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Si no hay sorpresas, hoy jueves 28, el Banco Central (BCU) informará que el Producto Bruto Interno (PBI) creció —en torno a 2%— en 2018, con lo que se encadenaron 16 años de expansión económica continua. Con la campaña electoral a pleno, desde el oficialismo se espera el dato para machacar con el mensaje de que el país se desmarcó de los problemáticos vecinos e infundir algo de optimismo, en tanto que los políticos de la oposición y sus economistas presumiblemente apuntarán a que hubo un virtual estancamiento pues solo empujaron algunas actividades, o que la inversión no termina de repuntar.
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Este ciclo empezó a mediados del 2003; al principio el crecimiento fue vigoroso como rebote después de la recesión previa, pero luego se enlenteció. Si las estadísticas confirman la expansión —cercana a 2% que ahora estima el ministro Danilo Astori, medio punto menos de lo que su cartera había proyectado inicialmente—, en los 16 años el PBI habrá acumulado un aumento de 90% en términos reales; calculado en dólares, pasó de US$ 33.400 millones (a precios de 2018) al inicio del ciclo a cerca de US$ 59.200 millones.
La primera placa del PowerPoint que utilizó Astori en su disertación del miércoles 20 organizada por la Asociación de Dirigentes de Marketing refirió al “período de crecimiento ininterrumpido más largo desde que se llevan registros”. Tomando datos de un estudio de 2012 que abarcó casi un siglo y medio realizado por Nicolás Bonino, Carolina Román y Henry Willebald —del Instituto de Economía de la facultad estatal— y del BCU, el ministro comparó el actual ciclo con los 10 años de duración del que se dio en 1973-1981, los nueve de crecimiento entre 1944 y 1951, y los ocho de 1922-1928, entre otros más cortos.
Con una mirada de historiador económico, Willebald señaló a Búsqueda que un dato relevante de la presente fase expansiva es que refleja una “moderación en la volatilidad” del crecimiento —o, dicho de modo simple, un ritmo más parejo que en el pasado— y, al mismo tiempo, con ciertas transformaciones productivas que, “al menos potencialmente, abren oportunidades de consolidación”.
“Éramos campeones”
A comienzos del siglo XX Uruguay fue —junto a Argentina, Australia, Canadá, Chile, Nueva Zelanda, Sudáfrica y Estados Unidos— una típica “economía templada”, como algunos autores caracterizaron a países no europeos que podían calificarse como “desarrollados” para la época. Pero como los otros latinoamericanos del grupo, Uruguay afrontó de forma “deficiente” —según Willebald— el desafío de transitar desde una sociedad de reciente asentamiento y muy especializada en commodities agrarios hacia una estructura productiva más diversificada y compatible con el nuevo paradigma tecnológico-económico que representaba el petróleo, el automóvil y la fabricación secuenciada. “Esta caracterización, con sus vaivenes, lo ha acompañado hasta el siglo XXI y que, parafraseando a Jaime Ross, podría expresarse con una de las estrofas del cancionero popular: “Uruguayos, uruguayos, donde fueron a parar. Antes éramos campeones, les íbamos a ganar”, ilustró el economista.
El ciclo actual muestra algunas señales alentadoras respecto de esa trayectoria oscilante. Según Willebald, parecería insinuarse el comienzo de un proceso de convergencia en el ingreso per cápita respecto a otros países más avanzados, que contrasta con la trayectoria vista desde los sesenta.
Apoyado en estudios del historiador económico Luis Bértola y otros investigadores, analizó que este ciclo expansivo se sustentó en altas tasas de formación de capital fijo (inversión) y una creciente participación de capitales foráneos –focalizada en sectores agroindustriales competitivos internacionalmente–, así como en un crecimiento de las exportaciones. Los commodities y servicios –muchos de ellos muy articulados con los rubros primarios– siguieron siendo la base: “La estructura productiva no experimentó, de hecho, transformaciones muy trascendentes y el ciclo expansivo ha estado fundado en las actividades agropecuarias y sus encadenamientos. Sin embargo, la mayor parte de estas últimas han mostrado cambios significativos en términos de productividad, progreso técnico, logística, transporte y política pública. Esto permitiría argumentar que el agro ha dejado de ser aquel tradicional e histórico sector característico de la estructura productiva de décadas atrás, para pasar a constituirse en un entramado de actividades modernas y con importantes ratios de incorporación de investigación y desarrollo, al menos a escala latinoamericana”.
En esa línea, para Willebald, hay evidencia en cuanto a que Uruguay tuvo, en el largo plazo, “cambios estructurales no despreciables, aunque irregulares, y con ritmos menores a los de economías comparables que, muy probablemente, lo hayan colocado en trayectorias de expansión por debajo de las que las ‘condiciones iniciales’ hubieran permitido prever”.
Crisis y “oportunidades”
Un hecho, según él, todavía poco estudiado es que alrededor de cada episodio de crisis —las dos severas del siglo XIX (1872 y 1890), la de los años previos a la Gran Guerra, la de principios de 1930, la de finales de la década de 1950, la de 1982 y la del reciente cambio de siglo— la economía uruguaya pareció reaccionar con una “vuelta atrás” en su transformación estructural en busca de las “ventajas comparativas tradicionales” que, por ejemplo, capturaba el agro. Así, para el economista, lo que hubo fueron cambios estructurales “a los empujones”, frente a los cuales la política pública mostró “serias dificultades de actuar pues requeriría de estrategias de mediano a largo plazo, tolerantes” con esos retrocesos y “capaces de consolidar el crecimiento con bases sólidas de expansión, donde las condiciones tecnológicas resultan fundamentales”.
Otra característica del actual período con mayor actividad productiva año tras año, es que parece un proceso más estable que lo visto en el pasado. “En otros términos, el reciente no solo se trata de un ciclo de expansión extenso, sino que, además, coincide con un período de menor volatilidad” en el crecimiento que la literatura identifica con el concepto de “gran moderación”, observó Willebald. El punto es “muy trascedente” dadas las dificultades que Uruguay ha tenido a lo largo del tiempo para crecer de manera estable, resaltó. Además, recientemente, desde la historia económica nueva evidencia da cuenta de que, en una perspectiva de muy largo plazo, la mejora en la performance económica de los países parece tener mayor relación con la menor frecuencia de episodios de crisis –caídas en su Producto– que con tasas de expansión más elevadas.
Para el investigador, lo destacable del ciclo que atraviesa Uruguay es, por un lado, esa “moderación en la volatilidad” en su expansión económica y, por otro, las transformaciones al interior de las actividades productivas que, potencialmente, “abren oportunidades de consolidación”. Que se concreten o no dependerá del “adecuado balance de las fuerzas últimas del crecimiento y el desarrollo, expresadas en condiciones tecnológicas, institucionales y de relaciones de poder. Allí está el gran desafío de la próxima década”.