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Como parte de su rutina Alejandro Végh Villegas le dedica unos minutos a leer los diarios uruguayos, pero le lleva bastante más tiempo interiorizarse de la situación de Argentina con “La Nación”, “Clarín” y “Ámbito Financiero” , entre semana, y “Perfil” los domingos.
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Este ex ministro de Economía reside en Montevideo, pero conoce de primera mano la política y la economía argentina. Su análisis sobre la realidad y el futuro del vecino es pesimista, al contrario de lo que vislumbra para Uruguay: Argentina “ya está en una crisis, con una inflación muy elevada e intensa recesión que se va a agravar probablemente en 2015”. El panorama puede ir de entre “discreto y malo” a “pésimo”, si el gobierno de Cristina Fernández no arregla con los fondos de inversión —holdouts— que logró acorralarlo ante la Justicia para que le pague los bonos declarados en default en 2001.Pero, según Végh Villegas, el asunto puede incluso beneficiar a Uruguay al “acentuar el flujo de capitales y personas” hacia el país.
A continuación una síntesis de la entrevista que mantuvo con Búsqueda.
—En el homenaje que le realizó el jueves 13 la Academia Nacional de Economía transmitió optimismo sobre la economía local. ¿En qué basa esa visión?
—Pese a las dificultades, el panorama mundial es favorable. Y el Uruguay se ha comportado con bastante sabiduría y en los últimos 30 años—si tomamos como punto de partida cuando se recupera la normalidad institucional— han pasado los tres partidos más importantes y no hubo cambios fundamentales. Se tiende a mantener principios muy importantes: la apertura de la economía, la disciplina fiscal y monetaria, y la flotación del tipo de cambio, evitando las cosas absurdas del pasado. Todo esto crea una situación favorable que contrasta con Argentina o Venezuela. Pero aun sin tomar esos dos casos —los dos grandes perdedores—, Uruguay se compara positivamente con otros países y su Producto Bruto (PBI) per cápita es el más alto de la región, de unos U$S 16.000.
—Marca una continuidad en el manejo de la macroeconomía. ¿El Frente Amplio no le ha dado un rasgo distintivo y de izquierda a las políticas?
—Probablemente sí haya mayor preocupación por la igualdad, que es un tema que no figura como una prioridad en la línea liberal que yo preconizo. Mi visión es que el objetivo de la igualdad es un poco artificial porque desconoce el hecho de que el género humano es naturalmente desigual. Por tanto, el objetivo de la igualdad llevado al nivel de una preocupación escencial es incompatible con el principio de la libertad de comercio.
Así que pueden haber algunas diferencias, si bien las líneas esenciales se han mantenido. El Impuesto a la Renta (de las Personas Físicas) es una diferencia. Pero era una diferencia ya previa al Frente Amplio: el Partido Nacional lo implementó y yo lo derogué. Luego lo restableció (Danilo) Astori.
Soy un creyente de los principios de Batlle y Ordóñez, que era un enemigo a muerte del Impuesto a la Renta. De Batlle y Ordóñez no se puede decir que era de izquierda, pero el batillismo fue en su momento un movimiento más bien de izquierda, y sin embargo era enemigo de ese tributo. Así que las cosas no son tan claras.
—El Frente Amplio ya no plantea el no pago de la deuda o la nacionalización de la banca como en los setenta. ¿Ganó Harvard y las líneas de pensamiento de economía liberal dentro de la coalición?
—No conozco mucho sobre las internas de ese partido. Mi visión es que no hay una ruptura tan grande dentro del Frente como a veces se piensa. Tengo algunos conocidos bastante de izquierda —y comparado conmigo cualquiera lo es— y sin embargo, cuando hablan en confianza, nuestras discrepancias no son muy considerables.
El temor a que un sector de izquierda del Frente desplace totalmente lo que se ha hecho en estos 10 años tiene una probabilidad cercana a cero.
—Desde esa perspectiva, ¿es lo mismo votar a Luis Lacalle Pou que a Tabaré Vázquez?
—No, no es lo mismo. Evidentemente hay algunas diferencias, pero no son cruciales, a veces de aspectos tácticos. El Uruguay ya ha llegado a una etapa que nos asimila a países realmente civilizados como los anglosajones, que son el modelo que a mí me gusta.
—La economía uruguaya se ha caracterizado históricamente por presentar una alta volatilidad en su crecimiento. ¿Hasta cuándo durará la actual fase positiva del ciclo?
—Todo indica que el viento a favor está disminuyendo y los valores de la soja y el maíz han bajado bastante. Juega a favor el descenso del precio del petróleo, que en cuatro meses el West Texas pasó de 110 a 80 dólares, algo dramático. Cuando asumí en el Ministerio de Hacienda la primera vez, su cotización se había triplicado en pocos meses; ahora está ocurriendo una evolución de signo contrario, aunque con menos intensidad.
Por otra parte, Uruguay ha tenido un desarrollo agrícola muy grande, en parte por el aporte de tecnología e inversión de nueva gente que provino de Argentina. También hubo una mejora dramática en la tecnología y la genética pecuaria, lo que pone a nuestra carne a la cabeza de la calidad mundial.
—Argentina combina problemas políticos y económicos. ¿Sale de ellos o se hunde más?
—Argentina ya está en una crisis, con una inflación muy elevada e intensa recesión que se va a agravar probablemente en 2015, a menos que se llegue a un acuerdo con los holdouts. Y aún con un acuerdo con los holdouts, la desconfianza que hay en el gobierno es muy grande tanto adentro como afuera del país, así que el 2015 va a variar entre discreto y malo, como es este 2014, o pésimo, si no hay un arreglo con los holdouts.
Recién puede tener esperanzas con un nuevo gobierno en 2016, así que el panorama va a ser feo en el muy corto plazo. ¿Lo va a perjudicar al Uruguay? No, y no solamente no lo va a perjudicar sino que va a acentuar el flujo de capitales y personas hacia el Uruguay, y lo va a favorecer. La entrada de capital hoy es muy elevada, y no es solo capital financiero, es capital humano.
—¿Del lado de Brasil, pueden venir problemas?
—No vislumbro un cambio que sea relevante para la situación de Uruguay, a diferencia de Argentina.
—Desde el equipo económico de gobierno se habla de la inflación como el principal problema. ¿Qué dimensión le da usted?
—La inflación es un poco alta. El óptimo sería un aumento de precios no superior al 2% anual, que es la norma que sigue la Reserva Federal de Estados Unidos. Nosotros estamos bastante por encima; hay que cuidarse de no pasar el 5 o 6% y apretar un poco las clavijas por el lado monetario, lo que a su vez depende de la conducta fiscal. El exceso de plata viene del desorden fiscal y todo en definitiva termina en el gasto público; cuando empieza a funcionar la maquinita para imprimir más billetes, ahí estamos perdidos con la inflación.
Uruguay fue bastante prudente en los últimos años, pero en los próximos se deben apretar un poco las clavijas fiscales para tener menos necesidad de crédito.