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Se sigue vistiendo de traje blanco, sombrero y zapatos de dos colores, igual que lo hacía en los años 60, cuando renovó la forma de hacer periodismo en Estados Unidos. Ahora, con 82 años, Tom Wolfe mantiene la misma curiosidad y capacidad de investigación que lo llevó a ser un periodista agudo, pero toda su energía la vuelca en la novela.
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La primera que escribió se llamó “La hoguera de las vanidades” (1987) y fue todo un éxito. Allí retrató a la Nueva York de fiestas exclusivas y operadores de las altas finanzas, y también a la ciudad violenta, corrupta, mafiosa. La última se llama Bloody Miami (Anagrama, 2013, $ 700) y con ella regresa a la gran ciudad, pero con una hoguera más caliente: Miami. “Es la única ciudad del mundo, hasta donde yo sé, copada por gente que inmigró recientemente de otro país, con otra lengua y con otra cultura y que, en el lapso de una generación, ha logrado hasta gobernarla políticamente”, dijo el escritor en una entrevista.
Nada de viejitos jugando al dominó en la Little Habana. En la Miami de Wolfe los cubanos residen en el barrio Hialeah, a donde van quienes lograron poner alguna empresa y prosperar. Allí vive Néstor Camacho, un joven policía nacido en Estados Unidos de padres cubanos, que cometió la peor de las traiciones para su comunidad: rescatar del mástil de un barco a un cubano trastornado que había escapado de la isla. “Cuando un refugiado cubano pone pie en suelo norteamericano (...) se le califica como ‘pie seco’ y ya no corre riesgo alguno. Pero si lo detienen en el agua, lo enviarán de vuelta a Cuba”, comenta el narrador.
Con la estructura de “historias cruzadas”, en la trama aparece Ed Topping, un periodista wasp (blanco, anglo y sajón) enviado a la ciudad para convertir el “Miami Herald” en un periódico digital para latinos. Él debe trabajar con el joven John Smith, tal vez el alter ego de Wolfe, que aún cree que el periodismo debe “revelar, descubrir, sacar escándalos a la luz”.
Magnates rusos que donan a los museos obras falsificadas, wasp veteranos que asisten a exposiciones de arte que no entienden, vendedores de crack y una comunidad haitiana agitada. Todo narrado con el cinismo de Wolfe y su cansadora obsesión por hacer “sonar” su novela con onomatopeyas. Bloody Miami tiene momentos geniales y personajes memorables, como el “doctor sexo”, un verdadero “chanta” de los trastornos sexuales. Pero la historia, que abarca casi 700 páginas, tiene sabor a algo ya conocido. Claro que es el sabor de Wolfe, y vale la pena conocer esta tal vez su última novela.