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    Yankis go home

    Estas tres palabras —así escritas— representan prácticamente todo el inglés que entienden docenas de millones de latinoamericanos. Es, antes que nada, un síntoma del pésimo nivel educacional que rige en el continente. Pero es también una postura política e ideológica con profundas raíces históricas. Más que una consigna política, “Yankis go home” es una filosofía de vida.

    ¿Cuándo se generó esta postura? Y lo que es más interesante aún: ese notorio antiestadounidismo latinoamericano, ¿se nutrió siempre de los mismos elementos o es posible detectar diferentes, e incluso contradictorios, tipos de yanquifobia? Dicho en castellano actual: ¿siempre fuimos antiestadounidenses por los mismos motivos o a veces lo fuimos por unos y otras por otros?

    Para averiguarlo es menester retroceder más de dos siglos en el tiempo y trasladarnos a la costa oeste de las colonias inglesas en América. Allí, el 4 de julio de 1776 los representantes de las trece colonias británicas declararon la independencia de Inglaterra. De esa manera, los revolucionarios estadounidenses se adelantaron trece años a los franceses en declarar la existencia de ciertos derechos inalienables del hombre tales como la libertad y la igualdad. Recordar esto es justo (aunque a muchos les duela), pues significa que la patria de los DDHH no es Francia, como equivocadamente se cree, sino Estados Unidos.

    Muy pocos años más tarde, cuando los revolucionarios franceses se dedicaban con ahínco a hacer correr cabezas por las calles y cultivaban el terror, en Estados Unidos entró en vigor la Carta de Derechos, en la cual se profundizaba la defensa de los derechos humanos. Con ella se limitaba el poder del gobierno central y se garantizaban una serie de principios considerados sagrados, tales como la libertad de expresión, la libertad religiosa, la libertad de asamblea, el derecho a no ser sometido a castigos duros y el derecho a un proceso justo y rápido por jurado.

    Los anglosajones tenían larga experiencia en este tipo de acciones: en 1215, más de 550 años antes de la Declaración de 1776, el rey inglés había sido obligado a firmar la Carta Magna, que limitaba el poder de la monarquía. A los franceses, españoles y otros pueblos, por el contrario, les esperaban aún muchos siglos de absolutismo, de terror, de falta total de libertades y de compacto oscurantismo. Es necesario recordar estas cuestiones, pues ellas dejan profundas huellas en la mente de las sociedades y explican cosas tales como la incapacidad de ciertos países para desarrollarse.

    Sabiendo esto, ¿cómo se entiende el profundo sentimiento antiestadounidense por parte de un pueblo —el latinoamericano— que presume ser amante de la libertad y de los derechos humanos? ¿Cómo se puede conjugar el amor por los ideales de Artigas, profundamente estadounidenses, con el antiestadounidismo más rancio? Y más aún: ¿no es una flagrante contradicción considerarse un defensor de las libertades y los DDHH y, al mismo tiempo, condenar a la patria de esas libertades y derechos mientras se cultiva la admiración por las dictaduras comunistas o islamistas y toda suerte de fachopopulismo?

    Un estudio del antiestadounidismo latinoamericano muestra, con diáfana claridad, las raíces totalitarias, intolerantes y para nada democráticas de la cultura latinoamericana. Y también, que no es un detalle menor, el compacto resentimiento que anida en nuestra sociedad. Todo esto y algunas cosas más intentaremos develar en las siguientes columnas. Con una limitación: el estudio se centrará sobre lo sucedido en el mundo rioplatense.

    Hecha esta introducción podemos adelantar una primera sorpresa: en el inicio, la imagen de los Estados Unidos transmitida por dos de los verdaderos gigantes de la cultura rioplatense fue altamente positiva. Me refiero a Domingo Faustino Sarmiento y José Pedro Varela. Es sintomático, y de mucho interés, que los dos próceres de la educación popular en Argentina y Uruguay (esa educación laica, gratuita y obligatoria que sentó las bases del crecimiento y florecimiento del mundo rioplatense) hayan visto a Estados Unidos como un modelo a seguir. Pero estaban prácticamente solos y tanto Sarmiento como Varela predicaron para sordos y ciegos. ¿Por qué? Porque uno y otro fueron excepciones culturales, pájaros extraños en un prado hostil hacia todo lo que representase el sentimiento republicano, el ideal democrático y el amor por la tolerancia y la diversidad.

    Antes de Sarmiento y Varela hubo, sin embargo, otras raras avis en el universo rioplatense. Una de ellas fue Artigas, cuyas lecturas de Jefferson y Paine y cuyo deseo de implantar un régimen federal inspirado en el modelo estadounidense se destacó frente a las ansias de acumulación de poder de los otros próceres y los notables intentos por imponer monarquías, imperios y falsas repúblicas, Bolívar incluido. Otras brillantes excepciones a la regla fueron Juan Bautista Alberdi y Bernardo Prudencio Berro, el presidente más mal aterrizado en el aeropuerto de la historia nacional.

    Pero Estados Unidos no se convirtió en “nuestro principal enemigo” hasta avanzado el siglo XIX. La prueba más contundente de ello fue que la guerra con México (1846-48), que le costó a este país hispanoamericano más de la mitad de su superficie, no generó sentimientos antiestadounidenses. El verdadero disparador de esta vieja pasión latinoamericana contra los Estados Unidos vino después, en relación con otra guerra. Pero no nos adelantemos a los hechos…

    (*) El autor es doctor en Historia y escritor

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