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    Uruguay perderá “varios trenes” si espera a revertir el rezago en Secundaria sin avanzar en la educación terciaria y superior

    “Planificar el Presupuesto cada año es una forma nefasta de concebir las políticas públicas”, dice Arim

    Rodrigo Arim piensa y habla rápido. Al punto de que suele pisar o saltearse palabras para completar ágilmente una idea. El decano de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de la República (Udelar), a veces, se precipita y corrige, como cuando levantó olas por su tuit sobre el rechazo a perros y mexicanos en un café de Pocitos. Y en otras tantas queda preso de las dinámicas universitarias. El docente e investigador estuvo a punto de abandonar su decanato. Es más, varias veces debió sentirse afuera. Pero haber avanzado en los planes de estudio que impulsó en su primer período (2010-2014) y haber vencido ciertas resistencias del orden docente de la Facultad le abrieron un panorama totalmente distinto para continuar dirigiendo hasta junio de 2018.

    Arim está convencido de que “generalizar” la educación terciaria es el “gran desafío” de Uruguay. Acceder a la formación universitaria es “la” carta de inserción laboral del siglo XXI, un “diferenciador clave” ante los trabajos tecnológicos, que no lo fue en gran parte del siglo XX, porque entonces la equidad se jugaba en la educación secundaria. Pero de no hacerlo, y pronto, el país perderá “varios trenes”.

    “Si Uruguay no logra revertir la tendencia de crecimiento —muy lento— del nivel educativo de sus cohortes más jóvenes, aumentará la desigualdad” que logró acortar desde la crisis económica del 2002, advierte.

    Antes de ser decano, Arim fue docente e investigador en el Instituto de Economía de la Udelar, director de investigación del Instituto Cuesta Duarte del PIT-CNT, consultor del BID, de la Cepal y del Banco Mundial, y director de Políticas Sociales de la Oficina de Planeamiento y Presupuesto. También integró el Consejo de la facultad como delegado del orden estudiantil y del docente.

    Lo que sigue es un resumen de la entrevista con Búsqueda.

    —Meses atrás, en una conferencia organizada por la Asociación de Bancarios, usted advirtió que sin “respuestas” políticas en educación y empleo crecerá la desigualdad social en Uruguay ¿Por qué?

    —Lo voy a intentar responder con un razonamiento que no es mío, sino que desarrollan dos economistas de Harvard, Claudia Goldin y Lawrence F. Katzy, en el libro The Race Between Education and Technology. Primero, la tecnología es la principal fuente de bienestar de las sociedades modernas. Todo el cambio tecnológico implica potenciar la capacidad productiva del ser humano en sociedad y nos permite disfrutar, en general, de más bienes, más servicios, mejor calidad de vida. Pero también puede ser muy disruptiva para quienes están muy atados a puestos laborales en juego por el cambio tecnológico, sesgado a favor del trabajo calificado. Eso quiere decir que si la demanda relativa por trabajo calificado se ha dislocado hacia arriba —por cada punto del PBI se demanda cada vez más trabajadores calificados —, y si esa oferta laboral disminuye, habrá un problema de desacople.

    —¿Dónde está ese problema?

    —El problema no es la tecnología. El problema es cuando el ritmo en que crecen las capacidades de las personas —fundamentalmente en la educación formal— no se ajusta a las demandas por sus capacidades. Se da un desacoplamiento entre capacidades ofrecidas y demandadas, y eso es muy tensionante en el mercado de trabajo. Eso explica por qué aumentó el salario relativo de los trabajadores con títulos de grado universitario respecto al resto de la sociedad en el mundo desarrollado en los últimos casi 40 años.

    —¿Y en Uruguay?

    —En la primera década de este siglo no pasó eso en Uruguay porque hubo medidas políticas, además de otros factores, que compensaron estas diferencias. Pero si Uruguay no logra revertir la tendencia de un crecimiento muy lento del nivel educativo de sus cohortes más jóvenes, aumentará la desigualdad. Es un problema de política inminente. Si queremos vivir en una sociedad más equitativa, necesariamente, hay que actuar en este plano.

    —¿Y hoy qué pasa con ese trabajador que a mediana edad queda sin empleo?

    —Hay que desarrollar muchas más políticas activas de empleo para afrontar la transformación del mercado de trabajo. La peor respuesta es mantener un puesto de trabajo solo para que el individuo lo siga ocupando. Se trata de proteger al trabajador, no al puesto de trabajo.

    —¿Qué estímulos genera la universidad a los estudiantes frente a la realidad laboral?

    —No es la Udelar, sino el país quien tiene que definir eso. No es a la Udelar que le toca decidir cuántos ingenieros forestales, abogados o economistas necesita el país. La Udelar tiene que preservar una lógica de formación de amplio espectro y el país orientar a los estudiantes a ciertas áreas que considere estratégicas para el desarrollo nacional a largo plazo.

    —Y entonces, ¿qué rol cumple la educación terciaria?

    —El desafío que tiene Uruguay no es solo quebrar la tendencia al estancamiento o a un crecimiento —muy lento— del egreso de Secundaria, el país debe apostar a la generalización de la educación terciaria y superior. Las economías más dinámicas están logrando que sus jóvenes alcancen estándares de formación mucho más elevados. Como dijo el premio Nobel de Economía (2015), Angus Deaton, si el problema de la equidad se jugaba en el siglo XX en el porcentaje de estudiantes que terminaban Secundaria, hoy se juega a nivel terciario. Acceder a la educación terciaria y superior en el siglo XXI es la carta de inserción laboral dinámica, es un elemento diferenciador clave, que no lo fue en buena parte del siglo XX; entonces el problema de la equidad se jugaba en Secundaria. Apostar a generalizar la educación terciaria es el gran desafío que tiene el país.

