiosos hasta el fanatismo, perdieron a su hijo varón hace poco y ven el supuesto milagro de Anna como una manifestación divina. Son, claro, católicos.
Al principio la enfermera se mantiene distante respecto a la niña y reacia a aceptar las explicaciones tanto místicas de la familia como científicas pero delirantes del médico local (Toby Jones). La filosofía no expresada de Wright es sencilla: para vivir hay que comer. Poco a poco, a pesar de no encontrar solución al misterio de la supervivencia sin comida, se va acercando a la niña y a un periodista, William Byrne (Tom Burke), que quiere escribir sobre el caso. También va entendiendo el trasfondo de la situación, la herida reciente de la Gran Hambruna que asoló al país y los conflictos presentes, religiosos, sociales y políticos (poco aprecio hacia Inglaterra, por ejemplo). Lo que se va desenvolviendo ante la mirada de Wright es un solapamiento de traumas colectivos e individuales, secretos oscuros, supersticiones, abusos, intereses y hasta amor genuino, profundo y muy muy descarriado.
Y cuando, como en una epifanía discreta, encuentra la solución al misterio, por supuesto está comiendo.
Interludio mundano
La actuación de Florence Pugh es contenida, firme, sutil, lo que puede sorprender a los que la conocieron como la hermana de Scarlett Johansson en Black Widow (2021, dirigida por Cate Shortland), como la menor de las March en Little Women (2019, dirigida por Greta Gerwig) o como la estudiante que termina cómoda e integrada en la secta de Midsommar (2019, dirigida por Ari Aster). Pero lo cierto es que el registro de Pugh es amplio como pocos entre las actrices de su generación, y como muestra bien sirven las tremendas pasiones enterradas que le afloran imperceptiblemente en momentos claves de El prodigio.
También es muy adecuada su elección para el papel porque en la vida real la comida le es cualquier cosa menos ajena. Rebuscando en YouTube se encuentra un video de la revista Vogue donde, vestida muy elegante y ante una mesa muy coqueta, se le dan a probar 11 platos típicos ingleses (es nacida en Oxford). No solo los prueba con abundantes muestras de deleite y entusiasmo, lo opuesto a la masticación utilitaria y decidida de su personaje en El prodigio, sino que los conoce perfectamente, los comenta y cuenta anécdotas y detalles de su familia, gente claramente de buen comer, y de sus propias costumbres culinarias. Durante la pandemia, en las épocas de encierro, pasó el rato subiendo videos a Instagram mientras cocinaba. En algunos aparecía bailando, pero en la mayoría lo hacía cocinando. Cuando se habla de una historia donde el acto de comer es central, Pugh es la elección perfecta si se busca a alguien que se lo tome en serio.
…y si no comemos nada…
La historia transcurre en 1862. Entre 1845 y 1849 Irlanda sufrió una hambruna atroz debida a una enfermedad de los cultivos de papas, y por atroz debe entenderse que el país perdió una cuarta parte de sus habitantes, casi 2 millones de personas, la mitad, muertos, la mitad, emigrados, a Estados Unidos casi todos. Tan grande fue la herida colectiva que se puede decir que la Irlanda que existe en la actualidad, con sus particularidades buenas y malas durante casi dos siglos, es consecuencia de esa hambruna.
En ese contexto se entiende que lo que le pasa a Anne no sea visto por los locales, ni siquiera por la familia de la niña, como algo revulsivo. Es gente que relativamente poco antes sobrevivió un holocausto de 1 millón de muertos. En la película se cuenta apenas una anécdota de la Gran Hambruna, y es lo suficientemente atroz como para dar idea de a qué sobrevivieron esas personas.
