— ¿Cómo define hoy las tendencias del hambre del mundo?
—Después de años en los que las cifras del hambre se fueron reduciendo, hace dos años las tendencias se invirtieron y se pasó de 790 millones de personas que pasaban hambre en 2016 a 815 millones en 2017 y a 821 millones en 2018, según los monitoreos e informes anuales que realizamos.
Eso se debe a muchas razones, pero en particular al aumento de conflictos armados. Esto no quiere decir que muchos países del mundo que realizan inversiones sociales correctas no sigan disminuyendo los números de personas con hambre, sino que millones de personas han sido empujadas hacia esa situación por esos niveles de enfrentamientos. Donde hay guerra, hay hambre.
—¿Cuál es la situación actual y cuáles son las perspectivas de la pobreza y el hambre en Latinoamérica? ¿Ese problema está vinculado al actual modelo de producción de alimentos, específicamente a la concentración de los negocios en grandes empresas y cada vez menos productores agrícolas y ganaderos?
—La muy alta concentración de la tierra es una característica ancestral de América Latina, que tiene sus raíces en la conquista. Al lado de estas inmensas propiedades, hemos tenido millones de minifundistas y habitantes rurales sin tierra. La hacienda (estancia) ha sido una de las instituciones más duraderas de la historia regional.
Durante siglos, la pobreza rural y el hambre no han sido independientes de esta estructura agraria. Hay que remarcar que cuando se concentró la tierra, también se afectó la distribución del poder económico y del poder político.
“El problema hoy es cómo cada persona en Uruguay se alimenta saludablemente. Y ahí ya no somos campeones, sino que vamos atrás en la carrera y empeorando”.
En la actualidad las grandes corporaciones agrícolas tienen una lógica de funcionamiento que es muy diferente a la de la antigua estancia, ya no es una conducta casi feudal como antaño, sino una conducta propia de empresas capitalistas modernas.
El desigual acceso a la tierra sigue afectando a unos 12 millones de los 15 millones de agricultores familiares de nuestra región y a un enorme número de trabajadores agrícolas sin tierra. En muchas zonas de nuestra región, pensemos por ejemplo en la región andina, Mesoamérica o el nordeste brasileño, la concentración de la tierra en muy pocas manos, sí se relaciona con la pobreza y el hambre.
Por otra parte, en otras zonas de la región, ese tipo de grandes inversiones ha generado millones de empleos que han beneficiado especialmente a mujeres rurales.
—Uruguay registró megainversiones de compañías escandinavas para la producción de pasta de celulosa. Si bien esos proyectos forestales generan empleos y reactivan por un tiempo la economía de los países, también tienen un impacto en la biodiversidad y en el medio ambiente. ¿Qué opina sobre ese asunto?
—Uno de los temas que más ocupan a FAO en América Latina y el Caribe es la dimensión ambiental de la agricultura. Le doy un ejemplo: FAO prepara su plan de trabajo por bienios y con base en las demandas o prioridades que nos presentan los países.
Para el bienio 2018-2019, las demandas asociadas a asuntos ambientales de la agricultura, la ganadería, la pesca o la actividad forestal aumentaron 47%, respecto del bienio anterior. Es decir, la relación entre agricultura y medio ambiente es uno de los temas centrales del sector y, por lo tanto, del organismo.
Dentro de la problemática ambiental, la relación entre biodiversidad y agricultura es una de las más importantes. Tradicionalmente ha sido una relación de antagonismo. En la FAO estamos trabajando activamente con los países en lo que llamamos “transversalizar la biodiversidad en la agricultura”. Es decir, impulsar y apoyar las políticas, regulaciones, incentivos, innovaciones e inversiones que nos permitan pasar de una relación “perder-perder” a una de “ganar-ganar”.
Ello es perfectamente posible porque en el mundo cada vez se instala con mayor fuerza una idea de calidad de los productos agrícolas, que incluye el efecto que la producción haya tenido sobre la biodiversidad. Por el otro lado, el mundo ambiental se da cuenta de que los agricultores, especialmente las comunidades indígenas y de agricultores familiares, son y pueden seguir siendo los mejores conservadores de la biodiversidad, con la que han convivido desde siempre.
— Analistas plantean que la región está destinada a ser un proveedor de materias primas para que China las industrialice, lo que significa una pérdida de oportunidad para generar empleos y mejorar los ingresos. ¿Usted advierte alguna alternativa a ese escenario? ¿Coincide con esa visión?
