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Agustín (Viggo Mortensen) tiene un problema. Nadie sabe cuál es, ni siquiera su esposa (Soledad Villamil), que quiere adoptar un niño y él de pronto se opone. Agustín es médico y vive en Buenos Aires, pero un buen día se encierra en su cuarto, no le abre a nadie y pasan los días. Luego sabemos (y sabemos poco todavía) que Pedro es el hermano gemelo de Agustín parecido a él como dos gotas de agua. Vive en el Delta del Tigre, es apicultor y tiene además otros negocios turbios que incluyen cosas muy pesadas. Pero se está muriendo de cáncer al pulmón y allá se va a ver al hermano (médico) no se sabe bien con qué motivo. ¿Para despedirse? ¿Para pedirle ayuda? ¿Para confesarse? Pero ya no tiene tiempo de nada.
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Buena oportunidad para Agustín: trocar personalidades y huir del mundanal ruido a las apacibles aguas del Tigre. Pero las aguas son marrones y espesas, tanto como la vida oculta que llevaba Pedro y que su hermano desconoce. Lindo tema: como Bette Davis en “Vida robada”, el bueno toma el lugar del malo sin imaginar en qué berenjenal se mete. Pero Viggo Mortensen, que es buen actor y coproduce el filme, no está convicente como ese médico desencantado que, nunca sabremos por qué, cambia de vida y se somete a las durezas del Delta, incluida Rosa (Sofía Gala, hija de Moria Casán) que cree que él es Pedro, y el villano Adrián (Daniel Fanego) que los conoció a los dos gemelos desde que eran niños y podría descubrir la superchería. Y ahí se termina lo bueno de Todos tenemos un plan, porque parece que la película en sí no tenía ninguno.
La directora debutante Ana Piterbarg, que coescribe el libreto con Ana Cohan, se dedica a dejar cabos sueltos por todos lados. En un momento es tal la confusión que este cronista pensó que estaban pasando los rollos cambiados de lugar, pero no. Era voluntario, y no le estaba haciendo nada bien al filme. Viggo Mortensen pone cara de aburrido, el propio espectador comienza a aburrirse (o a impacientarse, que puede no ser lo mismo), y todos tienen derecho (incluido Mortensen) a pedirle a la directora un poco más de nervio o al menos que se decida por algún género determinado: film noir, drama existencial, thriller de suspenso… algo que despierte el interés, haga que uno se comprometa con lo que está pasando, que los personajes se muevan detrás de motivaciones reales y no inventadas por el libreto.
Hay cosas positivas, sin embargo. La ambientación en el Tigre es muy buena, porque ese lugar perdido donde cada uno parece estar librado a sus propias fuerzas debía jugar a favor del asunto, pero parece irrelevante. Y los actores (salvo Mortensen, que habla perfecto rioplatense pero parece perdido) tienen lo suyo, incluida la hija de Moria. Está desperdiciada sin embargo Soledad Villamil, que entra y sale del argumento como por decreto. Todo parece impulsado por decreto, y para peor dura demasiado.
“Todos tenemos un plan”. Argentina/España/Alemania, 2012. Dirigida por Ana Piterbarg. Con Viggo Mortensen, Soledad Villamil, Daniel Fanego, Javier Godino, Sofía Gala. Duración: 118 minutos.