Los O’Donnell son católicos fervientes, y con ellos se plantea la segunda gran dicotomía de la película, luego de comer o no comer: fe o fanatismo. Como contraparte del dogmatismo exagerado de la familia no hay que mirar solo a la enfermera Wright sino a los religiosos “oficiales”. El cura local (Ciarán Hinds), parte de la mesa de notables que desencadena todo el asunto, es más mesurado y razonable, con limitantes, que otros miembros de la comisión, en particular los más nacionalistas. Y la monja que comparte la vigilancia con Wright (Josie Walker), casi muda, intrascendente e imperceptible durante todo el asunto, muestra su verdadero corazón durante una breve conversación final con la enfermera.
Lo que le pasa a Anne es un fenómeno tan católico como la hostia que supuestamente fue su última comida, y hasta tiene nombre propio: anorexia mirabilis. Es como la temible anorexia estética, que es flagelo en la actualidad, pero con connotaciones religiosas y a veces hasta bien mirada por la Iglesia católica. Tuvo su auge en la Edad Media, claro, cuando se registraron casos particularmente truculentos, pero no se limitó a la época, e incluso en la actualidad aparece algún caso por aquí o por allá.
…no somos nada
Hay una tercera dicotomía que refleja El prodigio (probablemente más, pero corresponde a cada espectador seguir interpretando), y es lo que se quiere recalcar con las escenas final e inicial, que rompen la cuarta pared de la narración. Una cosa es el espectador y otra es el espectáculo, viene a explicarnos a lo Perogrullo la voz de una actriz al inicio y su presencia mirando a cámara al final. Una cosa es lo que sucede y otra es lo que interpretamos. Una cosa es lo que le pasa a Anne y otra es lo que otros personajes dicen o creen que le pasa. En fin, filosofía.
El director de El prodigio, Sebastián Leilo, es chileno y llegó a las ligas mayores cuando su película Una mujer fantástica ganó en 2017 el Oscar a mejor film extranjero. A partir de ahí dirigió dos películas para la industria estadounidense, una de ellas, Gloria Bells(2018), remake de su propio film chileno anterior Gloria (2013), una de esas frecuentes piruetas poco entendibles que estructura Hollywood para mantener aceitadas las ruedas de la maquinaria. Tanto Gloria Bell como su melliza Gloria a secas son películas amables, competentes, entrañables, parte de ese subgénero no declarado que podría llamarse “Películas que terminan con su protagonista bailando con completo abandono”. Más desafiante y compleja es Disobedience (2017), donde Rachel Weisz interpreta a la hija descastada de una familia judía ortodoxa que vuelve a su comunidad para el entierro de su padre.
Una mujer fantástica, la oscarizada historia de una mujer transexual enfrentada a la prejuiciosa, conservadora y siempre a un paso de la violencia sociedad chilena, pudo considerarse el punto alto de la filmografía de Leilo hasta la llegada de El prodigio. Si bien la película es sólida, compleja y sensible, tiene sus detalles. El personaje central se retrata tan positiva, empática y cariñosamente que casi no parece una mujer trans real sino una especie de ser ideal ontológico. Además, Leilo utiliza el recurso de mostrarla reflejada en vidrios y espejos para sugerir la dicotomía del personaje, pero repite tanto el truquito que da para pensar si en realidad no trata de convencernos de que no es un vampiro.
De esos excesos conceptuales vienen las escenas de apertura y cierre de El prodigio, de discutible pertinencia, pero también sus tensiones dialécticas, su sutileza argumentativa y su narrativa de ritmo firme. Con esta su octava película Leilo alcanza, ahora sí, su potencial pleno, rozando la perfección formal. Podría sumarse a todo lo dicho la excelencia de una iluminación prodigiosamente tenue y lograda en interiores, de unos encuadres perfectos en exteriores, de una belleza visual abrumadora, mérito de la australiana Ari Wegner, o de una banda sonora sobrecogedora, espectral. Redondeando, un film que, si no alcanza la perfección, la roza. La tentación de cerrar la reseña con algún juego de palabras facilongo sobre lo digerible, sabrosa o nutritiva que es la película para un amante del cine es muy fuerte, casi irresistible, pero dejarse llevar no le haría justicia.