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    Una gloria centenaria

    No hay otro tango que aún perdure gratamente en la emoción de las gentes de todas partes, ni amontone sombras de tantas contradicciones que oscurecen su nacimiento y primeros pasos, y al mismo tiempo sea la causa de un conmovedor hecho objetivo: haber logrado la mayor difusión de una obra musical de carácter popular a lo largo de cien años.

    Ese tango es La cumparsita, un fenómeno muchas veces explicado de diferentes formas, que es igual a decir inexplicable. Un tango que extiende su leyenda, llena de oquedades, al paso de los años. Por estos días, al menos acá, se celebra un siglo de semejante éxito aunque no haya consenso acerca de las fechas en que fue compuesto y estrenado.

    Unos, de la mano de la simplificación, hablan de abril de 1917, cuando Roberto Firpo, entonces actuando en Montevideo, lo estrenó formalmente en el café La Giralda. A otros no les tiembla ni la voz ni la pluma para situar ese origen a comienzos de 1916, versión que nos llevaría a celebrar cien años y uno más: fue el día en que el estudiante de arquitectura, Gerardo Hernán Matos Rodríguez, a punto de ser veinteañero, apodado “Becho” e hijo de don Emilio Matos, dueño del cabaré Moulin Rouge, en esa época ubicado en Andes y Colonia, compuso, siendo apenas un pianista aficionado que no leía música, y con la ayuda de su hermana, quien escribió rudimentariamente la partitura, una canción, sin letra pero bailable, para la Federación de Estudiantes Universitarios, que solía desfilar y actuar durante la temporada de carnaval.

    Cuentan, otros, que cuando Becho escuchó a su hermana tocar La cumparsita al piano y luego logró hacerlo él, recién ahí “le sonó a tango”. Firpo ya estaba instalado aquí, presentándose en La Giralda, y al jovencito le nació un sueño: que el consagrado maestro argentino tocara “su obra”. Décadas después diría:

    —Creo que nunca pude hacer un tango igual. Luego compuse otros, musicalmente tal vez mejores. Pero La cumparsita encierra un mundo de ilusiones y tristezas, sueños y nostalgias que solo se viven en aquella edad.

    A Firpo no le disgustó, pero advirtió enseguida que le faltaba trabajo, ornamentaciones y, sobre todo, una parte: el tango ya se componía en tres partes y en la rústica partitura recibida solo había dos:

    —Le agregué unos contracantos para violín, una parte de un tango mío que había sido olvidado, La gaucha Manuela y hasta un pequeño tramo del Miserere de Verdi. Le pedí a un amigo, el pianista uruguayo Carlos Warren, que hiciera el arreglo general y me gustó: lo estrenamos, sin mucha pompa, la noche siguiente, pero lo toqué solo con dos músicos, “Bachicha” Deambroggio y “Tito” Rocatagliatta. ¡Fue un éxito impresionante! Al pibe lo sacaron en andas sus amigos. Antes de que terminara ese año lo grabé para Odeón y lo estrené, ya con presentación, orquesta completa y toda la parafernalia, en La Giralda, al año siguiente.

    Hay quienes aseguran que hubo una grabación anterior del grupo Alonso-Di Cicco. Y aquellos que les responden, aferrados a la “historia oficial” de Firpo, que la segunda placa correspondió a una versión de Juan “Pacho” Maglio. Lo cierto es que tras mieles iniciales aparecieron ácidos sabores: ya entrada la década de 1920, el tango canción había sentado reales. Y La cumparsita no tenía letra. Pero el destino…

    En junio de 1924 se exhibió en Buenos Aires la obra Un programa de cabaré, de Pascual Contursi y Enrique Maroni. En tales ocasiones se solía estrenar tangos: Contursi, fiel a un viejo hábito, escribió un poema que tituló Si supieras y eligió acoplarlo al olvidado y ajeno La cumparsita. Gardel lo grabó enseguida y… ¡se produjo la resurrección! De ese día hasta hoy, La cumparsita siempre estuvo en todos los escenarios imaginables.

    Matos Rodríguez, que había vendido en monedas sus derechos a la casa discográfica Brayer y pudo recuperarlos tras un rápido juicio —había firmado la venta siendo legalmente menor de edad—, montó en cólera, hizo su propia letra y demandó a Contursi y Maroni; el proceso duró casi treinta años y se cerró, muertos todos los protagonistas, con un laudo de Francisco Canaro, presidente de la Sociedad de Autores, en 1948: ochenta por ciento de los derechos de autor para los descendientes de Matos y veinte por ciento para los familiares de Contursi y Maroni.

    Quizás poco importen ahora estas aristas de la historia.

    Palabra de Becho:

    —Cuando hice La cumparsita fue un momento mágico. Y mágico terminó siendo su destino.

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