—No es tan simple responder sí o no a esta pregunta. Desde una perspectiva global, el comercio mundial de alimentos es una parte central e irremplazable de la solución al hambre y a la pobreza rural. ¿Podría China haber sacado a cientos de millones de personas de la pobreza sin importar estos productos de nuestros países? Probablemente no, así que si usted es una persona que le importa el tema de la pobreza y del hambre en el mundo, y no solo los pobres y subalimentados de su país, entonces hay que pensar dos veces la respuesta.
El otro lado de la moneda es que es evidente que en América Latina y el Caribe no hemos sido capaces de dar el gran salto de economías muy dependientes de producciones primarias, sean estas soja o petróleo o cobre, hacia economías con más innovación, con más inteligencia y trabajo calificado que es incorporado en lo que ofrecemos al mundo.
Y hay muy buenas razones para creer que dar ese gran salto será difícil, muy difícil, que nuestros países alcancen lo que es propiamente un nivel de país desarrollado, que no es lo mismo que país rico, cuando estamos en un ciclo favorable de precios de los commodities.
Hay bastante acuerdo en lo que tendríamos que hacer para poder dar ese salto. Cosas como más ahorro, más innovación, educación universal de la más alta calidad, equidad de género y, muy especialmente, reglas del juego que nos aseguren que mi futuro dependerá principalmente de mi esfuerzo y no tanto de la posición social de mis padres o del color de mi piel. Entonces, si más o menos sabemos lo que hay que hacer, la pregunta es por qué hemos sido incapaces de llegar ahí. La respuesta hay que buscarla en el enorme desequilibrio de poder asociado a la desigualdad. En el ámbito del mandato de la FAO, eso nos lleva a dar una prioridad a los agricultores familiares, a las mujeres rurales, a los indígenas, a los países más pobres.
—En Uruguay, que tiene algo más de tres millones de habitantes, el gobierno sostiene que la producción agropecuaria permite alimentar a unos 28 millones de consumidores. Eso implica que hay una oferta asegurada de productos, pero ¿cuántos consumidores pueden acceder a esos alimentos considerando el precio que tienen en el mercado? ¿Ese no es otro desafío para los gobiernos pensando en la seguridad alimentaria?
—En países como Uruguay casi todos pueden acceder a lo más básico de la alimentación, que es la disponibilidad de suficiente energía, es decir de las calorías mínimas para funcionar bien día a día. No es poca cosa. En América Latina y el Caribe solo un pequeño puñado de países lo han conseguido y Uruguay es uno de ellos. Para ese estándar, Uruguay no tiene mayor problema.
“El desigual acceso a la tierra sigue afectando a unos 12 millones de los 15 millones de agricultores familiares de nuestra región y a un enorme número de trabajadores agrícolas sin tierra”.
Pero ese no es el punto para Uruguay. Eso es como si estuviéramos satisfechos porque todos los uruguayos tienen seis años de educación escolar. A lo mejor esa era la gran aspiración hace 100 años o más, pero ya no tiene sentido que nos midamos con esa vara.
El problema hoy es cómo cada persona en Uruguay se alimenta saludablemente. Y ahí ya no somos campeones, sino que vamos atrás en la carrera y empeorando. Nos estamos convirtiendo paso a paso en un país con más gordos y obesos diabéticos e hipertensos. Y ese es el estándar que tenemos que aplicar al día de hoy, no solo comer suficiente sino comer sano, entonces sí es muy probable que tengamos un porcentaje no menor de la población que carece de suficientes ingresos para llegar a ese estándar.
No tenemos una estimación para Uruguay, pero en Chile el 27% de la población tiene ingresos que no le permite comprar una alimentación saludable todos los días; es probable que en Uruguay no estemos demasiado lejos de esa cifra.
—El Cono Sur se transformó en uno de los mayores proveedores de soja en el mundo y algunos científicos y ambientalistas cuestionan el impacto negativo de esa actividad. ¿Qué opina sobre ese tema?, ¿la FAO puede incidir en las políticas agropecuarias de los países en cuestión?
—La FAO está a favor de la buena agricultura. Y la buena agricultura en el mundo moderno no es la que es extraordinariamente productiva y punto y final. La buena agricultura es la que es productiva, competitiva, innovadora y además, ambientalmente sustentable y socialmente incluyente.
La agroecología es una de las formas de llegar a esa agricultura, no es la única, pero es una que miramos con interés.
Agro
2018-10-18T00:00:00
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