Cuando empezó a navegar no había alojamientos ni baños para mujeres. Tampoco existían directivas sobre el uso de uniforme, maquillaje o peinado.
Al promediar la charla, Sorrenti contará sobre la compleja intimidad familiar para quien es mujer militar y madre a la vez. “Hay que saber plantarse ante una brigada, y ni le cuento embarazada”, dice. Y al evocar esas anécdotas parece sorprenderse a ella misma. Su relato, no exento de pasión, es racional, sin nota de exageración. “Este es un mundo muy masculino, pero eso es cultural, se puede cambiar”.
Navegar
La oficiala Sorrenti nació en Montevideo hace 38 años, 20 de ellos de carrera en la Armada. Con su padre y referente profesional, Ítalo Sorrenti, capitán de navío retirado, solía embarcar de niña. “Mi primera navegación fue en un barreminas, viajamos desde acá a La Paloma. Yo tenía nueve años y el comandante era mi padre”, relata. Su padre también fue uno de quienes trajo estos barreminas desde Alemania en 1991.
“¿Estás segura de que querés hacer esta carrera? Mirá que a veces es muy dura y, además, ser la primera mujer...”, le previno su padre. “Yo voy a probar, le dije, y me tiré al agua nomás”.
Su pareja es el capitán de Navío Andrés Debali, con quien tiene dos hijos, Tomás y Juan Francisco. Formar familia fue una decisión profesionalmente “complicada”, afirma, porque “implica renuncias, como desembarcar por un tiempo”, que en su caso aprovechó para recibirse de contadora pública en la Universidad de la República.
En 1999 la Escuela Naval habilitó el ingreso de mujeres y Sorrenti probó suerte. Cursó el preparatorio naval, equivalente a sexto de Ingeniería de Bachillerato, que ofrece pase directo a la Escuela Naval, sin examen de ingreso. Era la única en 150 alumnos varones.
Sorrenti quería ser marina militar. No tenía aún 20 años cuando solicitó una excepción por un tema de género y permiso especial para hacer el reclutamiento como todo aspirante, pero el reglamento exigía ser “oriental, soltero, masculino”, excepto para la Marina Mercante. “Yo lo sabía, pero igual dije: ‘Bueno, así como se hace excepción por la edad, me gustaría hacer una solicitud de excepción por el género’. Y lo hice”.
Para entonces la Fuerza Aérea y el Ejército ya habían permitido el ingreso de mujeres; la Armada era una excepción.
Así es que el último día para el reclutamiento llegó la autorización “de excepción”, pero solo podía optar entre Administración o Prefectura, no para Máquinas ni Cuerpo General, que era a lo que ella aspiraba: trabajar en la parte de cubierta, maniobras, armas. Otra vez le respondieron que eso no era posible, y ella retrucó: “Bueno, pero yo quisiera que conste en actas que yo podía haber elegido y elegí Cuerpo General, porque yo lo que más quiero es navegar”.
Más adelante la Armada habilitó el ingreso de mujeres a todas la opciones y Sorrenti pidió enseguida el cambio a Cuerpo General, aunque solo tenía tres opciones: abandonar la escuela, repetir el año o dar todo los exámenes libres de esa orientación. Salvó todo en un mes y al cursar cuarto año fue designada la primera brigadier, a cargo de unos 25 alumnos.
Dice que mucho cambió “sobre la marcha” y con la experiencia de esas primeras oficialas. A su derecha, el capitán de Fragata Marcelo Da Silva, a quien relevará en el cargo, asiente, discreto, como siguiendo un guion conocido. Y es que él era el subbrigadier encargado cuando entró la primera generación de mujeres.
Según comenta Da Silva a Búsqueda, lo de Sorrenti fue “un verdadero quiebre del sistema institucional”, porque “ella cargó con la mochila de ser la primera y también la excepción a la regla en casi todo”.
“¡Ella fue segunda comandanta de este barreminas con cinco meses de embarazo! Ya no iba a entrar por el tambucho (por la abertura en la cubierta para acceder al buque)”, bromea con la familiaridad que dan los años de compartir destinos.
Sorrenti se recibió en 2003, su primer destino fue la fragata Montevideo como oficiala de Artillería con 30 subordinados, todos varones, y pronto surgió un nuevo escollo. Como todo guardiamarina debía prestar servicio en el Capitán Miranda en una travesía de cinco meses, por lo que hubo que habilitar un espacio femenino acondicionado con alojamiento y baño separados.