    Las universidades privadas generan oferta educativa en áreas que atienden las demandas de mano de obra del mercado. ¿Interpretan mejor la realidad que la Udelar?

    —No comparto esa visión. Por supuesto que una institución pequeña que opera en el derecho privado puede reaccionar más rápido ante ciertos estímulos. Pero también es cierto que hay enormes áreas del conocimiento que, por los costos que implica formar a profesionales, las privadas prácticamente no ofrecen formación. Y eso no tiene que ver con la demanda de mercado o con las necesidades de esos profesionales o el desarrollo del país, sino con la sustentabilidad financiera de esas instituciones. ¿Alguien puede negar que Uruguay necesita ingenieros forestales? Estos solo se forman en la Udelar.

    —Cuatro de cada 10 jóvenes de 18 años terminan Secundaria, y de esos cuatro, no todos tienen nivel universitario, dijo a El Observador TV el rector de la Universidad Católica, Julio Fernández Techera. ¿Qué opina de eso?

    —Yo con ese diagnóstico suelo discrepar. Porque es ubicar en la educación Secundaria un problema que pasa a ser de la terciaria. Si los estudiantes arriban a la universidad con bajo nivel de educación, quienes tenemos la obligación de dar respuestas institucionales, pedagógicas, metodológicas y estrategias somos nosotros. No basta con decir que el problema es que llegan con bajo nivel. Es un desafío enorme, porque implica que los docentes logremos adaptarnos a nuevas prácticas educativas que no son sencillas.

    —¿Y los docentes cuentan con la formación adecuada para cumplir ese desafío?

    —Claramente no la hay. Los docentes universitarios, en general, no tenemos una formación específica para trabajar en condiciones de masificación, con estudiantes que provienen de contextos muy distintos y con formación de base desigual. Pero eso es parte de un desafío institucional. No podemos esperar a ver cómo se revierte el atraso en Secundaria para entonces recién avanzar en educación terciaria y superior, porque en ese caso vamos a perder varios trenes.

    —Según el rector Roberto Markarian, casi una tercera parte de los estudiantes no terminan los dos primeros años de carrera. ¿Qué costo implica eso?

    —No es un problema de costos. Si uno ve los costos de nuestros profesionales, son mucho más bajos que en otras partes del mundo. El problema es que Uruguay necesita un arreglo institucional que le permita al estudiante circular y continuar con su formación. La Udelar es el principal instrumento masivo de políticas públicas a nivel terciario. Tenemos que pensar en cómo hacer para que ese 15% o 30% de estudiantes que abandonan en los primeros años puedan seguir formándose a nivel universitario. Esa es una respuesta que tiene que dar la Udelar y, antes, el país.

    —¿En ningún caso cambiaría el sistema de libre ingreso?

    —El examen de ingreso o similares no funciona como un bloqueo para el acceso. Son mecanismos de selección muy discutibles, porque quien no ingresa a una institución puede hacerlo en otra. Uruguay no necesita elevar más barreras, necesita hacerlas caer. La masificación en la educación terciara es una buena noticia, porque no están ingresando demasiados estudiantes, sino demasiado pocos. Eso no quiere decir que la Udelar no desarrolle pruebas diagnósticas para evaluar en qué condiciones entran, y sugerirles trayectorias para su futuro.

    —Hay una generación de jóvenes que hoy tiene una forma de relacionarse con la política distinta a la de otras épocas. ¿Perdió poder seductor el sistema político en la academia?

    —No tengo una lectura tan pesimista. Uno de los riesgos de toda institución que se rige en términos de democracia deliberativa es la falta de participación, pero eso tampoco es algo exclusivo de la Udelar. Tiene que ver con otras perspectivas vitales y formas de participación. Del 2005 para acá la Udelar ha tenido una mejor dotación presupuestal y ha generado que jóvenes formados en el extranjero con niveles de doctorado opten por regresar. La preocupación de los jóvenes tiene que ver con el desarrollo de una carrera académica, y eso predomina sobre otro tipo de vertientes, como la de combinar la militancia política con la vida universitaria. Si la Udelar no tiene la capacidad de incentivar esos retornos, perderemos una generación completa de jóvenes profesionales. Ya nos pasó a fines de los 90 y principios de este siglo. Uruguay tiene que asumir que debe mantener una inversión firme en educación, porque debe cambiar algunas tendencias.

    —¿La asignación presupuestal es suficiente para esos fines?

    —Hay dos elementos complejos. Por un lado, la dotación global presupuestal, que efectivamente se enlenteció y las noticias que recibimos con la Rendición de Cuentas no son buenas. El otro elemento tiene que ver con la lógica de construir presupuestos parciales. Este diseño tiene como objetivo lograr cierta consistencia macroeconómica, pero subestima los efectos sobre la eficiencia de las instituciones. Planificar el Presupuesto cada año es una forma nefasta de concebir las políticas públicas, sobre todo para la educación, porque genera un mecanismo de estrés anual, y porque pierdo horizonte de planificación. Las decisiones que tomaré como decano serán de peor calidad en el mediano y largo plazo que las que tomaría con ciertas certezas, aun con un presupuesto menguado.

    Información Nacional
    2017-07-13T00:00:00

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