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El 17 de junio de 1972 Howard Hunt y otros cuatro intrusos fueron detenidos en la sede del Comité Nacional del Partido Demócrata en el complejo Watergate, en Washington, cuando pretendían instalar micrófonos en las oficinas. El incidente desató una investigación que provocó la caída, 22 meses después, del presidente de Estados Unidos, Richard Nixon.
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¿Qué hubiera pasado si Hunt se quedaba en la oficina de la Agencia Central de Inteligencia (CIA, por sus siglas en inglés) en Uruguay, como él quería? Esa es la pregunta que por años estuvo en la cabeza del embajador norteamericano, Robert Woodward, según relató en una entrevista concedida a la Asociación de Estudios y Entrenamientos Diplomáticos.
Es que Hunt no quería irse de Uruguay porque en 1960 era un lugar “tranquilo” y tenía tiempo para escribir novelas policiales. Por eso, cuando le anunciaron que su siguiente destino era Washington, el agente de la CIA movió sus hilos para quedarse.
Hunt aprovechó la visita del presidente norteamericano Dwight Eisenhower a Montevideo en 1960 y su buena relación con el titular del Consejo de Gobierno de Uruguay, Benito Nardone, para jugar sus cartas.
“Diga, Woodward, cree que este señor Hunt debería quedarse?”, le preguntó Eisenhower al embajador durante la cena. Hunt había logrado que Nardone intercediera a su favor ante el presidente norteamericano. El embajador supo después que para lograrlo el agente de la CIA le dijo al mandatario uruguayo que podía conseguirle un helicóptero de U$S 1.000.000 como el que tenía Eisenhower y un sistema de comunicaciones como el que usaba la caravana presidencial norteamericana.
Hunt no tuvo suerte y se fue a Washington ese mismo año.