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    Una de hidalgos y caballeros

    Aún sin haber leído el libro, que es tan famoso como engorroso, casi todos saben que don Quijote era un hidalgo venido a menos en todos los sentidos del verbo salvo en aquel que apunta a las aspiraciones, pues el pobre hombre estaba convencido de su ilimitada capacidad para enderezar torcidos y deshacer entuertos. El ridículo espectáculo del hidalgo delirante que pintó Cervantes es obra de arte en tanto y en cuanto nunca podremos dejar de fabricar interpretaciones diversas, complementarias y contradictorias.

    Pero no menos delirante que el buen Alonso Quijano, alias don Quijote de la Mancha, era la sociedad hispana, abocada con cuerpo y alma al oficio de aparentar. El sueño era llegar a ser “gentes de suposición”, como gustaba repetir en sus obras Benito Pérez Galdós. Y es que un poco más, un poco menos, todo hijo de Iberia se consideraba de mejor linaje que su vecino. Por eso, la multiplicación de títulos y el culto al pergamino fueron un reflejo cultural y, al mismo tiempo, una condena nacional.

    Un dato compacto: en épocas del descubrimiento de las falsas Indias existían en España hasta treinta categorías de hidalgos y caballeros, amén de la gran inflación en el rubro marqueses, condes, duques, príncipes, grandes y vizcondes, que según aclarase Quevedo no eran condes bizcos.

    La venta de títulos para tapar los agujeros en las arcas del Estado hizo que España, en un par de siglos, se llenara de “aristócratas”. A comienzos del siglo XX, el 80% de la población en el norte de la península lucía un blasón de armas en su casa, por destartalada que fuera.

    La apariencia antes que nada. Como escribiese el gran Machado en su poemario: “Castilla miserable, ayer dominadora, envuelta en sus harapos desprecia cuanto ignora”.

    Quienes tenían oro se compraban la aristocracia. Quienes no lo tenían la conseguían por la fuerza, en el campo de batalla o en el lecho conyugal. Y quien no disponía de una cosa ni le funcionaba la otra, simplemente se autonombraba hidalgo y en el pueblo pasaba por tal. El Diccionario de la Real Academia Española destaca las siguientes categorías. Leer detenidamente el listado aclara el pensamiento, por lo que se aconseja.

    “Hidalgo de bragueta” era el hombre que con su esposa legal había tenido siete varones consecutivos. Eso sí: bastaba una nena en el medio y chau título.

    “Hidalgo de cuatro costados” era aquel cuyos abuelos paternos y maternos eran hidalgos.

    “Hidalgo de devengar quinientos sueldos” era el que por su posición tenía derecho a cobrar la cantidad de 500 sueldos en satisfacción de las injurias recibidas.

    “Hidalgo de sangre” era el que lo era por serlo de sangre, a diferencia del “hidalgo de privilegio”, que sin serlo de sangre obtenía el título por compra o por merced real.

    “Hidalgo de ejecutoria” era quien había litigado, logrando comprobar con ayuda de abogados ser hidalgo de sangre.

    “Hidalgo de solar conocido” era el que tenía casa solariega o descendía de una familia que la había tenido.

    “Hidalgo de gotera” (muy común en nuestras latitudes) era el que gozaba de privilegios de hidalgo en su pueblo, pero no al alejarse del mismo.

    A esta cantidad de hidalgos se les sumaban varias categorías de caballeros. “Caballero cuantioso” era el hacendado andaluz con obligación de mantener armas y caballos para defender las costas contra los moros. Bastaba que alguien gritase “hay moros en la costa” (que de ahí sale el dicho) para que los caballeros cuantiosos armasen batahola.

    “Caballero cubierto”, así llamado por ser Grande de España (o sea la crema de la crema). Como tal gozaba del privilegio de no quitarse el sombrero frente al rey. Práctico si andaba con la peluca casposa.

    “Caballero de alarde” era aquel que tenía obligación de pasar muestra o revista a caballo.

    “Caballero de conquista” era el conquistador con derechos sobre las tierras que conquistaba. Muy común en América hispana.

    “Caballero de espuela dorada” era el hidalgo de cualquier categoría que era armado caballero.

    Había más categorías. Para ser rápidos y concisos: “Caballero de la jineta”, “Caballero de la sierra”, “Caballero del hábito”, “Caballero de premia”, “Caballero de trinchera”, “Caballero en plaza”, “Caballero gran cruz”, “Caballero mesnadero”, “Caballero novel” y “Caballero pardo”.

    Cada uno de todos estos tipos nombrados tenía diferentes orígenes, méritos y privilegios. Pero todos estaban unidos por un común denominador: ninguno de ellos trabajaba con sus manos y ninguno de ellos pagaba impuestos.

    Vienen luego dos categorías que siempre me han parecido divertidas. Una es la del “Caballero de industria” y otra la del “Caballero de mohatra”.

    Mohatra es una palabra árabe que significa “fraude” o “engaño”. Por eso, el caballero de mohatra era aquel que se pavoneaba como caballero sin serlo: lo que por estas tierras hubiésemos llamado “Caballero trucho”.

    Mientras tanto, y para terminar, el “Caballero de industria” era “un hombre que con apariencia de caballero vive a costa ajena por medio de la estafa o el engaño”.

    ¡Llena, y más que llena desbordante, está esta pobre América Latina de caballeros de mohatra y de industria! Quijotes también circulan, pero no comen vidrio.

    (*) El autor es doctor en Historia y escritor