La situación entonces le provocó incertidumbre. “Pero después de tantos años me doy cuenta de que era más un prejuicio por estar al frente de un personal acostumbrado a una estructura de mando masculina y de repente viene una mujer de 21 años a dar órdenes. ¡Ups! Pero todos lo tomaron como lo que debe ser: normal”.
En estos 20 años en la Armada, “nunca” tuvo un problema por cuestiones de género. “Nunca —insiste—, y eso que ni siquiera sabían cómo dirigirse a mí. Unos me decían ‘señora’, otros ‘señor’. Llevó años reglamentar que a la mujer se le dice ‘señora’, y ya está”.
Audaz
Con sus 56,7 metros de eslora, 7,8 de manga y 2,4 de calado, 506 toneladas y una velocidad máxima de 15 nudos, el ROU 34 Audaz adiestra en las maniobras de minado y contraminado, participa en operaciones locales e internacionales, cumple tareas de búsqueda y control de las aguas jurisdiccionales, y de apoyo a buques de investigación científica e instrucción de la Escuela Naval. La denominación de estos buques se origina en los nombres de las primeras embarcaciones que recibieron patente de corso por el prócer José Artigas. “Nuestra audacia es vuestra desgracia”, reza el emblema de su escudo.
El barreminas Audaz cuenta con un cañón y una ametralladora, con capacidad para 36 tripulantes (siete oficiales y 29 subalternos), comandados desde mañana por la oficiala Sorrenti. “Hoy la incorporación de la mujer está más naturalizada”, asegura ella, y entonces cuenta que “algo tan obvio” como el uniforme o el calzado tuvo que reglamentarse: desde la gorra a la pollera, pasando por el maquillaje, el peinado, las caravanas y el color de las uñas.
Después de aquella primera travesía en el Capitán Miranda destinaron a más mujeres a barcos con mejor disponibilidad de alojamiento. Entre 2005 y 2007 Sorrenti estuvo en la fragata Montevideo como oficiala de Artillería, y también era la única mujer a bordo. Con ese cargo viajó en 2009 a buscar una fragata a Portugal y al volver fue otra vez destinada al Miranda, como oficial de Comunicaciones, y comprobó que la presencia femenina estaba “normalizada”. También constató ese proceso de integración de las mujeres en las brigadas de la Escuela Naval.
En 2013 volvió a la fragata Montevideo y fue segunda comandanta de un barreminas, compartiendo camarote con el jefe de máquinas.
Hoy sostiene que su carrera es también resultado de su capacidad y profesionalismo, disciplina, tenacidad y entrega. Ríe al contar cómo compagina su profesión con la crianza de sus hijos y su vida personal, que dedica sus ratos libres a leer y a hacer deporte. Que cuando quedó embarazada por primera vez, en 2015, llegó la disyuntiva de seguir navegando o no, y al final desembarcó por un tema de seguridad personal. Que al nacer su hijo la designaron a la Oficina de Planeamiento y Presupuesto de la Armada y en 2018 pasó a ser jefa de la División Posgrado de Gente de Mar de la Escuela Naval.
—¿Qué cree que ha cambiado en la institución en estos 20 años y en usted como militar?
—Sin duda hubo una madurez institucional con la incorporación de la mujer y un cambio paulatino en la rutina de funcionamiento de los barcos, en particular desde 2005. Pero ya está normalizada la presencia femenina, ya no es un ‘ser extraño a bordo’, y lo mismo pasa en otras tantas áreas de la actividad militar.
De hecho, por primera vez habrá una edecána presidencial (María Etcheverry, en representación de la Fuerza Aérea), en la presidencia de Luis Lacalle Pou. Según supo Búsqueda, Sorrenti también fue sondeada para ese cargo, pero para ella “ser comandanta de un barco es una aspiración profesional y vital”, y también “un orgullo como representante del Estado en el mar”.
—¿Y es impensable que algún día llegue a haber en Uruguay una comandanta en jefe de la Fuerza?
—No hay impedimento, responde al instante. De hecho, esa designación es política y muchas veces depende del currículum profesional, por lo que, en principio, deberíamos estar en igualdad de condiciones todos, sin distinciones, ¿no?
Pero al despedirse en la proa dice que más allá de esos temas hoy puede mirar atrás y explicar para qué ha servido todo este esfuerzo y por quiénes.
Hoy la Armada Nacional tiene un 25% de postulantes femeninas, siendo la última Fuerza en permitir el ingreso de la mujer a los cursos de formación de oficiales. La institución “no estaba preparada para ese desafío, pero lo logró, se fue adaptando sobre la marcha y con la experiencia de sus primeras alumnas”, cuenta una de ellas.