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    Una murga inofensiva

    Hace un par de meses largos predije en este espacio que Jeremy Corbyn, el inefable líder del Labour británico, iba camino a ganar las elecciones internas. Así sucedió, con gran mayoría a su favor, además.

    El dato alegra a los simpatizantes de izquierda que sueñan con un pasado hermoso (un pasado hermoso que nunca existió, es menester agregar…) y alimenta las ilusiones de futuros tiempos gloriosos. En realidad, quienes sí tienen motivos para festejar son los otros partidos políticos británicos, y en especial los conservadores, los cuales gracias al éxito de Corbyn y su proyecto chavista se sienten verdaderamente atornillados en el poder.

    La experiencia izquierdista del Labour en Gran Bretaña no es nueva. Hay un antecedente inmediato en los 80, que convirtió al partido laborista en una poderosa máquina de perder las elecciones. Y sin embargo, Corbyn pretende ir más lejos que sus antecesores, con un programa que parece copiado de la ideología boliviariana: fuerte aumento de impuestos, grandes programas de nacionalizaciones, alejamiento de la OTAN, apoyo al radicalismo islamista y demás locuras de adolescente sin rumbo.

    Los analistas europeos formulan hoy una pregunta clave: ¿podrá un partido socialdemócrata europeo ubicado en una inusual posición de izquierda tomar el poder y concretar su programa?

    Personalmente, esa pregunta no me quita el sueño porque la respuesta no puede ser otra que no. Es, efectivamente, totalmente imposible que Labour, bajo la dirección de un Corbyn, pueda llegar, siquiera, cerca de la mayoría electoral en las próximas elecciones.

    Algunos datos son fundamentales. Por ejemplo: ocho de cada diez diputados de Labour firmaron una petición para sacar del medio a Corbyn. ¿Qué va a hacer Corbyn ahora que ha ganado las internas partidarias? Lo más probable es que lleve adelante una limpieza general, una purga de grandes dimensiones, y cambie a sus críticos por seguidores propios. Eso significa que el proceso de destrucción del viejo partido obrero de la izquierda británica tomará más velocidad aún.

    Otro ejemplo: gran cantidad de votantes obreros ya han abandonado el Labour. Se han ido espantados ante la afluencia de jóvenes radicalizados, grupos trotskistas e islamistas. O sea que la mayoría obtenida por Corbyn en las internas demuestra que su poder se basa en el exilio de votantes tradicionales y la llegada en masa de elementos radicalizados, deseosos de hacer una revolución anticapitalista.

    La cuestión que —por el contrario— me parece realmente interesante es entender cómo se ha dado este proceso. Es decir: cómo ha podido Corbyn copar un partido de masas y transformarlo, de hecho, en una secta condenada a la nada.

    A diferencia de Corbyn, la dirección del partido conservador no tiene vocación suicida. Se siente segura en el poder y sabe que puede sacar a luz sus diferencias internas, sobre todo las que tienen que ver con la decisión de abandonar la Unión Europea. Pero al no tener una oposición plausible, realista, potencialmente peligrosa, los conservadores cuentan con grandes márgenes de acción y se pueden dar lujos que no podrían con un Labour dirigido por alguien de la raza de Tony Blair.

    Se ha subrayado en varias ocasiones en este espacio: la izquierda europea no tiene una estrategia clara, no cuenta con un programa alternativo, no representa una alternativa creíble. Por eso, apuesta por un programa de centro-derecha que le rinde buenos éxitos (Suecia, Francia, Italia, Alemania, Dinamarca) o se diluye en partidos desmoralizados (España en primer lugar).

    Más allá de esas dos vías conocidas pasa la carroza alegre y despreocupada del populismo chabacán de un Podemos español o un New Labour británico.

    ¿Que con esa política irresponsable no se pueden concretar grandes reformas sociales y económicas en bien de los sectores menos favorecidos? ¿Y eso qué les importa a quienes solamente pretenden sentirse bien con su conciencia supuestamente revolucionaria?

    La izquierda, gran campeona en los torneos morales que ella organiza en su propio provecho, sigue sin ver la luz luego de que el imperio soviético (todo un marco de referencia, de una u otra manera) se viniera estrepitosamente el suelo.

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