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No es el primero ni será el último. Los documentales sobre homicidios, su investigación, la dudosa culpabilidad del incriminado y los avatares policiales y judiciales han probado ser un seguro atractivo para audiencias numerosas. Esta página comentó tres que últimamente pudieron verse en Netflix: Making a Murderer (EE.UU., 2015), Shadow of truth (Israel, 2016) y Amanda Knox (EE.UU., 2016). Ahora le llegó el turno a The Staircase (EE.UU.; 2016), que registra el periplo de Michael Peterson, condenado ¿injustamente? por el homicidio de su esposa.
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La serie fue realizada por un equipo francés bajo las órdenes de Jean-Xavier de Lestrade, cineasta galo que en 2001 ganó un Oscar al mejor documental largo con Un coupable idéal, que en su distribución para el mercado internacional se tituló Murder on a Sunday morning. El director y guionista exploraba los errores y horrores de un juicio penal contra un adolescente de 15 años acusado erróneamente de haber matado de un balazo a una turista en Jacksonville, Florida.
The Staircase, que en su versión completa acaba de estrenar Netflix, tuvo en su génesis tres etapas. Los primeros ocho episodios se emitieron en la televisión francesa en 2004 y al año siguiente se presentaron en Estados Unidos en el festival de Sundance. Luego, en 2011, el equipo filmó dos episodios más titulados The last chance y fueron emitidos en la televisión norteamericana en 2013. En 2016 Netflix compró los derechos sobre los diez episodios y durante ese año y 2017 continuó filmando con el mismo equipo francés una suerte de epílogo que insumió tres episodios más. Ahora Netflix ofrece de un tirón toda la obra en trece episodios de aproximadamente 45 minutos cada uno.
La historia comienza en una noche de diciembre de 2001. Michael Peterson y su mujer Kathleen están tomando una copa de vino al borde de la piscina, en el jardín al fondo de su amplia mansión en Durham, Carolina del Norte. Kathleen resuelve entrar a la casa y Michael se queda un rato más en el jardín. Cuando él decide también entrar, encuentra el cuerpo de su mujer caído al borde de una escalera sobre un charco de sangre.
Michael explicará primero a la Policía y luego a la Justicia que es inocente y que se trató de un accidente. Pero ocurre que el cuerpo de Kathleen presentaba varias heridas cortantes, sobre todo en la cabeza, que no parecían compatibles con el rodar de su cuerpo por la escalera. Además, las bermudas de Michael estaban manchadas de sangre y también había numerosas salpicaduras de sangre en la pared, a la altura del tercer o cuarto escalón. La mesa está servida para que a Peterson lo condenen y encarcelen, cosa que finalmente ocurre en 2003, en que lo sentencian a cadena perpetua. La serie documenta el proceso desde su inicio, con todas las vueltas de tuerca en la Corte, declaraciones de testigos y peritos, diferentes valoraciones de una prueba dudosa, estrategias de la fiscalía y de la defensa, y toda esa parafernalia judicial alternada con filmaciones íntimas de la familia Peterson y varios mano a mano de Michael frente a la cámara. Parece increíble pero la hipótesis más probable de la muerte de Kathleen quizás sea el ataque de un búho. La estrategia de la defensa solo la menciona de manera lateral y opta por no manejarla como argumento principal por temor, ante un proceso flechado, a que el peso de la Justicia le caiga a Peterson aún con más fuerza .
The Staircase tiene algunas particularidades que la hacen distinta a otras. En primer lugar, que el equipo de realización francés con Jean-Xavier de Lestrade a la cabeza fue contratado desde el comienzo por Michael Peterson, quien vislumbró las dificultades de su caso y quiso filmarlo todo. Eso no lo hace solo quien quiere sino quien puede y Peterson era un escritor y periodista exitoso. Además, su esposa Kathleen era una alta ejecutiva de la multinacional Nortel, seguramente con un muy bien salario y también con un interesante seguro de vida… Pero Peterson no solo contrata y paga al equipo de filmación y a su costoso abogado defensor, sino que además los aloja en su casa. Todos comen y duermen allí. De ahí el acceso poco común que la cámara tiene a la intimidad familiar, a las reflexiones del abogado defensor y en el aspecto judicial no solo a las audiencias, que son públicas, sino también al entrenamiento de testigos por la defensa y a focus groups, donde se analiza el impacto que el caso va generando en la opinión pública. Todo bancado por el bolsillo de Peterson. Alguien ha dicho con razón que lo invasivo de la filmación hace parecer el documental a un reality show.
La otra particularidad de la serie es el personaje central y excluyente del propio Michael Peterson. Al ocurrir la muerte de su esposa, Peterson tiene 58 años. Tiene cinco hijos: dos varones, Clayton y Todd, hijos de un matrimonio anterior suyo; dos hijas adoptivas mujeres, Margaret y Martha, adoptadas por Peterson antes de casarse con Kathleen y luego criadas por ambos y Caitlin, hija de un matrimonio previo de Kathleen. Como Peterson es un escritor y periodista conocido, escribe sobre cuestiones políticas de interés público. Se candidateó para alcalde sin éxito. Peleó en la guerra de Vietnam. Durante el juicio se revelará que últimamente tenía una amante y además que es bisexual, cuestiones que no lo favorecen frente al jurado, pero no merman el apoyo de sus hijos hacia él, a excepción de Caitlin. Pero Peterson no solo tiene una familia singular por su constitución sino que él es un personaje fascinante. Es culto, tiene una gran facilidad de palabra, sabe contar historias, habla con una seguridad por momentos arrogante. Pero también su emoción, su desvalimiento en los años de cárcel y sus lágrimas frente a la cámara parecen auténticas. Su última escena, escuchando la canción Everybody knows, de Leonard Cohen, y diciendo que es su canción preferida, es una mueca algo monstruosa si se tiene en cuenta la letra de la canción.
El documental no se detiene en detalles sobre la personalidad de la occisa, su trabajo, su fortuna, su seguro de vida, ni tampoco le da un micrófono a su hija Caitlin y a las hermanas de Kathleen, esa parte de la familia que habla mal de Peterson y lo considera culpable. Estas tendrán oportunidad para hablar concedida por el juez pero no por el director de la serie. Sí en cambio se abunda en entrevistas al resto de la familia, que está a favor de la inocencia del acusado. A pesar de lo desparejo de este tratamiento y de tratarse de un trabajo por encargo, el resultado final de la serie es mucho más interesante que un simple “alegato a favor de”. Su realizador va más allá de la simple pregunta si Peterson mató a su mujer o no, y construye una panorámica sobre la dualidad moral, los prejuicios, la homofobia, el amor, la sexualidad, el matrimonio, la prisión y los turbios mecanismos del sistema judicial de los Estados Unidos. Episodio tras episodio el espectador no puede escapar a la incómoda situación en que lo coloca el relato y que lo obliga permanentemente a dudar y a revisar la última conclusión a la que había llegado. Por momentos, ve a Peterson culpable, y por momentos inocente. Para quienes le objetan al trabajo falta de objetividad periodística, esta ambigüedad es sin duda el lauro más preciado de la serie.