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Samuel Langhorne Clemens (1835-1910), más conocido como Mark Twain, fue lo más parecido a todos los hombres envasados en uno solo: vagabundo en Missouri luego de dejar la escuela a los once años, impresor, piloto de barcos por el Mississippi, soldado confederado durante la Guerra de Secesión, minero en Nevada, periodista y corresponsal de éxito en Hawái y Europa y escritor (por todo lo previo, no por las consecuencias) de renombre al publicar Las aventuras de Tom Sawyer y Las aventuras de Huckleberry Finn.
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Twain escribía y escribía, y este tomo de más de mil páginas con sus Cuentos completos (Penguin clásicos, 2016, $ 420) es una prueba de su indomable vocación por las historias. Nunca diferenció ni le importó si se trataba de algo real o ficcionado. El placer y la habilidad de este gigante de las letras norteamericanas es la narración oral o escrita en todas sus dimensiones, con la precisión si la letra debe ser exacta o con la sugerencia si debe ser abierta en materia de significados.
Twain escribe sobre una curiosa hermandad que viaja en tren y practica el canibalismo, pero también sobre las verdades y las infamias en el periodismo que por aquel entonces se practicaba en Tennessee.
Twain escribe sobre fantasmas en desolados edificios de Broadway y sobre hadas que reparten dones. Y, por supuesto, sobre el arte de rematar historias, de ponerles fin, un entretenimiento al que se daban los ociosos fumadores en los barcos.
Twain escribe sobre el tiburón, que es “el pez más veloz de todos los peces” y sobre los cazadores y sus hijos, que cazan con una escopeta de perdigones y sobre agradables pueblitos como Lakeside, cuyas “iglesias podían acoger hasta treinta y cinco mil feligreses” o Hadleyburg, “la población más honrada e íntegra de toda la región” hasta que llega un forastero y la corrompe.
Un libro para agendar en las vacaciones y disfrutar con su variedad de enfoques, geografías, personajes y situaciones. La gran literatura es, por encima de todo, aventura.