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El filme se inspira en los acontecimientos que condujeron al “Juicio de Auschwitz”, que tuvo lugar entre 1963 y 1965 en Frankfurt. En el proceso, 22 miembros de las Schutzstaffel del campo de concentración fueron acusados de ser cómplices en el asesinato sistemático de millones de personas. Durante ese tiempo, por medio de testimonios de 350 testigos de 19 países, Alemania se enfrentó con su pasado reciente.
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Para contar cómo se llegó hasta allí, el director y guionista Giulio Ricciarelli crea a Johann Radmann (Alexander Fehling: breve aparición en Bastardos sin gloria, participación menos breve en Homeland), fiscal idealista, obsesionado con hacer lo correcto. Radmann es epítome del estado mental y espiritual de una sociedad joven que mira hacia otro lado, que prefiere ignorar el ayer. Y, sobre todo, es un guía que lleva al espectador por el relato, cruzándose con personajes reales como el periodista Thomas Gnielka y el fiscal general Fritz Bauer, claves en el Juicio de Auschwitz.
El fiscal indaga en archivos y obtiene testimonios. En su cruzada se obsesiona con Josef Mengele y tiene pesadillas con él, lastimosamente dramatizadas. Porque el manual lo impone, a la narración se le injerta, de un modo burocrático, una historia de amor. Y del mismo modo también arriba una crisis en la que, borracho y paranoico, sale a la calle y prácticamente ve a sus compatriotas como una manga de nazis del primero al último.
La excelente reconstrucción y la intensidad de los hechos detrás de la ficción no son fuerzas suficientes para disimular el trazo grueso de Ricciarelli y para alivianar la molesta sensación de intranquilidad que produce tanta falta de sutileza en un filme que quiere impactar y, al mismo tiempo, mantenerse dentro de los límites de lo políticamente correcto. Todo no se puede.
Laberinto de mentiras (Im Labyrinth des Schweigens). Alemania, 2015. Dirección: Giulio Ricciarelli. Guion: Ricciarelli y Elisabeth Bartel. Con Alexander Fehling, André Szymanski y Gert Voss. Duración: 122 minutos.